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Ciudad

Plaza de Mayo,

20 de diciembre de 2001

 

Esta plaza tiene algo irreal

lo sospeché desde mi infancia

como si los autores

de los manuales escolares

se hubieran puesto de acuerdo

en la lluvia y el barro

en la moda de 1810

o en French y Beruti

como Batman y Robin.

Lo crucial no era más

que esa lluviosa figurita

comprada por centavos

al librero de la esquina

calcada torpemente

del Kapelusz

recortada del Billiken

a golpe de tijera

y pólvora de tiza.

Pero ¿qué había de fundamental?

¿Qué significaba la palabra revolución?

 

Mayo era fácil, porque gris

era un color y otoño

el frío que empezaba por las piernas

el cumpleaños de mi padre

olor a chocolate igual a fiesta patria.

En cuanto a revolución

algo tenía que ver

con las interminables alas del Cabildo

pero en lo más ciego de mis ojos

yace el primer encuentro

con los muñones brutales del edificio.

De esa mutilación, como de una costilla

no sé qué fe maltrecha

nacería.

 

La misma plaza, hoy

a punto de verano

pisoteados sus arriates

en lugar de aquel barro

gente con no sé qué

comunión en su diversidad

la ciudadanía en los hombros

curiosa y asombrada

como niño a babucha

 

y cuentas de festejos

del tanto mirar para otro lado

del sírvete que hay más.

Qué hago aquí, me pregunto.

Pantalón corto y claro

sandalias cómodas, por si hay que correr.     

sándwich a dos cincuenta por mazamorra de negra

mochila al hombro roja, anteojos de sol…

Pero qué instinto me llama a atestiguar

para volverme otra mancha incomprensible

de futuros manuales escolares

entre la multitud que la montada

y los hidrantes amenazan.

Y no lo sé:

he venido

como a una catedral

a tratar de creer en Dios.

 

El gas quema la garganta

me uno al éxodo

con lágrimas de bautismo

y apenas comprendo

que no se trata de huir:

 

es una romería que me arrastra

en su silencio embrionario

lo interrumpen las toses

como una plegaria

pero el ruego no sabe

dónde confiar su fe.

Entonces

la avenida de Mayo

se vuelve una visión

torpe de nitidez, como los sueños

mi silueta me abandona

se suma a la procesión como una peregrina más

entregada a ese sueño sin constancia

deambula entre lapidaciones y disparos

y humo y grito

a paso lento, lento

como si no fuera dueña

de los propios contornos

y sus músculos desdibujados

no tuvieran miedo a la emboscada

en cada bocacalle.

 

Fue en Hipólito Yrigoyen o en Alsina

donde una pareja le ofreció vinagre

para calmar el ardor en los ojos

le regalaban incluso el pañuelo, pero ella

 

(podía pensar en ese momento cosas así)

no quería ser la extraña que se llevara algo

que jamás recuperarían.

Siguió caminando

tuvo tiempo para volver sobre sus pasos

y recoger unas monedas

que se le habían caído, y en ese ruido

de las monedas contra el piso

oyó también el plomo que (después se supo)

eran los muertos multiplicándose

en distintos puntos de la ciudad y del país.

Poco más tarde experimentó algo increíble

cruzar la 9 de Julio fue pasar a otra dimensión

tuvo que ser así de metafísico

porque ahí nomás un tipo le dijo: ¡Lindas piernas!

porque no demasiado lejos

frente a la Facultad de Medicina

esos matasanos festejaban sus títulos

extraterrestres en carnaval de harina

como cerrar los ojos

como tirar el pan.

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Preguntas adioses reencuentros
XI

Y éste es el sol, no el del poema, sino el sol, el que
ilumina,
y ésta es la mujer que cegaba como un sol en el centro
de la noche,
y ésta es la luz, la que transparenta los árboles que
tiemblan en el aire como si palabras fuesen:

-¿Falta mucho para la ciudad siempre lejana?

-No sé, pero recuerdo como si fuese ahora: sobre sábanas muy blancas y encrespadas, todo el mar

Siento que, al doblar,
nos encontraremos ahí,
como beduinos
incontenibles.

En los umbrales
de la civilización,
que espera
con vino
y zozobra.

Traspasaremos
con un canto arrollador
sus arcos de mármol
y muerte.

Niños hermosos,
orgullosos de su integridad,
no extraña que callen
ante el peligro.

Profundos cristales,
frías cavidades.
Muecas groseras
estafadas.

Enriquecidos
exégetas tecnocráticos,
que con tus costillas
alzan emporios.

¡Cómo olvidar
a esos cómplices del dolor
codificando su pupilaje!

Promiscua belleza
lacera tímidos cuerpos,
tu impertinencia
disuelve miedos.

¡Vive en vos!, amigo mío, ya lo sé.
La ciudad se abre a tus pasos…

Cuando el tiempo
era más que inmensidad,
tu sombra brillaba
junto al diablo.

Y en esa vigilia,
la perpetua llama
siempre arrojó luz
a otros caminos.

Si esta noche no tengo respuestas,
esta noche
te mataré.
A vos,
nene blanco sigiloso.

Ese reguero
de incontables farsas…
ya es tiempo
de expiarlas.

Mariposas en la ciudad

El semáforo en rojo, los cartoneros con sus montañas pardas, los vendedores de la calle mezclan medias, jugos, celulares. Un muchacho duerme en algún umbral. La niña malabarista pone en órbita clavas de colores.

Sidonia se detiene entre la gente que va y viene. Lleva muchas flores bordadas en el vestido violeta. Una flor amarilla parece un girasol sobre su pecho. Vaya a saber qué manos, qué ojos, la bordaron en un pueblo de Méjico.

Sidonia mira al muchacho dormido y se pregunta qué dolores tendrá. De pronto aparece la mariposa color melón. Vuela, despistada, con borrachera de mariposa en la ciudad. Se posa sobre una flor amarilla que crece en un campo violeta.

Sidonia pone los brazos en círculo, para protegerla. Todo se detiene y silencia vaya a saber por cuánto tiempo. La mariposa liba, abre y cierra las alas.

Pasa una eternidad, una chispa de tiempo.

La mariposa remonta vuelo y todo vuelve a moverse.

Sidonia no vio a nadie que reparase en aquel suceso.

-Qué lindo vestido, madrecita -le dice una mujer boliviana, sin edad, desde sus calabazas.

Y Sidonia siente que la mira con ojos de haber visto las mismas cosas.

 

Extraído de Diablos y mariposas, Ediciones del Eclipse, 2005.

Vendrá un viento del sur
a golpear en las puertas cerradas y en los vidrios
a golpear en los rostros de agrios gestos.

Vendrán alegres oleajes ruidosos
subiendo las veredas y calles silenciosas
por el barrio del puerto.

Que se lave la cara de la ciudad endurecida
sus piedras y maderas polvorientas, raídas
su corazón sombrío.

Que por lo menos haya asombro en las opacas
miradas taciturnas.
Y que muchos se asusten y los niños se rían
y el verdor de la luz del agua nos despierte
nos bañe, nos persiga.

Que nos de por correr y abrazarnos
que se abran las puertas de todas las casas
y salga la gente
por las escaleras, desde los balcones
llamándose…

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
– Buenos días…
– Buenos días.
– La señora es del 610
– Y, el señor del 612
– Sí.
– Yo aún no lo conocía personalmente…
– De hecho…
– Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
¿Mi qué?
– Su basura.
– Ah…
– Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
– En realidad sólo soy yo.
– Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
– Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
– Entiendo.
– Y usted también…
– Puede tutearme.
– También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
– Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
– Usted… ¿Tú no tienes familia?
– Tengo, pero no son de aquí.
– Son de Espírito Santo.
¿Cómo lo sabe?
– Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
– Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
¿Ella es profesora?
¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
– Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
– Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
– Así es.
– Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
– Así fue.
¿Malas noticias?
– Mi padre. Murió.
– Lo siento mucho.
Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
¿Fue por eso que volviste a fumar?
¿Cómo es que sabes?
– De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
– Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
– Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
– Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
– Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
¿Eso, también lo descubriste en la basura?
– Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
– Es que lloré mucho, pero ya pasó.
– Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
– Es que estoy un poquito resfriada.
– Ah.
– Veo muchos crucigramas en tu basura.
– Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
¿Polola?
– No.
– Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
– Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
– No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
¡Tú estás analizando mi basura!
– No puedo negar que tu basura me interesó.
– Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
¡No! ¿Viste mis poemas?
– Vi y me gustaron mucho.
– Pero, ¡si son tan malos!
– Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
– Si yo supiera que los ibas a leer…
– Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
– Creo que no. Basura es de dominio público.
– Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
– Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
– Ayer, en tu basura…
¿Qué?
¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
– Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
¡Me encantan los camarones!
– Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
¿Cenar juntos?
– Por qué no.
– No quiero darte trabajo.
– No es ningún trabajo.
– Pero vas a ensuciar tu cocina.
– Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
¿En tu basura o en la mía?

 

Basura, título original “Lixo”, cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

Traducción de Paula Vera.

Me robaron el sol, pero yo lo encontraré.
He arreglado un encuentro secreto con él,
como quien va por un diario clandestino
o un material ilegal. Me llenaré el pecho
con grandes hojas de oro y lámparas para mi escondite.
Antes que hagan desaparecer mi alma la haré circular
de mano en mano en la noche.