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Pájaros

Tu palabra es de pájaro
pero tu mundo es silencio
y tu aire es nube
Nos besamos
en el hueco de la sombra
Ya el símbolo no es la sombra
es la memoria de un campo lejano

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Casi todos [los nidos] se componen de un tejido o trama de plantas, ramitas flexibles o largos filamentos de vegetales; pero más que un tejido es una condensación, una especie de fieltro de materiales mezclados, metidos, ingeridos con esfuerzo y perseverancia uno dentro de otro, lo que demuestra un arte laborioso y un trabajo tan enérgico que para llevarlo a cabo serían insuficientes el pico y la garra. El utensilio real es el cuerpo del pájaro mismo, su pecho, con el que prensa y aprieta los materiales hasta volverlos absolutamente dúctiles para mezclarlos y sujetarlos a la obra general.
En el interior, el instrumento que imprime al nido la forma circular es también el cuerpo del pájaro, el cual gira constantemente apartando de todos lados la pared hasta conseguirlo.
Así, pues, el nido es el pájaro mismo, su forma y su esfuerzo más inmediato, podríamos decir su sufrimiento, y cuyo resultado no obtiene sino por medio de una presión de pecho constante. No existe en el nido brizna de hierba que para que tome y conserve la curva no haya sido mil y mil veces apretada con el pecho, con el corazón, con menoscabo de la respiración ciertamente, con palpitaciones.
(…)
El nido es una creación del amor.

Jules Michelet, en El pájaro

Una historia de verano

Cuando el colibrí
hunde su pico
en la trompeta de la parra
en el embudo

de las flores
y su lengua
se hunde
palpitante

me enciendo
otra vez, me sorprendo:
pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder —
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero —
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy

perdiendo el tiempo
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su piquito explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse —
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

 

 

Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), El pájaro rojo. Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia. Prólogo: María Teresa Andruetto. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2017.

señalo alguna cosa
salimos del camino
para verlo

justo antes de la noche
en la orden de reunirse
garzas blancas sobre las ramas
de un árbol oscuro
a orillas del río
veinte o treinta
dispuestas como magnolias

por momentos algo las agita
se desordenan
un barullo
después mansas a esperar
la oscuridad

de este lado del río
la luna
se dobla
un pétalo
un perfume

pablo y las nenas de marta
hacen silencio
se les enfrían las caritas
con el último aire de la tarde

mañana vamos a dibujarlo
el árbol de las garzas
en mitad del otoño

las ramas vacías
se encienden como lámparas
preparando el sueño

observamos desde la otra orilla

el agua se torna más brillante
cuando baja el sol
hace un espejo

nunca vimos tantas

en cuclillas
la frente lastimada
entre las plantas bajas
un escondite

no volver a casa
mirarlas para siempre
encender un fuego
sobre la tierra
las rodillas mojadas

contarnos secretos
como las garzas

que ahora empiezan a hablar
mueven lento las cabezas
se hamacan
con la vista
buscan la luna

que ha quedado a medio camino
casi transparente
sobre el agua.

Laura Forchetti
(de su libro: temprano en el aire)