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Pájaros

CRÍTICA DE LA ESPERA

I
La espera no tiene forma, sólo una periferia
irregular que se expande desde un centro
que todavía no ha llegado a la cita.

III
La espera en invierno: un pájaro helado
sobre una rama.
El pájaro, de carne. La rama, de tinta
limón.

IV
La espera estira el pescuezo para ver
quién no viene.

VII
La espera en verano: un pájaro sobre la
arena ardiente.
El pájaro, de carne. La arena, de arena.

XII
La espera en primavera: un pájaro a punto
de beber de una flor.
El pájaro, de carne. La flor, carnívora.

XVII
La espera en otoño: un pájaro confundido
entre hojas secas.
El pájaro, de carne. Las hojas, puro nervio.

XXVI
La espera de noche: un pájaro blanco que va
contra un muro negro.
El pájaro, de carne. El muro, no existe.

Tomado de La ficción del olvido

Haikus de pájaros
(2008: de Alada claridad, editorial Pre-Textos, Valencia)

Volar implica trascender límites prefijados, viajar a velocidad de pensamiento, manejar lejanías, agigantar la percepción hasta extenderla al cosmos. Se entiende la atracción que los pájaros ejercen sobre los artistas, buscadores de horizontes lejanos. Las aves simbolizan una huída de los barrotes de la jaula. No hilan ni tejen, no guisan, no piensan. Viven sin preocuparse, pueden irse (y se van) por las ramas. Experimentan gozo al existir fuera de toda medida o cálculo. Habitan un cielo sin teorías. Los más vivos de los seres vivientes, son como ángeles.

El hombre sueña hacer cierto el intento de Ícaro. Y sólo empieza a vivir su condición terráquea cuando, a su pesar, reconoce que tal hazaña le resulta imposible. El ave se transforma en objeto de su atenta y algo nostálgica observación. Para entender de pájaros hay que pasar tiempo al aire libre, caminar por montañas y prados, ponerse mentalmente a la intemperie (en japonés, nozarashi: clave del haiku). Así percibo a Yosa Buson, poeta y pintor japonés del siglo XVIII (1716-1784).

Leyendo estos cincuenta haikus suyos sobre vuelos diversos, sorprende cuánto sabe de aves este hombre de Osaka. En una época sin bibliotecas públicas ni manuales de ornitología, su ciencia pajarera provino del conocimiento de la cultura clásica japonesa y china y de frecuentes recorridos por costas y montes de la isla de Honshu. Buson era sin duda un buen haijin (hombre del haiku): afincado en el estudio y el vagabundeo, cazador de momentos fugaces, observador de la naturaleza. Sin dejar de ser un artista avisado. Cargando mesita y pinceles a campo traviesa, siempre dispuesto a practicar las reglas del kachôga, arte de dibujar y pintar flores y pájaros (Las otras dos categorías de la pintura tradicional del sudeste de Asia –jimbutsuga, retrato, y sansuiga, paisaje- no formaron parte de su arte).

El vuelo de los haikus de Buson resume su doble condición de pintor y poeta, maestro con un sólo pincel de pelo de marta. El vuelo de su arte se anuda en un único gesto: erguido, a mano alzada, fijando el paso irrepetible del instante. Su tarea es captar lo que pasa volando. No se trata de simples avecillas en un jardín bucólico sin viento. Sus haikus tratan de capturar, y volver a soltar, vuelos de aves que, en apenas diecisiete sílabas, consiguen esbozar el sutil movimiento del alma. Porque, me apresuro a decirlo, las aves de Buson no residen sólo en la naturaleza del Japón central sino, antes que nada, en la volátil mente del poeta. Hurguemos en la trama compleja de su arte: despojarse para comprender el vuelo de las aves, despojarlas para llenar con esa libre vida nuestra mente.

Por partida doble, entonces, Buson es hombre de observación y de miradas. Para él la condición aérea nada tiene de etérea. Es más bien una actitud personal y un ejercicio de contacto sensible con el mundo exterior. El asunto del arte es volar. Y la gracia (o el ángel) consiste en saber qué implica. Sus haikus se deslizan como aves que se elevan. Le fascina las que aprenden o se disponen a volar. Se fija en cómo ha de armonizar el pájaro su “voluntad” con la del viento, ese otro espíritu que sopla cuando le viene en gana. Por eso no ha de extrañarnos que Buson piense a la cometa dotada de idéntica característica volátil. También nos muestra aves capaces de fijar rumbo contra el viento: garzas, cuervos, grullas, palomas. Y en su extensa taxonomía poética no deja de mencionar otras que pierden rumbo en la tormenta o huyen escapando de los depredadores, sean halcones, perros o humanos. Condición volátil tiene la consistencia de los élitros de cigüeña desplegados, o la presencia de la cola de un faisán cobrizo. Hasta que pierde compostura, como en el cuerpo sin vida de un pichón en el suelo. O cuando la bandada se dispersa. O en la nube que desaparece del horizonte, hecha filamentos. O en el humo de incienso que se pierde de puro elevarse. Y en la voz o el canto del pájaro, que muere apenas llega a nuestro oído. La condición alada toma posesión del firmamento, donde flotan gaviotas y gorriones. Aunque no sólo de aves presume el cielo: también de mariposas y hasta de murciélagos, que el poeta trata como si fueran pájaros y que suelen ordenarse como tales en las recopilaciones tradicionales de haikus, de Yosa u otros. Con frecuencia los pájaros de Buson aparecen cantando. Vamos de la mano del poeta por praderas y cañadas, en la playa o a gran altura. Con su ayuda podemos distinguir gorjeos de graznidos y reconocer si lo que escuchamos son trinos o chillidos. Nos volvemos cómplices del filoso despertar del gallo o de palomas que ruculan suavemente. Nos hacemos amigos del cuclillo de cinco notas o de aves más vulgares, de trino binario. No nos dice qué música produce el ruiseñor japonés. Pero sabemos que es de los más escuchados. Vamos comprendiendo que poeta es quien vive pendiente del canto del mundo y es capaz de transformarlo en voz propia. Forma pedestre y radical de compartir la condición de pájaro.

A veces cuesta reconocer el estilo de cada maestro de haiku. Se los puede distinguir justamente por su forma de mirar pájaros. Los de Bashô señalan la primacía del orden natural y la inclusión en ella de las aves, sin rebeldía ni premeditación, en la inocencia gozosa de la vida animal. Los de Issa van al otro extremo: no dejan de señalar la condición caída, inarmónica, de la creación, el dolor, la debilidad, la injusticia, el enigma insoluble de la vida. Buson tiene vuelo propio: humaniza a las aves. Las acerca a los hombres. Sin apresarlas, las pone al alcance de su mirada. Las escudriña de día, en su propia luminosidad. También les permite expresar dimensiones que pensamos humanas. Muchas de ellas aparecen en diversas estaciones: la golondrina circula también en primavera; hay cigüeñas para toda estación. Las que son errantes gozan de largas temporadas sedentarias: el cuco o el ganso silvestre. Las de ribera se muestran tímidas y a la vez sociables. Solemne, el faisán es el colmo de la armonía que un hombre puede pensar. Unas aves son solitarias, como el cucú, los gorriones van en bandadas, o en colonias igual que cormoranes y hasta en pareja, como el pato mandarín. Humildes como golondrinas, atolondradas igual que los chorlitos o con candor infantil de pichonzuelos.

Más estéticos que los de Ryôkan, más errantes que los de Shiki, los pájaros de Buson se caracterizan por su hon-i o autenticidad. La intención original y sincera es tocar el corazón de la aérea condición de nuestra vida. Verifica su destino, mediante minuciosa observación del paso del tiempo y de las características emotivas cuando pasa el hombre por el mundo en su tiempo. Escuchando el canto de Manuel Machado, transformo apenas su sonido. Lo hago mío para nombrar el arte de pájaros de Yosa Buson: alada claridad.

PRIMAVERA

Pr/1

el día
navega lentamente,
faisanes
posando sobre el puente

osoki hi ya kiji no oriiru
hasino ue

Pr/2

ricitos del agua
que enjuaga la azada,
los ibis salvajes
vuelan a distancia

kamo toku kuwa sosogu mizu no
uneri kana

Pr/3

aves de la ribera,
farolitos de Kioto
allá lejos

mizutori ya chosin toki
nishi no kyo

Pr/4

a los saltos, briosos,
incómodos, con frío,
don y doña gorrión
en su nido

tobikawasu yatake-gokoro
oyasuzume

Pr/5

aquí mismito,
escuché ayer cantar
las avecitas

kashiko nite kino mo kikinu
kankodori

Pr/6

duermes en la campana
de bronce oscurecido,
¡mariposa!

tsurigane ni tomarite nemuru
kocho kana

Pr/7

labran campos
sobre el templo
(sobre un cerro
canta el gallo

hata utsu ya mine no obo no
tori no koe
Pr/8

canta el ruiseñor
con su pequeña boca
inmensamente abierta

uguisu no naku ya chiisaki
kuchi aite

Pr/9

el primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama

uguisu no eda fumi hazusu
hatsune kana

Pr/10

mientras canta
el ruiseñor, se junta
la familia y yanta

uguisu ya kanai soroute
Meshi-jibun

Pr/11

canta el ruiseñor:
un poco hacia aquí,
un poco hacia allí

uguisu no nakuya achimuki
kochira muki

Pr/12

ruiseñores que vuelan
de aquí para allá
sobre la aldea

uguisu no achi kochi to suru ya
koie gachi
es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor

waga yado no uguisu kikan
no ni idete

Pr/14

un hombre por el campo
en un día que muere
sin que se escuchen ruiseñores

uguisu ni hinemosu toshi
hata no hito

Pr/15

la cometa
en el mismo lugar:
¿es el cielo de ayer?

ikanobori kino no sorano
aridokoro

Pr/16

el ocaso y la caza
del faisán al pie
al pie de un monte
en primavera

hikururu kiji utu haru no
yamabe kana

Pr/17

de pronto el perro se soltó
y fue tras un faisán
en Takaradera

muku to okite kiji ou inu ya
takaradera

Pr/18

caza del faisán
volviendo a casa,
después de mediodía

kiji utte kaeru ieji no
hi wa takashi

Pr/19

el campo (la nube,
que creía estancada,
se ha marchado)

hata utsu ya ugokanu kumo mo
nakunarinu

Pr/20

la golondrina
sale agitadamente
del pabellón dorado

futameite kin no ma wo deru
tsubame kana

Pr/21

los caseros cazando
una serpiente, cerca
del gorjeante
nido de las golondrinas

tsubakurame naite ja wo utsu
koie kana

Pr/22

retorno de ánades
sobre campos de arroz
bajo nubes lunadas

kaeru kari tagoto no tsuki no
kumoru yo ni

Pr/23

el ganso se ha marchado
y el arrozal junto a la casa
se ve tan lejano

kari yukite kadota no toku
omowaruru

Pr/24

anoche se marcharon,
también hoy, y de noche
ya no quedan ánades

kini ini kyo ini kari no
naki yo kana

Pr/25

el sol muere en la tarde
y alguien pisa su sombra
larga
como la cola de un faisán

yamadori no o wa fumu haru no
irihi kana

VERANO

Vr/1

cuclillo
atravesando
la antigua Kioto

hototogisu heianjo wo
sujikai ni

Vr/2

un paje se suena y
de mientras
el cucú canta

hashitanaki nyoju no kusame ya
hototogisu

Vr/3

cortesana que escribe
un poema
y un cuco pequeño

hototogisu uta yomu yujo
kikoyu nari

Vr/4

es más fresco ese son
cuando se aleja por fin
de la campana

suzushisaa ya kane wo hanaruru
kane no koe

Vr/5

los ermitaños
son humanos y las aves
simples aves

sennin wa hito kankodori wa
tori nari keri

Vr/6

pajarito nacido
en la horquilla de un árbol
(me imagino)

kankodori ki no mata yori
umareken

Vr/7

¿de qué vive
el cuclillo?
(lo ignoro)

nani kute iruka mo shirazu
Kankodori
Vr/8

todo el prestigio
para las palomas,
¿y qué pasa con el cuclillo
del Himalaya?

muzukashiki hato no reigi ya
kankodori

Vr/9

la tos seca
del bonzo y el trino
del cuco

gotsugotsu to sozu no seki ya
kankodori

Vr/10

¿está cantando
la calabaza que arranqué?
¡pero si es un avecita!

waga suteshi fukube ga naku ka
kankodori

Vr/11

el gorrión en un pueblo
escondido entre hojas caídas
(chaparrón de verano)

yudachi ya kusaba wo tsukamu
mura-suzume

Vr/12

no ha venido este año
el viejo cuidador
de cormoranes

oinarishi ukai kotoshi wa
mienu kana

Vr/13

cosecha del grano:
¿de qué se asombra el gallo
en el tejado?

mugui aki ia nani ni odoroku
iane no tori

OTOÑO

Otñ/1

primer rocío:
a cierta distancia
la grulla (la miro)

hatsushimo ya mazurau tsuru wo
toku miru

Otñ/2

aguacero:
la garza mojada,
la grulla seca

sagui nurete tsuru ni ji teru
shigure kana

Otñ/3

brisa en la tarde:
caricia de patas
de garza en el agua

yukaze ya misu aosagi no
hagi wo utu

Otñ/4

el faisán en la rama,
mueve y mueve las patas
y la noche se alarga

yamadori no eda fumikaturu
yonaga kana
Otñ/5

la comadreja espía a
los patos mandarines
del estanque

oshidori ya itachi no nosoku
ike furushi

Otñ/6

regocijado,
escucho pajaritos
en el tejado

kotori kuru oto ureshisa yo
itabisashi

Otñ/7

bosque adentro:
se oyen hachas leñadoras,
pájaros carpinteros

teono utu oto mo kobukashi
keratutuki

Otñ/8

gansos en vuelo
dibujan una línea y la luna
estampa el sello

ichigyo no kari ya hayama ni
tsuki wo insu
Otñ/9

el cielo de otoño
(???????????)
(???????????)

aki no sora kino ya tsuru wo
hanachitaru

INVIERNO

Inv/1

murciélagos viven
ocultos en el roto
paraguas

komori no kakure sumikeri
yaburegasa

Inv/2

esa avecita:
la devora una ardilla
en el campo reseco

musasabi no kotori hamioru
kareno kana

Inv/3

el pájaro chilla
y el ruido del agua a
la red de pesca
deja en sombra

yori naite mizuoto kururu
ajiro kana

Inv/4

aves sobre el agua,
mujer lava verdura
en una barca

mizutori ya fune ni na arau
onna ari

Inv/5

avecitas y dos
palanquines se ven
entre árboles secos

mizudori ya kareki no naka ni
kago nicho

Inv/6

canta el pajarillo,
sin padre ni madre
ni posteridad

oya mo naki ko mo naki koe ya
kankodori

Trece maneras de mirar un mirlo

 traducción de Yanina Audisio, tomada de Círculo de poesía

 

I

Entre veinte montañas de nieve,

La única cosa que se movía

Era el ojo del mirlo.

 

 

 

 

II

Yo era el de los tres sentires,

Como un árbol

Que contiene tres mirlos.

 

 

 

 

III

El mirlo giraba en los vientos de otoño.

Una parte pequeña de la comedia.

 

 

 

 

IV

Un hombre y una mujer

Son uno.

Un hombre y una mujer y un mirlo

Son uno.

 

 

 

 

V

No sé qué preferir,

La belleza de los acentos

O la belleza de las insinuaciones,

El mirlo silbando

O el instante después.

 

 

 

 

VI

El hielo ocupó la gran ventana

Con su vidrio bárbaro.

La sombra del mirlo

Lo atravesaba, una y otra vez.

El ánimo

Trazaba en la sombra

Una razón indescifrable.

 

 

 

 

VII

Oh, pobres hombres de Haddam,

¿Por qué imaginan pájaros dorados?

¿No ven cómo el mirlo

Vaga entre los pies

De sus mujeres?

 

 

 

 

VIII

Conozco tonos ilustres

Y ritmos lúcidos, ineludibles;

Pero conozco, también,

Que el mirlo pertenece

A lo que conozco.

 

 

 

 

IX

Cuando el mirlo se apartó de la vista,

Señaló el margen

De uno de los tantos círculos.

 

 

 

 

X

Ante la imagen de los mirlos

Volando en una luz verde,

Aun las madamas de la armonía

Gritarían agudamente.

 

XI

Él viajaba por Connecticut

En un coche de vidrio.

Una vez, el miedo lo atravesó,

Por confundir

La sombra de su equipaje

Con los mirlos.

 

 

 

 

XII

El río se estremece.

El mirlo estará volando.

 

 

 

 

XIII

Fue de noche toda la tarde.

Nevaba,

Iba a seguir nevando.

El mirlo se posó

En el cedro, en lo más alto.

 

 

 

 

 

 

Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

 

 

 

I

Among twenty snowy mountains,

The only moving thing

Was the eye of the blackbird.

 

 

 

 

II

I was of three minds,

Like a tree

In which there are three blackbirds.

 

 

 

 

III

The blackbird whirled in the autumn winds.

It was a small part of the pantomime.

 

 

 

 

IV

A man and a woman

Are one.

A man and a woman and a blackbird

Are one.

 

 

 

 

V

I do not know which to prefer,

The beauty of inflections

Or the beauty of innuendoes,

The blackbird whistling

Or just after.

 

 

 

 

VI

Icicles filled the long window

With barbaric glass.

The shadow of the blackbird

Crossed it, to and fro.

The mood

Traced in the shadow

An indecipherable cause.

 

 

 

 

VII

O thin men of Haddam,

Why do you imagine golden birds?

Do you not see how the blackbird

Walks around the feet

Of the women about you?

 

 

 

 

VIII

I know noble accents

And lucid, inescapable rhythms;

But I know, too,

That the blackbird is involved

In what I know.

 

 

 

 

IX

When the blackbird flew out of sight,

It marked the edge

Of one of many circles.

 

 

 

 

X

At the sight of blackbirds

Flying in a green light,

Even the bawds of euphony

Would cry out sharply.

 

 

 

 

XI

He rode over Connecticut

In a glass coach.

Once, a fear pierced him,

In that he mistook

The shadow of his equipage

For blackbirds.

 

 

 

 

XII

The river is moving.

The blackbird must be flying.

 

 

 

 

XIII

It was evening all afternoon.

It was snowing

And it was going to snow.

The blackbird sat

In the cedar-limbs.

 

Primero se arrancó
una a una todas sus plumas.
Luego se comió
su propio cuerpo desplumado,
de abajo hacia arriba,
empezando por las patas
y terminando por la cabeza y el pico.
Tras el último bocado,
sintió sueño y se quedó dormido.
Cuando despertó
no sabía bien dónde estaba,
ni si era de día o de noche.
¿Qué podía hacer?, se preguntó,
y no se le ocurrió otra cosa
que ponerse a cantar.
Y el canto que cantó entonces
nunca antes
había sido escuchado

Casi todos [los nidos] se componen de un tejido o trama de plantas, ramitas flexibles o largos filamentos de vegetales; pero más que un tejido es una condensación, una especie de fieltro de materiales mezclados, metidos, ingeridos con esfuerzo y perseverancia uno dentro de otro, lo que demuestra un arte laborioso y un trabajo tan enérgico que para llevarlo a cabo serían insuficientes el pico y la garra. El utensilio real es el cuerpo del pájaro mismo, su pecho, con el que prensa y aprieta los materiales hasta volverlos absolutamente dúctiles para mezclarlos y sujetarlos a la obra general.
En el interior, el instrumento que imprime al nido la forma circular es también el cuerpo del pájaro, el cual gira constantemente apartando de todos lados la pared hasta conseguirlo.
Así, pues, el nido es el pájaro mismo, su forma y su esfuerzo más inmediato, podríamos decir su sufrimiento, y cuyo resultado no obtiene sino por medio de una presión de pecho constante. No existe en el nido brizna de hierba que para que tome y conserve la curva no haya sido mil y mil veces apretada con el pecho, con el corazón, con menoscabo de la respiración ciertamente, con palpitaciones.
(…)
El nido es una creación del amor.

Jules Michelet, en El pájaro

Una historia de verano

Cuando el colibrí
hunde su pico
en la trompeta de la parra
en el embudo

de las flores
y su lengua
se hunde
palpitante

me enciendo
otra vez, me sorprendo:
pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder —
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero —
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy

perdiendo el tiempo
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su piquito explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse —
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

 

 

Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), El pájaro rojo. Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia. Prólogo: María Teresa Andruetto. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2017.