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En este mundo lo visible era bien poca cosa. Las criaturas vivian
engañadas por un cúmulo de apariencias groseras, bajo la mirada compasiva de
entidades superiores. ¡Oh, Yemayá, Shangó y Obatalá, espíritus de infinita perfección…!
Pero entre los hombres existían vínculos secretos, potencias movilizables por el
conocimiento de sus resortes arcanos. La pobre ciencia de Salomé desaparecía ante el
saber profundísimo del viejo Beruá… Para este último, lo que contaba realmente era el
vacío aparente. El espacio comprendido entre dos casas, entre dos sexos, entre una
cabra y una niña, se mostraba lleno de fuerzas latentes, invisibles, fecundísimas, que era
preciso poner en acción para obtener un fin cualquiera. El gallo negro que picotea una
mazorca de maíz ignora que su cabeza, cortada por noche de luna y colocada sobre
determinado número de granos sacados de su buche, puede reorganizar las realidades
del universo. Un muñeco de madera, bautizado con el nombre de Menegildo, se vuelve el amo de su doble viviente. Si hay enemigos que hundan una puntilla enmohecida en el costado de la figura, el hombre recibirá la herida en su propia carne. Cuatro cabellos de mujer, debidamente trabajados a varias leguas de su bohío —mientras no medie el mar, la distancia no importa—, pueden amarrarla a un hecho de manera indefectible. La hembra celosa logra asegurarse la felicidad del amante empleando acertadamente el agua de sus íntimas abluciones… Así como los blancos han poblado la atmósfera de mensajes cifrados, tiempos de sinfonía y cursos de inglés, los hombres de color capaces de hacer perdurar la gran tradición de una ciencia legada durante siglos, de padres a hijos, de reyes a príncipes, de iniciadores a iniciados, saben que el aire es un tejido de
hebras inconsútiles que transmite las fuerzas invocadas en ceremonias cuyo papel se
reduce, en el fondo, al de condensar un misterio superior para dirigirlo contra algo o a favor de algo… Si se acepta como verdad indiscutible que un objeto pueda estar dotado de vida, ese objeto vivirá. La cadena de oro que se contrae, anunciará el peligro. Laposesión de una plegaria impresa, preservará de mordeduras emponzoñadas… La patade ave hallada en la mitad del camino se liga precisamente al que se detiene ante ella, ya que, entre cien, uno solo ha sido sensible a su aviso. El dibujo trazado por el soplo en un plato de harina responde a las preguntas que hacemos por virtudes de un determinismo oscuro. (…)

La palabra, ritual en sí misma, receja entonces un próximo futuro que los sentidos han percibido ya, pero que la razón acapara todavía para su  mejor control (..)

Estaba claro que ni Menegildo, ni Salomé, ni Beruá habían emprendido nunca la ardua
tarea de analizar las causas primeras. Pero tenían, por atavismo, una concepción del
universo que aceptaba la posible índole mágica de cualquier hecho. Y en esto radicaba su confianza en una lógica superior y en el poder de desentrañar y de utilizar los elementos de esa lógica, que en nada se mostraba hostil. En las órficas sensaciones causadas por una ceremonia de brujería volvían a hallar la tradición milenaria —vieja como el perro que ladra a la luna—, que permitió al hombre, desnudo sobre una tierra aún mal repuesta de sus últimas convulsiones, encontrar en sí mismo unas defensas instintivas contra la ferocidad de todo lo creado. Conservaban la altísima sabiduría de admitir la existencia de las cosas en cuya existencia se cree. Y si alguna práctica de hechicería no daba los resultados apetecidos, la culpa debía achacarse a los fieles, que, buscándolo bien, olvidaban siempre un gesto, un atributo o una actitud esencial.
…Aun cuando Menegildo sólo tuviera unos centavos anudados en su pañuelo, jamás
olvidaba traer del ingenio, cada semana, un panecillo, que ataba con una cinta detrás de
la puerta del bohío, para que el Espíritu Santo chupara la miga.
Y cada siete días, cuando las tinieblas invadían los campos, el Espíritu Santo se
corporizaba dentro del panecillo y aceptaba la humilde ofrenda de Menegildo Cué. (…)

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