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Viaje

«Primera etapa, pequeña etapa», dicen los camelleros de las caravanas persas, que saben de sobra que, en la misma noche de la partida, todos se dan cuenta de repente de que se han olvidado algo en casa. Por lo general, tan solo se recorre un farsar, para dar tiempo a los despistados a acercarse a su hogar y volver a la caravana antes de que amanezca. Para mí, esta forma de tener en cuenta los despistes es una razón más para amar Persia. No creo que en este país exista ni una sola disposición práctica que pase por alto la irreductible imperfección humana.

Nicolás Bouvier, en Los caminos del mundo

Mañana voy a partir hacia Europa. De donde mandaré mis textos para este periódico.

Mi sede será Londres. Y de allá planearé mis viajes. Por ejemplo, voy a París a ver de nuevo la Mona Lisa, pues la extraño. Y a comprar perfumes. Y sobre todo a reclamar en la Maison Carven porque no fabrican más mi perfume, el que más combina conmigo, Vert et Blanc. También iré al teatro. Y a la Rive Gauche.

Volveré entonces a Londres donde permaneceré una, dos semanas. Y seguiré a mi amada Italia. Roma antes. Después Florencia.

En Roma, por intermedio de conocidos mutuos, entraré en contacto con Onassis, y existen posibilidades de combinar un crucero por el Mediterráneo.

Iré a Grecia, que solo conozco de rápida pasada. Necesito realmente ver de nuevo la Acrópolis.

Y necesito volver a ver las pirámides y la Esfinge. La Esfinge me intrigó: quiero enfrentarla de nuevo, cara a cara, en juego abierto y limpio. Voy a ver quién devora a quién. Tal vez nada ocurra. Porque el ser humano es una esfinge también y la Esfinge no sabe descifrarlo. Ni descifrarse a sí misma. En lo que nosotros nos descifrásemos, tendríamos la llave de la vida.

Quiero tomar baños de mar en Biarritz, porque allá vi las olas más altas, el mar más compacto y más verde y turbulento. Y majestuoso. No quiero volver a ver San Sebastián.

Pero quiero volver a Toledo y a Córdoba. En Toledo volveré a ver los El Greco.

Hallaré en Europa la primavera, lo que ya en sí es motivo para un viaje allá. Iré a Israel, esa comunidad antigua y la más nueva: quiero ver cómo se vive bajo patrones diferentes.

¿Y Portugal? Tengo que volver a Lisboa y Cascais. En Lisboa buscaré a mi amiga y gran poeta Natércia Freire. Y le daré un texto mío, atendiendo a su pedido de colaboración para el Suplemento de Letras y Artes (Diario de Noticias de Lisboa), suplemento que ella dirige. Iré al Chiado y de nuevo pensaré en Eça de Queirós. Necesito releerlo. Sé que me va a gustar de nuevo —como si fuera la primera lectura— el suculento estilo de Eça.

Volveré a Londres, donde la pasaré de descanso y teatros y pubs dos semanas.

De allá pegaré un salto a Liberia, en Monrovia. Estuve en Liberia, pero no llegué a ir a la capital.

Si alguien piensa que gané la Lotería Deportiva, está equivocado. Lo mejor de la historia es que viajaré sin gastar un centavo. Solo gastaré lo que gaste en las compras. Después les enseñaré cómo se consigue tal formidable trueque: no es imposible, tanto que yo lo conseguí y sin mayores esfuerzos. No, no fue porque yo tenga charme: cuando tengo charme es sin sentir y sin querer, simplemente ocurre. El charme, quiero decir.

Llegará el momento en que no pueda más de añoranzas de Brasil. Volveré vía Nueva York, donde me quedaré dos semanas, perdiéndome en la multitud. La multitud de Nueva York es el medio más fácil de que una persona esté sola. Si me siento demasiado sola acudiré a nuestro Consulado. Para volver a ver brasileños y de nuevo poder usar nuestra difícil lengua. Difícil pero fascinante. Sobre todo para escribir. Les aseguro que no es fácil escribir en portugués: es una lengua poco trabajada por el pensamiento y el resultado es poca maleabilidad para expresar los delicados estados del ser humano.

Y —por fin— volveré a Río. Antes daré un salto a Belém do Pará, para volver a ver a mis amigos Francisco Paulo Mendes, Benedito Nunes (¿cuál es su dirección?, por favor, escríbanme) y tantos otros importantes para mí. Ellos, ya van a ver, ya me olvidaron. Yo no me olvidé de ellos. En Belém pasé seis meses muy felices. Estoy agradecida a esta ciudad.

Una vez en Río, y después de abrazar a todos los amigos, iré a Cabo Frío por una semana, a casa de Pedro y Míriam Bloch. Volveré después a Río y, toda renovada, recomenzaré mi lucha diaria y sin gloria y enigmática.

Sí. Todo eso.

Pero si tan solo fuera de verdad…

El hecho es que hoy es 1º de abril y desde niña no engaño a nadie en este día. Infelizmente no veo manera de hacer este viaje sin dinero. Onassis entró en el 1º de abril de puro metido que es. En verdad no tengo mucho interés en conocerlo.

Disculpen la broma. Pero es que no lo resistí.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida.
Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!… ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

En Las confesiones

Renü

Mülefuy kiñe renü, tüye kimeleyew engün chi llum ñi üñfituam che mew kam ñi doy kümengeam küdaw mew… iney kimi chew muley tüfeychi renü. Trürkechi kiñe che azmaeyew wüla pepilan kimniekan chew mülefuy. Feychi

pichikechengefuiñ  pieiñ mew,¡ amukilmün fey püle!

                                                                                   we nütram

perimontu reke akun

tüfey trafn rüpü mew

kiñe rüpü Diadema püle

ka fill mapu püle

meñkufun kutranpiuke

wirarüfuli wezwez zungun pun mew

mongelwey

femngechi lelümwün

pu nemül mew

kiñe nemül

mütrowfi pülli

kiñe wëlngiñ nülawi

guitarra ñi züngun

mangelkonüenew

konün

kimkülen müte

fentrenchengeiñ

kimniefiñ kiñekeche

welu upen ñi pu üi

kiñe pengelwe mew wüluwi

pepilfekekuzaw

ülkantufengen kiñe rockbanda mew

trokiñülkantufengen nengemuwn fitruñkalül mew

zünguln chi cumbia ñi kom purruam

külafan kashni

zewman püllü zonüpülata mew

llochokünun kayulelu cuerda

ülkantun treike ñi llaufen mew

wente pülli koñmalelu

nien mapu kachu mew

mamull ka lewfü mew

ñomümün aukakawel

wirafülu ngeno witrantükuwe

kachutulu mi pu kuw mew

umautun pu namun inal mew

tüfey mew chalintükuwn

montuy tüfachi apill

katrülu rangiñ ñi mollfüñ

küpa ngümafiñ pu nemül

ngütrawfiñ ñi epe charcharüam

ñi küme nümün choyüwun yayü reke

trawüln iñche ñi trüran nelülelu

llapümn tüfachi yafü allfen em

kakülkünuley

rangiñ pu nemül ñi namuntun

kimlan müten

kimllükan

atregkenge

kiñekenüpeyüm nüyfingun neyen

waglüketrewa chefküingun pu lengleng

…..

ayüwiiñ yu ñuke

wirarümu femngechi rume

kimelfingu iñche ñi epu püñeñ

kiñe rupa miawuli

ñuili

petuenew iñche mew

femngechi rume

rangiñ kiñe püllau

nülalefuiñ pu nemül

lien chüngarün mew.

renü

Había unas cuevas de los brujos, allí les enseñaban el secreto para hacer daño a la gente o para ser el mejor en los oficios… Vaya a saber dónde estaban esas cuevas. Igual si alguno la encontraba después no recordaba. De chiquitos nos decían, no va a andar pasando por ahí…

                                                                                                           Testimonio oral reciente

como aparecida llegué

hasta ese cruce:

un camino a Diadema

el otro, al mundo

cargaba un dolor que se aliviaba

con gritarle extravíos a la noche

así fue que me solté en palabras

y en una de esas

se sacudió la tierra

una puerta se abrió

una voz de guitarra

me convidó a pasar

y entré

sin atenuantes.

éramos tantos ahí

algunos conocidos

pero olvidé sus nombres

en un mostrador se ofertaban

los oficios de la fama

vocalista en la banda de rock

ser una del coro y moverse con un cuerpo de humo

tocar la cumbia que haga bailar a todos

clavar la taba

hacer la suerte de billetes arrugados

desafinar la sexta cuerda

cantar a la sombra de los sauces

sobre la tierra regada

tener un territorio con pasto

leña y río

amansar potros

hacerlos galopar sin riendas

que vengan a comer el pasto de tus manos

ponerte a dormir a la orilla de sus cascos

y ahí me entregué

dejé escapar el deseo

que andaba coagulado por mi sangre

quiero llorar palabras

condensarlas a punto de estallar

que sus aromas me broten como en celo

juntar los pedazos de mí

que siguen sueltos

curar esta dura cicatriz

que se atraviesa en el andar

de las palabras

no supe más

aprendí el miedo

los ojos congelados

unas garras aferrándose del aire

y un aullido de perros rebotando por el cráneo

………..

“te amamos

 nuestra mamá”

 que me gritaran así

les enseñé a mis hijas

por si anduviera alguna vez

perdida

así me hallaron

en el medio de un charco

abriendo las palabras

con cuchillos de plata.

Tomado de https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/poema-que-vuelve-liliana-ancalao

Contemplar silenciosamente los atlas, tumbado bocabajo sobre la alfombra, cuando tienes entre diez y trece años, es lo que te da estas ganas de dejarlo todo. Soñar con regiones como el Banato, el Caspio o Cachemira, con las músicas que resuenan en ellas, con las miradas de la gente con la que te cruzarás allí, con las ideas que te esperan… Cuando este deseo es capaz de resistir los primeros envites del sentido común, buscamos entonces razones que nos lo expliquen. Y encontramos algunas, pero todas ellas resultan endebles. En realidad, no hay palabra para nombrar aquello que te empuja. Es algo que crece en ti y que va soltando amarras, hasta que llega un día en el que, aunque no te sientas demasiado seguro, te vas de verdad. Un viaje no necesita motivos. Pronto demuestra que tiene sentido por sí mismo. Tú piensas que vas a hacer un viaje, pero muy pronto es el viaje quien te hace a ti. O quien te deshace.

Nicolas Bouvier, en Los caminos del mundo

azufre 

Ser cartógrafa de una casa implica conocer sus objetos
secretos: una red agujereada de pesca en el depósito
de las herramientas, señuelos con dibujos de peces
rojos y negros, el cuadrante roto de una brújula
que marca siempre el norte, olor a humedad que recuerda
imperfectamente el mar. Como si alguien de la familia
hubiera fallado en los preparativos de una travesía larguísima
y ahora te tocara reconstruir el itinerario de esa expedición
que nunca se hizo.
Se debería partir cuando el mapa esté completo,
cada ciudad en su sitio y de cada una los datos necesarios:
la velocidad máxima de sus vientos, la profundidad de sus ríos,
su época de tormentas. A veces pensaste en diseñar
un mapa deliberadamente errático, por la sola belleza
de extraviarte en dibujos que no llevan a ninguna parte.
O tal vez para obligarte a permanecer en el mismo sitio
preparando para siempre una partida,
tu propia vida el lugar donde aprender la palabra viaje.
Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.
¿Viste alguna vez cómo el sol atraviesa
el ala de un insecto en vuelo? ¿Con qué delicado
y fugaz dibujo la rellena? Así hubieras querido que se viera
tu cuerpo en la transparencia de la tarde:
una chispa de azufre, azulada. Materia inflamable
que al menor roce recuerda su pertenencia a los volcanes,
su ansia de desprenderse y arder en el aire.
¿Adivinaste ya que no es ese tu oficio? ¿Pudo tu cuerpo
amar lo que le ha sido encomendado? Que otros se vayan.
Lo tuyo es escribir la historia de ese viaje.
 
 
(de “Geologías”, Nusud, Buenos Aires, 2001.)

Rehén de la colina

1
Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la
colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.

2
Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.

TIKAL
¿Sería un guerrero en desgracia,
exiliado entre los dioses
quien me hablara?

¿O sacerdotes del templo V
tras un humo leve
un rosario de hojas y de agua?

¿Sería la mujer,
atado de leña al hombro, murmurando:
– Yo soy tú,
en delicados jeroglifos ideográficos?

Lo que sé,
es que la ciudad hablaba.

 

Diana Bellessi, en Crucero ecuatorial

Samarcanda

1

La ciudad azul y blanca
bajo la luna de los mongoles.
Aquí no se mira la luna.
El palacio del emperador inmortal
aparece en la claridad de la tarde.
Estamos parados cerca de las tumbas;
comemos higos con una especie de ansiedad.
Samarcanda tiene un jardín por inventar.
—Ginsberg vio un jardín semejante
entre las piedras negras de México—
Se puede inventar un poema del tamaño del jardín,
comer dátiles y echar los huesecillos
en la tumba del emperador que va a vivir siempre.
Las tumbas no están frías.
En una de ellas cabe la cópula
de un joven y una mujer madura
—pelo blanco y grupa de galera fenicia—
Fuera del palacio los uzbekos venden
semillas de girasol, panalitos, higos.
Desde aquí se levantan el grito de los buitres del profeta
y la torre de Bujara.

Igual que en México, en China
y el Perú,
aquí las voces humanas son huecas
como los caracoles donde el mar se finge mar
en las playas de Cozumel.

2

Uluj-Beg para ver las estrellas
abrió un profundo camino
al centro de la tierra.

3

El muezzin me dijo en su cansancio:
escribirá un poema sobre nuestra ciudad,
dirá que nos conoce al darse cuenta
de que nunca estuvo entre nosotros.
Como respuesta abrí la boca
y devoré un racimo de uvas amarillas.

En la noche soñé que ni el muezzin ni yo
podíamos inventar plegarias nuevas.

4

A las cuatro de la mañana
caminé por el corredor del templo Scha-sinda.
La luna estaba en Dushambé.
Soñé bajo un pedazo de cielo abierto.
La estrella bajó la vista.
Me recorrió el calosfrío claro.

5

Hablar de la ciudad-camino
¿Quién me dice que estuve?

 

Hugo Gutiérrez Vega, en http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/193-091-hugo-gutierrez-vega?start=5

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