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Locura

Una chica

El árbol ha entrado por mis manos,

la savia ha subido por mis brazos,

el árbol ha crecido en mi pecho –

hacia abajo,

las ramas salen de mí, como brazos.
Árbol eres,

musgo eres,

y las violetas en el viento.

Un niña – tan alta- eres,

Y para el mundo todo esto es un delirio.

Un infierno

El agravio de tus labios, que juraron y engañaron,
embeleso de tu beso donde preso me quedé.
Un zarpazo fue tu abrazo y tu piel de seda y raso,
un infierno cruel y eterno donde el alma me quemé.
El hastío con su frío hizo nido en todo mío,
si quererte fue la muerte, el perderte es morir más.
Que misterio es el cariño que en la cruz de tu abandono,
todavía te perdono y te quiero mucho más.

Clavaste
sin temor, con toda el alma,
a traición y por la espalda
un puñal, ¿y para qué?
No ves
que estoy herido y te sonrío
que aún te llamo cielo mío
y que aún beso tu puñal.
¡No lo ves,
que pese a todo y contra todo
en el cielo o en el lodo
yo te quiero siempre igual!

Maldecirte, no seguirte, no quererte, aborrecerte,
libertarme de tus manos, rosa fresca, no podré.
Como un ciego tambaleo sin tu voz, sin tu sonrisa,
cielo y brisa, tierra y todo, me recuerda tu querer.
Siempre arde, noche y tarde, esa antorcha de tus ojos
en tu pelo soy abrojo que pretende ser clavel,
como hiedra que se aferra a la piedra inevitable,
de tu amor inolvidable aferrado me quedé.

Música: Francisco Rotundo
Letra: Reinaldo Yiso

Versón Jorge Falcón

La llave

Cuando la razón se vuela,
cuando el instinto despierta,
se van abriendo caminos
ignorados y sin huella
que nos vuelven a la madre,
que parió nuestra conciencia.

El camino se hace luz
y la ciencia es solo ciencia,
vuelve el amor a su cauce,
se disipa la apariencia.

La vida ya es otra vida
que nos lleva, que nos lleva …

Paisajes de cielo abierto,
melodías que maduran.
La Salamanca se alumbra
como una blanca espesura.

La vida ya es otra vida
que en el silencio perdura.

II

El saber tiene su precio
allá, por la Salamanca.
Se cambian conocimientos
por pedacitos del alma.
Andando por esos montes
la ignorancia se acorrala.

Zupay tiende los caminos
y su ciencia es una estaca
clavada, como una astilla,
entre la mente y el alma.

El que vuelve nunca cuenta
que el conocer deja marcas.

Gozando baja la luna,
se trepa a la Salamanca
y el destino se perturba
dentro e’ las cuevas paganas.

El saber tiene su precio
allá por la Salamanca.

Entre S.T. y allegados

Ahora ya paré con el afán
de querer tener casa propia
y sin poder.
Y tener que pagar alquiler
o vivier en la calle que es
el gran hotel.
La suite vos elejís
con estrellas o sin ellas.
Por colchón el cartón.
Funcional y descartable.

La función del “Mondo Cane”
es interrumpida.
Noche y día
día y noche.
“Y miles de ventanas amarillas
como vidrieras que no venden nada”
(Donde una sabe bien que hay cama.)

De día está el sol.
Y sigue la función.
Pasan días templados
frío y calor vienttos lluvias
y la vida en una rueda
como rueda una
como rueda la luna
por Callao por Corrientes
por las plazas y los parques
forman parte de las fiestas
los alcoholes los olores
los colores y los sones
“Y es la vida que me alcanza”
expresiva viva libre
se entrelazan personajes.
“Que se ama
n se pelean
y se vuelven a amar.”
¡El sistema no me atrapa
vivo gratis y con yapa!
Sin embargo no lo creas
que las leyes naturales
los abusos y la ley de selva
que rige en las calles
a las tantas y a los muchos
se han llevado.

Escribí mis poesías
escribí mis canciones
le gané al morir en las gambetas.
Y al sida en las piruetas.
Y del hoy en día que la vida me da
quiero Más.

 

María Camps, en Ciudad de locos poemas, Ediciones Colegio de la Ciudad, Buenos Aires, 2004

María Camps nace en Henderso, Pcia. de Buenos Aires el 26 de junio de 1947, en la casa materna, en la cama de sus padres. Crece en una quinta-chacra donde se recrea y trabaja en la huerta, ordeña, monta… A los 10 años, y por el asma, es internada en la Capital Federal en Colegio de Monjas, donde concluye la primaria. Desde los 14 años y en adelante realiza diferentes tareas y vive en ciudades capitales, provincias, aquí, en Latinoamérica y Europa, hasta los 38 años en que comienza a vivir en la calle, donde se vuelca de lleno a escribir y leer. Desde los 44 es asidua integrante de la población de manicomios en capital y provincia, fugando de cada internación. Al fin, el conocimiento de la propia locura y el control; la rehabilitación y los nuevos proyectos.

El amor
Ese incoloro lor arrullador
El inoloro entronizado
de oro dorado
Pero no indoloro.

El Alzado Ensalzado
Enarbolado amor.

Preso Fugitivo
Esquivo Mendigo

El mundano amo de corazones.

Poseso Apasionado
Ramillete de besos.

¡Oh el amor!

Ese coso socotrocoso.

Que Enlaza Acollara.

Esposa Ata Mata.

¡Qué lata latosa tal cosa!

Sorprende Enciende.
Promete Compromete.
Se antoja Se aloja hondo.
El viejo sabihondo.

Ladrón Enmascarado Burlador
Misógino seductor.

¡Oh el amor!

Ese comodín
As de espada
Llamada animal
Llamrada Mal.

Naciente Creciente
Ausente Mueriente.

¡Hay el amor!

Silencioso y silenciador.

Con su violeta odio.

Su violáce celo
Y su violín desamor.

¡Qué amor el amor!

Actor privilegiado
En toda función
Verboso el grandioso
Oso Dios.

El elegido como el salvador
El amoral
¡Qué tal!

 

María Camps, en Ciudad de locos poemas, Ediciones Colegio de la Ciudad, Buenos Aires, 2004

María Camps nace en Henderso, Pcia. de Buenos Aires el 26 de junio de 1947, en la casa materna, en la cama de sus padres. Crece en una quinta-chacra donde se recrea y trabaja en la huerta, ordeña, monta… A los 10 años, y por el asma, es internada en la Capital Federal en Colegio de Monjas, donde concluye la primaria. Desde los 14 años y en adelante realiza diferentes tareas y vive en ciudades capitales, provincias, aquí, en Latinoamérica y Europa, hasta los 38 años en que comienza a vivir en la calle, donde se vuelca de lleno a escribir y leer. Desde los 44 es asidua integrante de la población de manicomios en capital y provincia, fugando de cada internación. Al fin, el conocimiento de la propia locura y el control; la rehabilitación y los nuevos proyectos.

Así es. Él habla solo.

Lava sus manos y habla,

clara su voz,

y a sus espaldas lo acompaña el coro

de esgarros y bufidos.

No escucha. No interrumpe su discurso

prolijo y educado, dirigido

a su público atento,

que escucha, conmovido

por su voz que resuena en el vibrante

silencio de la sala.

El está ahí. No importa el manicomio

que lo rodea abyecto,

exhibiendo cicatrices desdichadas

en criaturas que no entienden aunque se hable

como él. No les importa nada

sino comer y cigarrillos y un demonio.

Por eso tosen, mugen, gritan.

Y él continua su elocución, él habla

no sé a quién o a quienes, habla en vos muy clara y sus manos lava

y habla y lava y habla todo el tiempo

y no omite una coma ni un acento.

 

Renato Ruival, en http://www.espaciopotencial.com.ar/elbarrio/sexto_anio/lasensibilidad.html

Están los quietos que casi comen
están los mansitos de sonreír a qué no se sabe
están los buscadores de otros con los ojos duros de rebotar rebotar
están los que miran todo el día la lluvia, aunque no llueva
están los que tienen el sexo hasta en la tierrita de debajo de las uñas
y se morfan las uñas
están los que se quieren matar
los que se querían matar están
y los que van a querer matarse pronto
y son, por turnos rotativos, los mismos tipos.
Están los arregladores de enchufes y garrafas y otras cosas ¿y qué?,
si son locos iguales que los demás
están los que juegan a las cartas y hacen mulas y “van a salir”,
dijo el Doctor
“algún día”, porque “van bien”, dijo el Doctor, “van bien”
están los que lagrimean con las velas colgando como bebés
que tuvieron que nacer mediante un aborto
están los que se patean el pasillo-pasillo-pasillo
hasta dejarlo igual que siempre
mientras ellos se gastan como nunca
están los que tienen visitas, qué suertudos
están los vigilados porque pegan trompadas porque sí,
vaya a saber por qué
están los que escuchan la radio con la radio escondida en el bolsillo
para que no se la manoteen los pobres, están
y se sientan siempre en el mismo banco para no perder
la compañía de la baldosa
que los mira mirando
fijo, de abajo, más abajo están los criminales
“que terminaron mal” según dicen
pero al fin, acá, somos todos iguales
ante la ley del Halopidol.
Están los protestones que usan muecas en toda la cara
y del lado de adentro también, están uy
los que se hacen encima y no dicen ni mú
y están los genios que le pasan el postre como una monedita de cobre
a la gata por debajo de la mesa
y se creen que es la viuda la gata por ser negra
y Dios mío…
Están todos los que se jubilaron de fracasar en la vida
y por una módica pensión
hoy el fracaso se dedica a ellos las cuarenta y ocho horas del día.

Está también el que iba a hacer el informe pero
lo vino a buscar un Milagro
y anoche
todavía
lo andamos buscando…

*

En Ciudad de locos poemas, Colegio de la Ciudad Ediciones, Buenos Aires, 2004

Jorge Arrizabalaga