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Escritura

La nada que nos viste – Prólogo: “A modo de vana explicación”

Roberto Malatesta

 

¿Puede un hombre ser ceñido a un puñado de palabras? Se ha intentado reducir una vida a una inscripción en la piedra, pero ¿cuántas palabras conforman a un hombre? Se ha dicho y se dirá que los poetas dominan unos pocos temas, y esto solo vale para los que mejor han cantado. Se desprende de lo anterior que dominar una sola palabra ya constituye un gran paso… ¿Hacia dónde? No nos ilusionemos ni seamos ingenuos que ya lo ha dicho J.L.B: “La meta es el olvido”.

¿Es posible sorprender a una palabra en su totalidad poética? ¿Y cuántas palabras sin que la osadía nos desbarranque el vacío? Artaud afirmó: “Somos 50 poemas,/ el resto no es nosotros sino la nada que nos viste”. Creo que con el advenimiento de un nuevo siglo el mismo número parecerá excesivo. He elegido, siguiendo quizás un criterio de humildad o tal vez prudencia, el número 30, que continúa siendo devastador. A partir de él he edificado mis treinta palabras, mis treinta poemas.

Reiterativo, monótono, abriéndome paso a través del lenguaje, en un primer momento me permití la total libertad y ella misma terminó apresándome. Lo único que escapaba al barranco era mi intento. Azarosamente di con la vieja fórmula de los catorce versos y la libertad pareció bendecirme, no la abandoné en treinta oportunidades y una más.

Vacilación, duda, incertidumbre, cada palabra plantea un riesgo. Habré olvidado no pocas más adecuadas a mi experiencia ante la aparición, irreprimible, de otras. Habré fallado, ¿quién está exento? Nadie, ni el menor ni el mayor está exento de ser hombre, esto es: insignificancia, brevedad, treinta palabras.

 

Roberto Malatesta

FISIOLOGÍA

“El ritmo del poema es un pulso, un sistema nervioso armado con el lenguaje. Es movimiento y, como tal, una dinámica; el tono, en cambio, es una química, una densidad que permea las palabras, un aire, una atmósfera: un vapor o un fluido. El poema realizado logra crear un enlace muy difícil de modificar sin que se lo destruya. El ritmo es esa línea temporal que recorre su escritura cristalizada y que la lectura reproduce. El tono es la densidad de ese tempo. Tono y ritmo se asocian a una oscuridad inicial del poema que persiste en su realización”

[“Surfear en el oleaje del verso libre”, Alicia Genovese]

Estoy
enamorado es poco
de Wislawa
de apellido Szymborska
y primer nombre Mariusha.

 
Su padre quería un varón
le decía: Nada de berrear
nada de exponer entrañas,
ella escribió mucho después:
Sé componer los rasgos de la cara
para que nadie divise la tristeza
soy quien soy
un caso insólito
podría ser yo pero sin asombro
pero eso significaría
ser alguien totalmente distinto.

 

 

Ah, Wislawa, alma vieja
nadie en tu familia murió de amor
y vos en cambio viviste así
amando el color azul y
buscando siempre a aquel de
ojos color cerveza
que lleno de amor te dijo un día:
Mañana y todas las mañanas de mi vida
estaré bajo tu balcón
salvo que llueva,
ah, Wislawa,
Mariusha,
qué ojo tenías
aunque ignoraras de qué iba la obra
y qué papel representabas.

 

 

Haga lo que haga, dijiste,
se convertirá para siempre en lo que hice
y nos advertiste:
Aun con toda mi buena fe
sé que contaré cosas que jamás
existieron.

En tu primer viaje al exterior (a Bulgaria)
te alojaron en un hotel lejos de la ciudad
había un enorme globo terráqueo
vos hiciste una isla minúscula
le pusiste el nombre del hotel
y la pegaste en el lugar más vacío del Pacífico,
quien pase alguna vez
por ese rincón de los mares
que nos diga si esa isla aún existe.

 

 

Cómo nacieron tus poemas
te preguntaron una vez:
Escribía cuentos cortos
que se volvían más y más cortos
hasta que sólo tenían unas pocas líneas
así nacieron mis poemas, dijiste,
y también:
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos,
y también:
Prefiero escribir a mano en hojas pequeñas
para asegurar el contacto
entre lo que tengo en la cabeza y la mano,
y también:
Para traducir un poema mío,
primero hay que comprenderlo
y luego basta encontrar algo bonito
pero no demasiado, para que suene natural
mis poemas son como
respiración
reposada.

 

 

Y cuando Polonia te quiso abrazar
la sofrenaste con estas palabras:
En este país por tradición
una poeta tiene que ser maldita
infeliz por exceso de espiritualidad
y por causa de sus amantes
que no están a la altura de su talento
perdón perdón por no ser así
aunque mis señas de identidad
sean el
frenesí
y la
desesperación
así en minúscula.

 

 

Todas las sillas eran duras en tu casa
para que las visitas no se quedaran demasiado
y lo que más te gustaba de los viajes
era el regreso
y cuando no querías hacer algo decías:
Será un placer aceptar su propuesta
cuando sea más joven,
ah, Wislawa,
Mariusha.

 

 

Eras de la opinión que
en nuestra época se hablaba demasiado
así que diste el discurso más corto
de toda la historia del Nobel
que empezaba así:
En un discurso lo más difícil es la primera
frase.
Así que ya la he dejado atrás
y contraviniendo el protocolo
saludaste al público
antes que al rey y a la reina
y después saliste a fumar
y cuando el rey te ofreció
un chicle de nicotina le dijiste:
Dudo que sean tan benéficos como el cigarrillo
para la literatura,
ah, Wislawa,
Mariusha.

 

 

Y ustedes,
díganme,
¿ni un poco enamorados de ella
están ustedes también?

 

Juan Forn, en Página12

Una mujer entera

Mientras la televisión y un enjambre de periodistas locales y corresponsales extranjeros y el Uruguay entero estaban pendientes de la agonía de Mario Benedetti en un hospital de Montevideo, Idea Vilariño se murió en silencio a unas cuadras de distancia. Aunque el día de su muerte un centenar de admiradores le rindieron homenaje en el hall central de la Universidad de la República, a su entierro en el Cementerio del Norte, a la misma hora, fueron sólo catorce personas. El episodio cierra de manera perfectamente coherente la leyenda que la rodeó siempre, a veces alimentada y a veces padecida por ella misma.

Como muchos de mi generación, conocí los poemas de Idea Vilariño en las ediciones que le hizo Schapire en los ’60. Fueron de los primeros libros que compré con mi propia plata, cuando tenía trece o catorce años, y no podía creer que se pudiera decir tanto con tan pocas palabras, y con palabras de todos los días. Uno empezaba a leer esos poemas preguntándose si no eran material de poster, hasta que venía esa descarga eléctrica en el plexo y se nos atragantaban las palabras en la garganta y entendíamos con clarividente certeza que no se podía decir eso de otra manera, no se podía decir eso sin haber pasado antes por las comarcas más pavorosas del amor. Había uno en particular que se llamaba “Ya no” (Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme /nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros / … Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya no serás para mí / más que tú /… Ya no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas / No me abrazarás nunca /… No volveré a tocarte / No te veré morir). La Vilariño se lo había escrito a Onetti, le había escrito todos los poemas de ese libro terrible, y se lo había dedicado, y años después le quitó la dedicatoria cuando lo reeditó, y logró por fin lastimar a Onetti como él la había lastimado a ella.

En los años ’90, cuando yo trabajaba en Planeta y María Esther Gilio y Carlitos Domínguez preparaban su biografía sobre Onetti (Construcción de la noche), los torturaba pidiéndoles que contaran más cosas de aquella terrible historia de amor hasta que la Gilio me dijo: “¿Por qué no encargás una biografía sobre Idea y nos dejás de joder a nosotros?”. Todo lo que puede saberse de ella, ahora que ha muerto, está en el extraordinario suplemento especial que El País de Montevideo le dedicó hace unos días (donde Rosario Peyrou define inigualablemente su poesía: “El máximo escepticismo con la máxima sensualidad”) y en el libro-álbum La vida escrita, publicado el año pasado, que reúne fragmentos de sus diarios, cartas, textos inéditos y recuerdos de sus amigos (“El tipo de homenaje que suele tributarse a los grandes poetas cuando mueren y que nosotros quisimos hacerle antes”, según su responsable, Ana Inés Larre Borges) y en el documental Idea, que filmó Mario Jacob en 1996 (donde ella dice: “Cuando escribo nunca miento. Puedo mentir en la vida de todos los días, pero no cuando escribo”).

Gracias a ellos sabemos que el padre le recitaba, a Idea y a sus hermanos, desde muy chicos, poemas del Siglo de Oro español en voz alta (y que por eso, antes de aprender a leer, ella ya inventaba poemas de rima y métrica perfectas con palabras que elegía exclusivamente por su sonido). Que, a pesar de su salud precaria, desde los veinte años vivió sola. Que antes de cumplir los treinta publicó esta opinión sobre la poesía rioplatense de su tiempo: “Miserablemente estancada en un pantano, pobre poesía de provincia, sin originalidad, sin fuerza, sin ningún poeta verdadero, ningún intenso, ningún nuevo, ningún desesperado, ningún revolucionario. Nadie sabe cantar, nadie tiene mensaje”. Que colaboró en la legendaria revista Marcha hasta que le censuraron por pornográfico un poema donde decía “un pañuelo con sangre, semen, lágrimas” (el problema era que lo firmara “una mujer sola”; ella los mandó a la mierda y no publicó más nada con ellos). Que dio clases durante treinta años en un liceo (se levantaba a las cuatro de la mañana para estar en el liceo a las ocho y tenía otro trabajo a la tarde, y de noche traducía, entre otros a Shakespeare). Que durante muchos años se resistió a recibir premios (no a obtenerlos: le dieron como tres veces el Premio Nacional de Poesía pero recién lo aceptó en 1987, cuando consideró que el jurado era irreprochable). Que detestaba las apariciones en público y que dio apenas tres entrevistas en su vida (“Me gusta mucho escuchar las entrevistas que les hacen a los demás, pero yo no tengo el don: recién al otro día se me ocurren las cosas inteligentes que podría haber dicho”). Que tocaba tangos al piano y los bailaba y los cantaba igual de bien. Que, en lugar de publicar libros nuevos, a partir de 1966 prefirió reeditar los tres que menos le disgustaban (Nocturnos, Poemas de Amor y Pobre Mundo) agregando de canuto en cada reimpresión los poemas nuevos que iba escribiendo, hasta que en 1989 aceptó sacar un libro enteramente inédito: lo tituló, a secas, No, y los dos últimos versos del libro son éstos: “Inútil decir más / Nombrar alcanza”. Que tenía una muletilla (“¿Cómo te diré?”) que la pintaba en genio y figura. Que una septicemia estuvo a punto de matarla a los veintisiete y la tuvo postrada en llaga viva durante casi tres años. Que se casó tres o cuatro veces (siempre por gratitud, con los tipos que fueron buenos con ella, como Manuel Claps, que la cuidó durante aquellos tres años) pero el hombre de su vida fue, sin discusión, Onetti (el propio Claps fue quien los presentó, cuando ella acababa de recuperarse de aquella septicemia).

Que Onetti y ella sólo pasaron juntos nueve noches, en once años. Que al principio él le pareció el hombre más adulto que había conocido y que, a causa de eso, perdió después toda confianza en su propio juicio. Que los momentos juntos eran “el infierno en la calle Durazno”. Que él la llamaba por teléfono y le decía: “Ayudame a entender el modo en que te quiero”. O: “Tengo una loca que se ha tirado al piso y me abraza los pies y no sé qué me pide. Te llamo porque necesito oír tu voz, escuchar a alguien sensato”. Que él le reprochó siempre que no lo amaba de verdad, que sólo lo usaba para escribir “esos poemas tremendos”. Que ella le reprochó siempre que no apareciera “ni una mujer entera” entre los personajes de sus novelas.

Vaya a saberse cuánto es cierto y cuánto es leyenda en toda esta historia. Yo sólo sé que, precisamente por saberse incompleta, Idea Vilariño logró convertirse en una mujer entera, absoluta. En un poema titulado lacónicamente “43” se retrató, a mi gusto, mejor que en ninguna otra parte. Son sólo cinco líneas: “Como un jazmín liviano / que cae sosteniéndose en el aire / que cae cae cae / cae. / Y qué va a hacer”.