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Escritura

Me escribe con frecuencia una persona que firma con el nombre del protagonista de una famosa novela. Muy bien escritos, sus correos delatan a alguien culto e inteligente y no he sentido la necesidad de preguntarle su nombre real, ya que la calidad de lo que escribe compensa el que oculte su identidad. Al fin y al cabo escribe desde un anonimato inocuo, que no utiliza para difamar a nadie ni para pedirme favores. Podría perfectamente firmar con su nombre lo que escribe y sin embargo, por alguna razón, prefiere usar un pseudónimo. ¿Tendrá un nombre ridículo? Creo más bien que tiene miedo de escribir, porque teme exponerse a las críticas, empezando por las suyas propias, así que ha optado por escribir a medias, utilizando una identidad ficticia. Si fracasa, no habrá fracasado él, sino su yo postizo. Tal vez escribe con ese yo postizo mientras espera el momento de empuñar la pluma de verdad y escribir con su yo «auténtico»; usa un pseudónimo mientras tantea el terreno. Pero resulta que su yo postizo escribe cada vez más, mejor y más a gusto.

¿Se habrá dado cuenta de ello su yo «auténtico», su yo paralizado? ¿O ese yo no se toma en serio lo que hace el postizo, porque lo considera un ejercicio de calentamiento en espera de que él, el verdadero, salga de su sopor? En este caso lo mejor es que las cosas sigan tal cual, que el yo profundo siga sumido en su letargo y el postizo, el único de los dos capaz de escribir, prosiga su quehacer en una posición replegada, más humilde pero viable. El yo profundo jamás despertará del todo y, si lo hace, es probable que no haga nada relevante. En todo escritor hay un yo así, genuino e infeliz, incapaz de algo digno de nota. Uno se hace escritor el día que encuentra un yo postizo que viaja modestamente en el carril de acotamiento para no despertar al otro, el que ocupa el carril central. Así, hacerse escritor es deslizarse hacia el borde, volverse un tanto anónimo y escurridizo, menos genuino y profundo, que es el precio principal que hay que pagar en este oficio.

Fabio Morábito, en El idioma materno

La poesía es mi aproximación a la realidad (Beatriz Vallejos)


Bien. Regreso a mi ciudad lejana, temprana adolescencia, al alto mueble de tiempo y libros atesorados por mis padres, que me esperan en la quinta de Rincón. Algunos libros con la firma todavía legible de mi abuelo, que ya no está. Ese fue el mapa literario que recorrió la avidez de mi infancia. Seguramente una lectura desordenada, pero sí de algún modo coherente. Romain Rolland y Gorki, Víctor Hugo, Zola, Dostoievski, Tolstoi. Ah, y Dante. Dante de mi madre italiana, Dante de Beatriz por quien llevo mi nombre. Y en la cesta de las labores de mi madre, junto a la mecedora en la galería, siempre algún libro de turno, los del lugar: Manuel Galvez, Domingo Silva… la mítica casa de los cuervos, la hermosura de El Tempe argentino. Y creo que allí, donde para mi la sombra era azul, allí la literatura dejaba de ser palabra impresa y me rescataba sino – ¡y que pronto lo comprendí!- algo que latía en todas las cosas y seres, algo que estaba en la sombra y en la luz con apacible presencia: el misterio. El misterio que contestaba mis interrogantes o que me interrogaba en un juego que no ha concluido aún.
La razón por la que escribo es una consecuencia natural de todo lo anterior. Los míos fueron pioneros del arte de curar. Mi abuelo materno, el primer médico afincado en la costa. Mi padre, el farmacéutico de Colastiné, cuando Colastiné era puerto de ultramar. Y más allá, remontando la herencia paterna, la preciosa referencia de los guaraníes en las miles de plantas medicinales que los jesuitas ordenaron en un libro.
Todo esto signó la vocación de señalar por la poesía de las coordenadas de equilibrio en lo armonioso que la naturaleza brindaba. La comprensión de la realidad en su dolida circunstancia y del posible remedio (¿del alma?), sí, sin duda ha sido determinante ético que extraje de siempre, desde que escuchaba a mi madre sus testimonios de los malones mocovíes en San Javier. Y todo era cercano y vívido. Esa puede ser la razón y no ha cambiado.
Solo ocasionalmente, me sitúo a opinar sobre mi poética. Y es una especie de desdoblamiento, siendo que la poesía es el territorio viviente y el concepto la aceptación de esa diferencia. Vivir en estado poético es mi natural respiración. Opinar sobre ello seria, es, acaso, solo un intento esforzado, por cuanto me hiere tener que afirmar “mi poética”. Me parece que invado pertenecías. “Mi”, “yo” es lo que pronuncio con acentuado pudor desde hace tiempo. Es otra la certeza (¿vos decís no hay certeza?). Es otra la identidad. La misma la de siempre la de entonces. La que abrazo desde todos los ángulos. No es el centro de la vida mi vida, sino que todo es centro, centelleo grávido, de fruto, de aromado ritmo. Si permito participar de la ortodoxia gramatical, al análisis, algo es dañado. Dije una vez: extraer la palabra con amoroso cuidado para que no se quiebre en retórica. Eso es que esa palabra va a dar convertida en poema, es decir, en infinito. También exprese: tomo del silencio las palabras que me son necesarias. Puedo decir que la escritura poética aparece en pequeñas precipitadas hojitas; primero como una especie de clave y a partir de allí como la música que hubiera deseado componer. Acuden o fluyen desde alguna región inmanente que estará en mi memoria, o que la Memoria me ofrece. Crecí entre islas y gente de grande pausas coloquiales. Mi escritura fue siempre un hecho intuitivo en la medida de mis interrogantes y certezas (insisto con esto). Del poema pienso que gira en su propia incandescente certidumbre y es válido siempre. No pertenecerá al tiempo lineal, sino que será grávido, al alcance de la mano como un fruto, e ingrávido en su constelación inasible, donde de otra manera prismática nos conmueve. Es decir no enteramente traducible, sino algo así como incorporado ¿no? a otras consecuencias misteriosas embrión de otros poemas…
En los años en que mi salud me permitió realizar el apasionante oficio de laquista, no había diferencia entre la poesía y el vocabulario de las resinas en las veladuras y transparencias. Hermanada la síntesis con la abstracción. La temática era la misma. Quise expresar el viento, los reflejos del agua, la siesta con zorzales y chicharras, los vitrales del atardecer… Ahora que esa cautivante artesanía está relegada de mis posibilidades, concretas, físicas, regreso a los poemas, a pretender con las palabras extender la luminosidad de vitrales, “la participación de la música en fragancias” como dije un poema.
Digo la Biblia, el Eclesiastés… pero ya no releo: recuerdo. Recuerdo cómo fue mi infancia El maravilloso formular de un sentimiento que brotaba puro y humilde: yo escribía mi libro “El libro de Beatriz”. Leo, releo, deletreando, el libro de Naturaleza.
Cuando leo verdaderos poemas siento que la realidad es perfecta. Es decir sensiblemente perceptible. Pero cuando hay que leer y dejar de lado al primer renglón… La poesía es mi aproximación a la realidad. La realidad visible-no visible. Y entendiendo que el que se aproxima se distancia. ¡Pero atisbando ahí felizmente a veces la inasible comprobación!
Nada es separable. Y todo es uno. El lirismo el arabesco grácil de los interrogantes eternos.
Como lo entendemos en la costa, el paisaje es el cielo que se copia en los charcos, es nuestro pasó entreabriendo el varillal y ese grito que cruza de isla en isla quién sabe de quién. Sin opciones entre sudestadas y crecidas, es el sentido práctico del existir. La tradición es del limo que todavía no afirmó su condición de suelo. Su estilo es el río en vueltas y vueltas. Toda esa presencia si, tiene un “aura”. El árbol y el pájaro cantor que con una gota de agua con él pico afina la distancia el reservorio mítico del litoral tiene vigencia. Percibimos la mediumnidad de la siesta. El chico que patea gritos en la panza de arena… emite un “aura”. No hay margen para discurso. Todo es transparente y profundo, no sé si oriental. La Sinfonía máxima del “aura” en su palpable luz. “Esos brillos”… Quien si no el patriarca poeta Don Juan Laurentino Ortiz a la orilla de nuestros ríos y la inefable música de toda transparencia. Espíritu. Convocante de la delicadeza y los pétalos, el irupé en la bandeja del agua ofrecida los júbilos. Incontaminado aire incontaminado, celeste litoral, y esos cielos liliáceos de todo atardecer… No sé si Oriental. El saliente y poniente: Así es de simple la concepción del mundo
. El mundo está aquí nomás.
La inocencia… cuando la inocencia tiene conciencia de sí, algo se ha perdido. Si al parecer es naif, es decir ingenua, la poesía que escribo, será por imperativo maternal de ofrecer mundos posibles de armonioso y fértil equilibrio. Será para relegar lo problemático y oscuro. Oscuro no es lo mismo que hermético. Hermético es el embrión potencial que fulge latente en toda potencialidad de vida. Oscura es la tramposa acrobacia del intelecto, lo racional entramado a otros esquemas de acontecer prejuiciosos
. Ingenua… candorosas sí. Por otra parte, la cultura no es suma de información, de lecturas literales, sino conocimiento, resumen de la esencia; un estar en el mundo, a fondo, padecido conscientemente. Ese es el cierto nivel. Y después… la audible música del silencio, la visión del trasfondo la gratitud de ser partícipe. Y poder, aunque sea balbuceando, asentir que nos hemos reconocido en el mundo.
Me gustaría saberlo. Me gustaría saber que llega a destino, es decir, que abre ventanas ¿Para qué me sirve a mí? Para entender la realidad, porque necesito traducir la constantemente. Si la poesía le sirve al prójimo y me sirve, sirve. ¿Sirve de algo? ¿De nada? ¿Quién sabe?
Pienso que la transparencia es siempre enigmática. Lo hermético participa potencialmente en condición de embrión, de ese misterio adelantado por la luz de gema, por el parpadeo de lo insondable qué es la transparencia. El poema es la instantaneidad perdurable.
Reitero: mi taller literario fue el ámbito que signó mi vida. Mi padre insistió sobre la precisa, resplandeciente condición de idioma del guaraní. Señalaba la importancia del idioma en la percepción musical de la síntesis. Repetía un ejemplo sencillo: que la luna, yasy, traía su significación de astro que lucía de noche y que su brillo era plateado. Todo eso en una sola palabra, señalaba mi padre. También me transmitió su admiración por los griegos, “el laconismo de los griegos”… además paralelo a esto viví, conviví, respire, las realizaciones de los plásticos que nos honran con su antigua amistad y que además fueron mis maestros. De Enrique Estrada Bello presté atención a la naturaleza, al entendimiento de la humanidad de la naturaleza. De Matías Molina el fervor del impromptu de la difícil sencillez de la transparencia. Y señalando como el determinante preciso de lo que quise como modelo para mí expresividad por el poema, aquel lejano día de mi adolescencia en que contemple un cuadro azul, tan azul… apenas surcado por una línea blanca que se adivinaba tal vez iluminado por la luna (que no estaba en el plano). Era un cuadro de Suspisiche. La concesión de mis poemas ¿vendrá de esa excepcional lección? décadas después me enteraría de que existía Ungaretti, que los chinos y los japoneses decían profundidades con “el aplauso de una sola mano”. Regresé tantas veces al laboratorio de mi padre, que entraba en puntas de pie y aprehendía su respetuoso que hacer sobre la balancita de precisión. Admiré las manos de mi madre inclinada sobre hebras tejedoras, cándidos volcanes de la harina. ¿Vendrá la concesión de mis poemas de algo así?
Consideró que escribo un solo libro: el collar de arena, que se integran sucesivas poemarios. Los poemarios son como “pequeños opus” al decir de Rubén Sevlever. Partes, secuencias de ese ritmo de poesía. No sé cuándo es collar tendrá su último poema. Siempre creo en la vuelta abierta de aquel enhebrar que termina diciendo: “Si la canción es el silencio. Si no pudiera detenerme ¿Cómo existieras sin mí, libertad?”
Actualmente escribo creo que como siempre. La manía enumerativa no recurrió, me parece, en lo que escribo. Parto o regreso de la Irreversible verdad, la realidad inabarcable, polifacética; su dimensión cósmica felizmente prueba la venida de nuestro ego. Y las verdades esenciales se manifiestan con rigurosa economía. Es lo que intento en participación de poema. A veces pienso que son apariciones fortuitas eso que llamamos poemas. Si que tengo que corregir ya no considero válido. A lo sumo una mayúscula, un espacio…No entiendo ciertos métodos cuando dicen que “trabajan un poema” sufro por él, por el poema.
Un poema es una estrella de Cardo que vuela y en algún lado propicio se asienta y alguna vez germina. Creo que ese es el destino de toda poesía. No puedo detenerme en una frustración que no es la mía. Confío en el Terrón germinal que recibirá ese vuelo apacible sin la obsesión de una promoción que jamás estuvo en mis planes. Si, una fervorosa comunicación. Creo en la sacralidad de la palabra. Además ¿regional? ¿O marginal?.. Una vez pensé de alguien que era enraizado y libre a la vez, transparente y a veces ¿por qué no?, algo entoldado. Y quiero para mí esta conclusión: era tan de aquí que parecía de otra parte


La trama


Las historias que se cuentan de madres a hijas
en la noche, para que la hija duerma,
nunca tienen final. Son las madres quienes
caen rendidas por el sueño antes de llegar a él.
La hija insiste, pregunta, pero casi siempre
es inconexa la respuesta. Entonces
permanece despierta, imaginando.
Ése es el origen del insomnio y los poemas.

Podando los geranios, me veo

como soy, semidesnudo en el calor,

tratando de sostener un pequeño universo

de oscurecidos tonos, marchitos de lluvia y sol,

cabizbajos y temblorosos al sentir las tijeras

mientras separo las flores marchitas de entre las vivas,

como el hombre solitario llena su vacío con palabras,

no por consuelo ni para señalar lo que es bueno,

sino para decir algo verdadero y corpóreo

que sea prueba de su existencia. 

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida.
Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!… ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

En Las confesiones

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que este parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!—, esas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: “¡Es que miré demasiado dentro de mí! es que miré demasiado dentro de…”, de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: “Esta casa fue desinfectada”.

La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Al cargador de las fechas 

Hermano Mayor de la Escritura, 
Hermano Mayor del Dibujo: 
Con mis rosas vine, 
Con mis flores de azucena vine. 
Con mis claveles, 
con flor de manzanilla. 

Préstame tus diez máscaras 
para alargar mis años 
adentro del corral. 

Está abatida mi alma en la montaña. 
Ya resbaló mi animal para abajo del cerro. 
Ya tienen en la punta del lazo. 
En la punta de la cadena. 
Préstame los diez dedos de tus pies, 
los diez dedos de las manos. 
Éntramelo en el cerro del tigre, 
en la cueva verde de las almas. 

Levántamelo con su mantel olor a rosas, 
con una rosa, levántame. 
Acuéstame a la sombra de un bejuco. 

Hermano Mayor que Da de Comer a las Almas, 
Guardador del Corral, 
Cargador de las Fechas: 
Pónganse a girar en un círculo, en un cuadro. 
No dejen salir al tigre, al jaguar, 
al lobo, al coyote, 
al zorro, al sabén. 
Agárrenlos, que no se suelten. 

Junté huevos de guajolote. 
Traigo piedras de paloma 
para cubrir el pie y la mano 
del que Mira de Lejos a Través de los Sueños

Mantén mi animal por muchos años 
con resina de ocote, 
con savia de palo, 
con agua de rosas, 
con nudo de pino, 
nudo de laurel, 
trece resina de k'os, 
trece esencia de tilil. 

Agranden mis días con el sudor de sus piernas. 
Verde brillan sus manos. 
Verde verde su sangre. 

Me van a cargar. 
Me van abrazar 
a mi tigre, a mi jaguar. 

Ya es todo que les voy a despertar 
en nombre de las flores. 

Que viva mi animal 
todavía muchos años 
en las páginas del Libro, 
en sus letras; sus dibujos, 
y en toda la faz de la Tierra. 


Manwela Kokoroch, Conjuros y ebriedades

ACERCA DE MI PINTURA (1959)

Pinto tal como escribo. Para hallar, para volver a hallarme, para hallar mi propio bien al que poseía sin saberlo. Para obtener la sorpresa y al mismo tiempo el placer de reconocerlo. Para hacer o ver aparecer cierta indefinición, cierta aura, allí donde otros quieren o ven lo lleno.

Para dar cuenta de la impresión de «presencia» en todas partes, para mostrar (y en primer lugar a mí mismo) las marañas, los movimientos desordenados, la animación extrema de los «no sé qué» que se agitan en mis lejanías y buscan instalarse en la orilla.

Para dar cuenta no de los seres, incluso ficticios, ni de sus formas incluso insólitas, sino de sus líneas de fuerza, sus impulsos.

Para ser el papel secante de los innombrables pasajes que en mí (y a buen seguro no soy el único) no paran de afluir.

Para detenerles un instante y más que un instante. Para mostrar también los ritmos de la vida y, si es posible, las vibraciones mismas del espíritu.

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Henri Michaux. En Escritos sobre pintura. Edición y traducción de Chantal Maillard. Madrid: Vaso Roto, 2018. pp. 173-174 y 123.