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Escritura

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que este parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!—, esas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: “¡Es que miré demasiado dentro de mí! es que miré demasiado dentro de…”, de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: “Esta casa fue desinfectada”.

La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Lecturas,
contemplaciones
y, de vez en cuando,
palabras en el papel
corren tras lo que quieren decir.
Como esos perros
que ladran a los autos que pasan,
no saben con certeza lo que buscan
ni lo que alcanzan.

Raquel Sinelli, tomado de http://lospoetasnovanalcielo.blogspot.com/2020/07/raquel-sinelli.html

Al cargador de las fechas 

Hermano Mayor de la Escritura, 
Hermano Mayor del Dibujo: 
Con mis rosas vine, 
Con mis flores de azucena vine. 
Con mis claveles, 
con flor de manzanilla. 

Préstame tus diez máscaras 
para alargar mis años 
adentro del corral. 

Está abatida mi alma en la montaña. 
Ya resbaló mi animal para abajo del cerro. 
Ya tienen en la punta del lazo. 
En la punta de la cadena. 
Préstame los diez dedos de tus pies, 
los diez dedos de las manos. 
Éntramelo en el cerro del tigre, 
en la cueva verde de las almas. 

Levántamelo con su mantel olor a rosas, 
con una rosa, levántame. 
Acuéstame a la sombra de un bejuco. 

Hermano Mayor que Da de Comer a las Almas, 
Guardador del Corral, 
Cargador de las Fechas: 
Pónganse a girar en un círculo, en un cuadro. 
No dejen salir al tigre, al jaguar, 
al lobo, al coyote, 
al zorro, al sabén. 
Agárrenlos, que no se suelten. 

Junté huevos de guajolote. 
Traigo piedras de paloma 
para cubrir el pie y la mano 
del que Mira de Lejos a Través de los Sueños

Mantén mi animal por muchos años 
con resina de ocote, 
con savia de palo, 
con agua de rosas, 
con nudo de pino, 
nudo de laurel, 
trece resina de k'os, 
trece esencia de tilil. 

Agranden mis días con el sudor de sus piernas. 
Verde brillan sus manos. 
Verde verde su sangre. 

Me van a cargar. 
Me van abrazar 
a mi tigre, a mi jaguar. 

Ya es todo que les voy a despertar 
en nombre de las flores. 

Que viva mi animal 
todavía muchos años 
en las páginas del Libro, 
en sus letras; sus dibujos, 
y en toda la faz de la Tierra. 


Manwela Kokoroch, Conjuros y ebriedades

ACERCA DE MI PINTURA (1959)

Pinto tal como escribo. Para hallar, para volver a hallarme, para hallar mi propio bien al que poseía sin saberlo. Para obtener la sorpresa y al mismo tiempo el placer de reconocerlo. Para hacer o ver aparecer cierta indefinición, cierta aura, allí donde otros quieren o ven lo lleno.

Para dar cuenta de la impresión de “presencia” en todas partes, para mostrar (y en primer lugar a mí mismo) las marañas, los movimientos desordenados, la animación extrema de los “no sé qué” que se agitan en mis lejanías y buscan instalarse en la orilla.

Para dar cuenta no de los seres, incluso ficticios, ni de sus formas incluso insólitas, sino de sus líneas de fuerza, sus impulsos.

Para ser el papel secante de los innombrables pasajes que en mí (y a buen seguro no soy el único) no paran de afluir.

Para detenerles un instante y más que un instante. Para mostrar también los ritmos de la vida y, si es posible, las vibraciones mismas del espíritu.

—-

Henri Michaux. En Escritos sobre pintura. Edición y traducción de Chantal Maillard. Madrid: Vaso Roto, 2018. pp. 173-174 y 123.

Todos nos contamos.Y en la aparente soledad de una introspección nos decimos quienes somos con palabras y frases que ya dijeron otros, tal vez en otras lenguas, quizá hace siglos.

La lengua. Ese laberinto.

También está lo mudo.

En algún momento algo nos toca y se evapora, o nos suspende entre el  placer y el dolor. Nos mueve y nos conmueve. Nos sucede como individuos y como grupos, como sociedades.

Es un instantemudo, no sabemos expresar eso que sentimos con palabras. Como cuando intentamos contar un sueño,  siempre algo se escapa y lo que se escapa no es algo, es demasiado.

Esa mudez tan repetida es la prueba de que existe en nosotros un fondo sin fondo pero habitado.

Todo escritor sueña con conseguirla vozque irradia desdeesas zonas innombradas.Para eso trabaja, para hacer coincidir en una obra  los matices, las voces, los tonos, los ritmos, la substancia de lo real que  late en el fondo de su sociedad y de su tiempo.

Cuando lo logra los sentidos conocidos que habían encallado en una sola dirección se tuercen en otra sin dejar la primera y abren a una tercera, a una cuarta. Lo dicho se parte en un sinfín de posibilidadesreveladoras, tantas  que a veces nos abisman.

En los tiempos antiguos a los poetas los llamaban vates, palabra que significa adivino, profeta, augur.

Algunas veces el escritor se adelanta al modo de lectura de su tiempo. Esas obras esperan a las futuras generaciones.

La voz que serenueva en un cuento, una frase, un poema, una historia, una canción, nos  habla con las desgarraduras del habla, con fragmentos y silencios, con la mudez y con las  voces de todos/as/es.

Eso es lo que hace un escritor. La conmoción que le produjo una (s)  lectura (s) le abrió una puerta secreta del lenguaje. En la entrada un cartel anunciaba: para decir es necesario arriesgar la palabra. Precisa coraje. Pruebe arremangarse y meta el brazo hasta el hombro en los remolinos de lalenguamoviéndolo hasta tocar lo otro, eso que al ser nombrado se estremece.

Es el oro de la vida.

Mientras tanto la vida, en su conjunto sigue ahí, es milagro, danza de todos: es algo entre atroz y ocurrente.

Graciela Falbo (Profesora de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP). Fragmento de lo publicado originalmente en https://perio.unlp.edu.ar/2020/06/13/dia-del-escritor/

Tener dominio del lenguaje no deja de ser una ilusión, una creencia, pero también una traición hacia uno mismo. ¿Qué anima a la escritura? ¿Qué origina el gesto del escribir sino esa extraña necesidad de traducir como se pueda aquello que excede a la razón, lo que provoca zozobra, lo que desborda, lo que se ignora y se seguirá ignorando? Lo ajeno, lo otro, es también la distancia necesaria para que algo ocurra: si todo fuera interioridad, si todo tuviera ver con lo que forma parte de uno y es su reino, si cada escritura procede de una voz íntima, certera y confesional: ¿dónde está la extrañeza de lo diferente, de lo que no se repite, de lo que es contingente?
(…)
no dejar de pensar que el mundo ocurre entre brumas y que estamos siempre expuestos en una desnudez extrema. Lo que nos desborda es lo incomprensible y el lugar de fragilidad es el sitio donde nos encontramos.

 

Carlos Skliar, en Sentidos del escribir

Si uno está interesado en la exploración, uno sabe que los riesgos son parte de la aventura; sin embargo, a medida que los exploradores viajan hacen mapas, si bien cada viaje subsiguiente en la misma zona del océano será una aventura aislada (clima y tripulación y pájaros que pasan y ballenas y monstruos todas variables), rocas y bajos, buenos canales e islas útiles habrán sido, no obstante, anotados y esta información podrá ser utilizada por otros viajeros. Pero aunque la gente ha estado explorando las formas abiertas desde hace mucho tiempo, partiendo del verso libre del que fue pionero Whitman y recogiendo Sandburg más tarde, o el muy diferente verso libre de los imagistas,

Mi poesía es de género fantástico
como el agua, los perros y mis hijos.
Sucede cuando hay sol o cuando hay luna,
cuando abundan los frutos o las flores,
al desbocarse el viento o con la brisa,
cuando cantan los pájaros
o cuando, misteriosos, enmudecen.
Mi poesía adora a los insectos
y a la madera de los árboles,
se presenta y se va como una estrella.
creí que ella trataba de asuntos cotidianos,
no, mi poesía pertenece
al género fantástico,
como el olor del pasto, los ríos o el silencio.

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Miel en la mesa

Te colma con la esencia suave
de flores desaparecidas, se transforma
en un hilo filoso como un pelo que seguís
desde el frasco de miel sobre la mesa

hasta la puerta, por el piso,
y que todo el tiempo se espesa,

se hace más hondo y salvaje, bordeado
de ramas de pinos y de piedras húmedas,
de huellas de ocelotes y de osos, hasta que

bosque adentro
te encaramás a un árbol, arrancás la corteza,
y flotás, tragando panales que chorrean,
trozos de árbol, abejas aplastadas — un sabor
hecho de todo lo perdido, en el que todo lo perdido se encuentra.

Ahora me convierto en mí. Está
llevando tiempo, muchos años y lugares.
Me disolvieron y agitaron,
usé la cara de otra gente,
corrí como loca, como si el Tiempo estuviera ahí,
tremendamente viejo, gritando su advertencia,
“Apurate, o te vas a morir  antes de-”
(¿Qué? ¿Antes de alcanzar la mañana?
¿Antes de que esté claro el final del poema?
¿O de amar a resguardo entre los muros de la ciudad?)
Ahora a quedarme quieta, estar ahí,
¡sentir mi porpio peso y densidad!
La sombra negra en el papel
es mi mano; la sombra de una palabra
mientras el pensamiento da forma a quien la forma
cae pesadamente sobre la página, se deja oír.
Ahora todo se funde, ocupa su lugar
del deseo a la acción, de la palabra al silencio.
Mi trabajo, mi amor, mi cara, mi tiempo
reunidos en el gesto intenso
de crecer como una planta.
Despacio como fruta que madura
fértil, se separa y siempre se agota
y cae, pero no agota a la raíz,
Así es el poema, puede dar,
crece en mí para volverse el canto,
hecho para y por el amor.
Ahora hay tiempo y Tiempo es joven.
Oh, en esta sola hora vivo
toda yo y no me muevo.
¡Yo, la perseguida, que corría como loca,
me quedo quieta, quieta y detengo al sol!