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Nacer

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.
Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.
Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.
Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.
Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora

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FERN HILL

Cuando era joven y libre bajo las ramas del manzano
en torno de la casa cantarina, y feliz como verde era el pasto,
la noche sobre la cañada, llena estaba de estrellas,
el tiempo me dejaba dar voces y trepar
dorado hasta el apogeo de sus ojos,
y venerado entre carros, era yo el príncipe de las ciudades de manzanas
y alguna vez con todo señorío, hice que hojas y árboles
se arrastraran con margaritas y cebada
hacia abajo en los ríos alumbrados por las frutas caídas.

Y como era tierno y despreocupado, famoso en los graneros
en torno del patio alegre y cantaba porque la granja era mi hogar,
al sol que es joven apenas una vez,
el tiempo me dejaba jugar
y ser dorado en la gracia de sus poderes,
y tierno y dorado era yo cazador y pastor, los becerros
cantaban a la voz de mi cuerno, en las lomas los zorros ladraban con clara y fría voz
y el domingo sonaba despacio
en los guijarros de los sagrados arroyos.

Todo el trayecto del sol era un deleite, una carrera,
los campos de heno altos como la casa, las tonadas de las chimeneas, era el aire
y un juego lleno de belleza y agua
y el fuego verde como pasto.
Y de noche, bajo estrellas ingenuas
mientras cabalgaba hacia el sueño las lechuzas se robaban la granja
todo el trayecto de la luna, entre establos bendito, oía a las aves nocturnas
volar entre las parvas y veía caballos
como relámpagos en la oscuridad.

Y luego despertar, la granja regresaba como un vagabundo
blanco de rocío, con el gallo en su hombro, era todo
brillante, era Adán y su virgen
y el cielo de nuevo se formaba
y el sol creció redondo aquel preciso día.
Así debió haber sido luego de nacer la pura luz
en el primer lugar donde se hiló, caballos hechizados y fogosos
saldrían del verde establo lleno de relinchos
hacia los campos de alabanza.

Y venerado entre zorros y faisanes junto a la casa alegre
bajo las nubes recién hechas y feliz como era interminable el corazón,
en el sol tantas veces nacido
yo corría por mis caminos alocados
mis deseos se desbocaban a través del heno alto como la casa
y nada me importaba, en mi celeste tráfico, pues el tiempo
en su giro melodioso, concede tan pocos cantos así de mañaneros
antes que los muchachos tiernos y dorados
lo sigan hasta perder la gracia.

En esos días blancos como corderos no me importaba que el tiempo me llevara
hasta el desván lleno de golondrinas, tomándome por la sombra de mi mano
en la luna que siempre se levanta,
ni que cabalgando hacia el sueño
llegara a oír su fuga entre los altos campos
y despertara ante la granja borrada para siempre de ese país sin niños.
Oh, mientras fui joven y libre en la gracia de sus poderes
el tiempo me sostenía tierno y moribundo
aunque cantara en mis cadenas, como el mar.

Dylan Thomas (Traducción: Elizabeth Azcona Cranwell)

 

Dios hunde sus dedos
como un niño en la tierra
amasando el barro
en el jardín de nuestra casa
el movimiento de sus manos
agita la llama de la vida
y el calor resplandece por el cielo
moldeando la forma
de las nubes

en la noche del espanto
dios regresa
mi hermano mayor patea
su pelota de cuero azul
que se desliza sobre el pasto
rebotando en el tronco del limonero
el creador le tiende la mano, y juntos
se alejan
pisoteando las plantas, envueltos
en el perfume de las flores

yo aún no existo
pero ya amo a mis padres
que sobre la tierra revuelta
de raíces y tallos partidos flotan
en los surcos del dolor y sé
que cada tanto caerá la lluvia
como una gracia divina
sobre el pozo que dios
jugando un día dejó en el jardín
de nuestra casa

…las victorias regias que flotaban cerca de las orillas, las bandejas verdes y circulares, y al costado de cada una, en la punta de un tallo largo y medio sumergido que evocaba un cordón umbilical, la flor de un blanco rojizo que se había abierto en el atardecer, para relumbrar con un resplandor apagado durante la noche y volver a cerrarse al alba hasta el anochecer del día siguiente, las victorias regias que los indios guaraníes llamaban irupé y que le hicieron pensar a Pichón, a causa de esa flor un poco separada del círculo verde pero dependiente de él, igual que un planeta y su satélite, en esas diosas arcaicas y solitarias que, fecundándose a sí mismas, parían por entre sus miembros vigorosos un dios menor, blanco, espigado y frágil, con el que se elevaban en vuelo nupcial antes de abandonarlo a la mesa del sacrificio para hacerlo despedazar y perpetuar de ese modo su propio culto.

 

Juan José Saer, en La pesquisa

POÉTICA

De manhã escureço
De dia tardo
De tarde anoiteço
De noite ardo.

A oeste a morte
Contra quem vivo
Do sul cativo
O este é meu norte.

Outros que contem
Passo por passo:
Eu morro ontem

Nasço amanhã
Ando onde há espaço:
— Meu tempo é quando.

 

POÉTICA I

Al alba oscurezco
De día tardo
De tarde anochezco
De noche ardo.

A oeste la muerte
Contra quien vivo
Del sur cautivo
El este es mi norte.

Otros que cuenten
Paso por paso:
Yo muero ayer

Nazco mañana
Voy donde hay espacio:
–Mi tiempo es cuando.

 

Nueva York, 1950. En Libro de sonetos, 1991. Traducción de José Ángel Cilleruelo.

Era una mujer con una escoba o una pala de basura o un estropajo o una cuchara de revolver en la mano. Se la veía mientras cortaba un pastel a la mañana, tarareando, o sacando el pastel del horno al mediodía, o metiéndolo al atardecer en la despensa. Movía las tintineantes tazas de porcelana como un campanero suizo. Se deslizaba por los pasillos con la regularidad de una aspiradora eléctrica, buscando, encontrando, y ordenando. Todas las ventanas eran espejos, que recogían el sol. Entraba dos veces, por lo menos, en cualquier jardín, con el rastrillo en la mano, y cuando ella pasaba, las flores alzaban los dedos temblorosos al aire cálido. Dormía serenamente, y no daba más de tres vueltas en la noche, tan abandonada como un guante blanco que una mano pronto daría vuelta al alba. Al despertar tocaba a la gente como si fuesen cuadros, enderezándolos en la pared.

Pero, ¿ahora?

— Abuela -decían todos-. Bisabuela.

Ahora era como si se obtuviese al fin el total de una enorme suma. La bisabuela había rellenado pavos, pollos, pichones, caballeros, y muchachos. Había lavado techos, muros, inválidos, y niños. Había extendido linóleos, reparado bicicletas, curado relojes, atizado hornos, vertido yodo en diez mil lastimaduras. Sus manos habían flotado alrededor, arriba y abajo, apaciguando esto, sosteniendo esto otro, arrojando pelotas, sacudiendo mazos de croquet, sembrando en tierra negra, o cubriendo budines, guisos y niños somnolientos. Había bajado persianas, encendido velas, movido llaves… y envejecido. Treinta billones de cosas empezadas, llevadas adelante, terminadas y concluidas. Y ahora todo se sumaba, se escribía el total, se colocaba el decimal último, el último cero. Y ahora, también, tiza en mano, ella retrocedía alejándose de la vida, en una hora silenciosa, antes de tomar el borrador.

— Veamos ahora -dijo la bisabuela-. Veamos…

Sin ruido ni alboroto, recorrió la casa en un interminable inventario en espiral, y llegó al fin a las escaleras, y sin anunciarlo especialmente subió hasta su cuarto donde se acostó como la huella de un fósil entre las frescas sábanas nevadas, y empezó a morir.

Otra vez las voces:

— ¡Abuela! ¡Bisabuela!

El rumor descendió por el pozo de la escalera, golpeó el piso, se extendió en ondas por los cuartos; salió por ventanas y puertas, y corrió por la calle de olmos hasta la cañada verde.

— Acercaos, ¡aquí!

La familia rodeó la cama.

— Dejadme descansar -murmuró la abuela.

La enfermedad no podía descubrirse con un microscopio; era un cansancio suave, pero creciente. Sentía que el cuerpo de gorrión le pesaba cada vez más; somnoliento, más somnoliento, muy somnoliento.

En cuanto a sus hijos y los hijos de sus hijos… parecía imposible que un acto semejante, tan simple, el más despreocupado, despertara tantas aprensiones.

— Bisabuela, escucha. Lo que haces no es mejor que romper un contrato. Sin ti, esta casa

se derrumbará. ¡Debes darnos por lo menos un año de aviso!

La bisabuela abrió un ojo. Noventa años miraban en calma a sus médicos como un fantasma de polvo, desde la alta ventana de una cúpula, en una casa que se vacía rápidamente.

— ¿Tom?

El chico fue enviado, solo, a la cama susurrante.

— Tom -dijo la anciana débilmente, desde muy lejos-, en los mares del Sur los hombres saben un día que es tiempo de estrechar la mano de los amigos y decir adiós, y embarcarse. Así lo hacen, y es natural, es la hora. Así es hoy. Yo soy muy parecida a ti, cuando te quedas en el cine los sábados, desde la tarde hasta las ocho o las nueve, y hay que enviar a tu padre para que te traiga a casa. Pero Tom, cuando los mismos cowboys empiezan a disparar contra los mismos indios en las mismas montañas, entonces es mejor levantarse y marcharse, sin arrepentirse ni darse vuelta. Así me voy, mientras soy feliz y no me he aburrido.

Douglas fue citado luego.

— Abuela, ¿quién arreglará el techo la primavera próxima?

Todos los meses de abril, desde que había calendarios, uno creía oír un pájaro carpintero en el techo de la casa. Pero no, era la bisabuela que transportada allí de algún modo, cantaba martillando clavos, reemplazando tejas, ¡muy alto en el cielo!

— Douglas, no dejes que nadie arregle las tejas si el trabajo no lo divierte.

— No, abuela.

— Cuando llegue abril, pregunta: ¿Quién quiere arreglar el techo? Y si una cara se ilumina, ésa es la indicada, Douglas. Pues desde ese techo puedes ver el pueblo entero que va hacia el campo, y el campo que va hacia el borde de la tierra, y el río que canta, y el lago matinal, y los pájaros en los árboles debajo de ti, y lo mejor del viento a tu alrededor. Cualquiera de estas cosas basta para que alguien quiera subir al techo algún amanecer de primavera. Es una hora maravillosa, si se le da una oportunidad…

La voz de la anciana bajó hasta ser un suave aleteo. Douglas se echó a llorar. La abuela se incorporó otra vez.

— Vamos, ¿por qué lloras?

— Porque mañana no estarás aquí -dijo Douglas.

La anciana volvió un espejito de mano hacia el niño. Douglas vio su propia cara y la de ella en el espejo, y luego miró otra vez a la bisabuela que decía: -Mañana a la mañana me levantaré a las siete y me lavaré detrás de las orejas. Iré a la iglesia con Charlie Woodman, y a un picnic en el Electric Park. Nadaré, correré descalzo, me caeré de los árboles, masticaré goma de menta… ¡Douglas, qué barbaridad! ¿Te cortas las uñas, no es cierto?

— Sí, abuela.

— Y no lloras cada siete años, cuando tu cuerpo deja las células muertas y añade otras nuevas a los dedos y el corazón. ¿No te importa, no es cierto?

— No, abuela.

— Bueno, piénsalo, muchacho. El hombre que no se corta las uñas es un loco. ¿Has visto alguna serpiente que no quiera abandonar la vieja piel? Todo lo que hay en esta cama es uñas y piel de serpiente. Si respiro con fuerza, me desharé en copos. Lo importante no es el yo que está aquí acostada, sino el yo sentado al borde de la cama, y que me mira, el yo que está abajo preparando la cena, o en el garaje bajo el coche, o en la biblioteca, leyendo. Lo que cuenta son las partes nuevas. Yo no muero realmente. Nadie con una familia muere realmente. Se queda alrededor. Durante mil años a partir de hoy todo un pueblo de mis descendientes morderá manzanas ácidas a la sombra de un gomero. ¡Esa es mi respuesta a las preguntas importantes! Rápido, que vengan los otros.

Al fin desfiló toda la familia, como gente que habla con alguien que espera el tren en la estación.

— Bueno -dijo la abuela-, aquí estoy. No soy humilde, y me gusta veros alrededor de la cama. La semana próxima habrá que hacer algunos trabajos en el jardín, y limpiar los armarios, y comprar algunas ropas para los niños. Y como la parte mía que se llama bisabuela, por conveniencia, no estará aquí, esas otras partes mías llamadas tío Bert y Leo y Tom y Douglas, y todos los otros nombres tendrán que encargarse de eso.

— Sí, abuela.

— No quiero ninguna reunión aquí mañana. No quiero que nadie diga dulzuras de mí. Yo lo he dicho todo a su hora. He probado todos los platos y he bailado todos lo bailes; ahora he aquí una tarta que no he mordido, una canción que no he silbado. Pero no tengo miedo. Soy verdaderamente curiosa. La muerte no meterá ningún mendrugo en mi boca que yo no saboree con cuidado. Así que no os preocupéis. Ahora, marchaos todos, y dejadme dormir…

En alguna parte una puerta se cerró silenciosamente.

— Así es mejor.

Sola, la abuela se tendió cómodamente en la cálida playa de nieve de hilo y lana, de sábanas y mantas, y lo colores de la colcha eran tan brillantes como los banderines de los viejos circos. Acostada allí, se sintió pequeña, secreta como esas mañanas de ochenta raros años atrás cuando, al despertarse, acomodaba los huesos tiernos en la cama.

Hace muchos años, pensó, tuve un sueño y disfrutaba de él realmente cuando alguien me despertó. Ese día nací. ¿Y ahora? Ahora, veamos… Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años… ¿Cómo tomar el hilo de aquel sueño perdido? Extendió una manita. Allí… Si, eso era. Sonrió. Volvió la cabeza sobre la almohada hundiéndose más en la cálida duna de nieve. Así era mejor. Ahora, sí, ahora veía cómo el sueño se formaba poco a poco en la mente, con la serenidad de un mar que se mueve a lo largo de una costa interminable y siempre fresca. Dejó ahora que el viejo sueño la rozara y la levantara de la nieve, y la hiciese flotar sobre la cama ya apenas recordada.

Abajo, pensó, están puliendo la plata y revolviendo el sótano, y barriendo los pasillos. Podía oírlos vivir en toda la casa.

— Está bien -suspiró la bisabuela mientras el sueño la llevaba flotando-. Como todo en esta vida, es lo adecuado.

Y el mar la llevó otra vez a lo largo de la costa.

Hoy volveré a nacer: pido permiso.
Permiso útero, permiso cordón prieto.
Permiso agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.

Con decisión inequívoca y sagrada
determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen.)

Parteros de quien vengo renaciendo,
miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.

Tengo coraje para empezar de nuevo:
fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor… Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.

Lloro de luz, y lloro de belleza
por poder llorar: lloro gozoso.
Bienvenida es vuestra bienvenida.

Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.
Me perdono y perdono a quien me hiriera.
Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.

Pablo Neruda