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Nacer

El pujo

De una hora a la otra, él va cambiando,
perdiendo alguna vieja habilidad.
Con las rodillas dobladas, el cuerpo color hojalata
y el pelo negro y gris engrasado
como para un ritual, de cabeza,
mi padre avanza, hora a hora,
hacia la muerte. Y siento cada centímetro suyo
atravesándome, igual que cada hijo
que bajó lentamente por mi cuerpo,
como si yo fuese Dios y sintiera los ríos
pujar en mí, la presión de la tierra, el universo
mismo acarreado simple y sólidamente,
pasando a través de mi cuerpo como una servilleta
a través de un aro—
como si mi padre pudiera vivir y morir
a salvo dentro de mí.

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Vuelvo a 1937

Los veo en la entrada de la universidad,
veo a mi padre
bajo el arco de piedra ocre
con las tejas rojas brillando como platos
de sangre inclinados detrás de su cabeza, veo
a mi madre con unos pocos libros sobre la cadera
parada contra la columna de ladrillitos,
con el portón de hierro todavía abierto detrás,
las puntas de las espadas bajo el viento de mayo.
Están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son chicos, son tontos, lo único que saben es
que son inocentes, nunca le harían daño a nadie.
Quiero acercarme y decirles paren,
no lo hagan —ella es la mujer equivocada,
él es el hombre equivocado, van a hacer cosas
que ni se imaginan que podrían hacer,
van a hacerles cosas malas a sus hijos,
van a sufrir de un modo del que nunca oyeron hablar,
van a querer morirse. Quiero
acercarme a ellos, ahí bajo esa luz de fin de mayo, y decírselos,
que la cara de ella, linda y hambrienta se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
que la cara de él, apuesta y arrogante, se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
pero no lo hago. Quiero vivir.
Los levanto como los muñecos de papel, macho y hembra, que son
y los froto a la altura de la cadera como astillas de pedernal, como para
sacarles chispas, les digo
hagan lo que estaban por hacer, que yo voy a contarlo.

 

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.
Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.
Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.
Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.
Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora

FERN HILL

Cuando era joven y libre bajo las ramas del manzano
en torno de la casa cantarina, y feliz como verde era el pasto,
la noche sobre la cañada, llena estaba de estrellas,
el tiempo me dejaba dar voces y trepar
dorado hasta el apogeo de sus ojos,
y venerado entre carros, era yo el príncipe de las ciudades de manzanas
y alguna vez con todo señorío, hice que hojas y árboles
se arrastraran con margaritas y cebada
hacia abajo en los ríos alumbrados por las frutas caídas.

Y como era tierno y despreocupado, famoso en los graneros
en torno del patio alegre y cantaba porque la granja era mi hogar,
al sol que es joven apenas una vez,
el tiempo me dejaba jugar
y ser dorado en la gracia de sus poderes,
y tierno y dorado era yo cazador y pastor, los becerros
cantaban a la voz de mi cuerno, en las lomas los zorros ladraban con clara y fría voz
y el domingo sonaba despacio
en los guijarros de los sagrados arroyos.

Todo el trayecto del sol era un deleite, una carrera,
los campos de heno altos como la casa, las tonadas de las chimeneas, era el aire
y un juego lleno de belleza y agua
y el fuego verde como pasto.
Y de noche, bajo estrellas ingenuas
mientras cabalgaba hacia el sueño las lechuzas se robaban la granja
todo el trayecto de la luna, entre establos bendito, oía a las aves nocturnas
volar entre las parvas y veía caballos
como relámpagos en la oscuridad.

Y luego despertar, la granja regresaba como un vagabundo
blanco de rocío, con el gallo en su hombro, era todo
brillante, era Adán y su virgen
y el cielo de nuevo se formaba
y el sol creció redondo aquel preciso día.
Así debió haber sido luego de nacer la pura luz
en el primer lugar donde se hiló, caballos hechizados y fogosos
saldrían del verde establo lleno de relinchos
hacia los campos de alabanza.

Y venerado entre zorros y faisanes junto a la casa alegre
bajo las nubes recién hechas y feliz como era interminable el corazón,
en el sol tantas veces nacido
yo corría por mis caminos alocados
mis deseos se desbocaban a través del heno alto como la casa
y nada me importaba, en mi celeste tráfico, pues el tiempo
en su giro melodioso, concede tan pocos cantos así de mañaneros
antes que los muchachos tiernos y dorados
lo sigan hasta perder la gracia.

En esos días blancos como corderos no me importaba que el tiempo me llevara
hasta el desván lleno de golondrinas, tomándome por la sombra de mi mano
en la luna que siempre se levanta,
ni que cabalgando hacia el sueño
llegara a oír su fuga entre los altos campos
y despertara ante la granja borrada para siempre de ese país sin niños.
Oh, mientras fui joven y libre en la gracia de sus poderes
el tiempo me sostenía tierno y moribundo
aunque cantara en mis cadenas, como el mar.

Dylan Thomas (Traducción: Elizabeth Azcona Cranwell)

 

Dios hunde sus dedos
como un niño en la tierra
amasando el barro
en el jardín de nuestra casa
el movimiento de sus manos
agita la llama de la vida
y el calor resplandece por el cielo
moldeando la forma
de las nubes

en la noche del espanto
dios regresa
mi hermano mayor patea
su pelota de cuero azul
que se desliza sobre el pasto
rebotando en el tronco del limonero
el creador le tiende la mano, y juntos
se alejan
pisoteando las plantas, envueltos
en el perfume de las flores

yo aún no existo
pero ya amo a mis padres
que sobre la tierra revuelta
de raíces y tallos partidos flotan
en los surcos del dolor y sé
que cada tanto caerá la lluvia
como una gracia divina
sobre el pozo que dios
jugando un día dejó en el jardín
de nuestra casa

…las victorias regias que flotaban cerca de las orillas, las bandejas verdes y circulares, y al costado de cada una, en la punta de un tallo largo y medio sumergido que evocaba un cordón umbilical, la flor de un blanco rojizo que se había abierto en el atardecer, para relumbrar con un resplandor apagado durante la noche y volver a cerrarse al alba hasta el anochecer del día siguiente, las victorias regias que los indios guaraníes llamaban irupé y que le hicieron pensar a Pichón, a causa de esa flor un poco separada del círculo verde pero dependiente de él, igual que un planeta y su satélite, en esas diosas arcaicas y solitarias que, fecundándose a sí mismas, parían por entre sus miembros vigorosos un dios menor, blanco, espigado y frágil, con el que se elevaban en vuelo nupcial antes de abandonarlo a la mesa del sacrificio para hacerlo despedazar y perpetuar de ese modo su propio culto.

 

Juan José Saer, en La pesquisa