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Sueños

En mi primer sueño el mundo parecía
lo salado, lo amargo, lo prohibido, lo dulce
En mi segundo sueño descendía,

era humana, no veía nada de nada
bestia como soy

debía tocarlo, contenerlo

me escondí en la arboleda,
trabajé en los campos hasta que quedaron yermos

un tiempo
que nunca volverá-
el trigo seco en gravillas, cajones
de higos y aceitunas

Hasta amé alguna vez, a mi manera
repugnante, humana

y como todo el mundo llamé a ese logro
libertad erótica,
por absurdo que parezca

El trigo cosechado, almacenado; seca
la última fruta: el tiempo
que se acumula, sin usar,
¿también termina?

Recojo una concha en forma de oreja. La acerco a la mía, dicen que se oyen las olas. No me da esa impresión. El efecto es el del eco de una cisterna, repite el murmullo que está dentro de mi oído, el tobogán de sonidos en un laberinto. Con la otra oreja oigo amplificado el enjuague de la ola en la grava. Es el sonido más antiguo del mundo, está aquí desde las edades de la tierra. Ya estaba cuando nadie podía oírlo. Pasaron millones de años antes de que pudiera meterse en un oído. Son pensamientos que ascienden desde los pies descalzos sobre la grava fronteriza entre la tierra y el mar. Si uno duerme cerca, a saber qué sueños tendrá. Dentro de los míos ruedan avalanchas, un rayo incendia un árbol, golpeo con un hacha un tronco que no cede, me enzarzo con un oso que sigue matándome. Debe de estribar en los sueños la diferencia entre quienes viven con los montes y quienes están cerca del mar. ¿Y los de las ciudades atestadas? Decido que se sueñan entre ellos.

Erri De Luca, en La natura expuesta

Dormir en el bosque

Creí que la tierra me recordaba,
me recibió tan tierna, arreglándose
la pollera oscura , con los bolsillos
llenos de semillas y de líquenes. Dormí
como nunca, como una piedra
en el lecho del río, nada
más que mis pensamientos entre el fuego blanco
de las estrellas y yo, y ellos flotaban
livianos como polillas entre las ramas
de los árboles perfectos. Toda la noche
oí respirar los pequeños reinos
a mi alrededor, los insectos, y los pájaros
que hacían su trabajo en la oscuridad. Toda la noche
subí y bajé, como en el agua, forcejeando
con una condena luminosa. A la mañana
me había convertido en algo mejor
por lo menos una docena de veces.

Samarcanda

1

La ciudad azul y blanca
bajo la luna de los mongoles.
Aquí no se mira la luna.
El palacio del emperador inmortal
aparece en la claridad de la tarde.
Estamos parados cerca de las tumbas;
comemos higos con una especie de ansiedad.
Samarcanda tiene un jardín por inventar.
—Ginsberg vio un jardín semejante
entre las piedras negras de México—
Se puede inventar un poema del tamaño del jardín,
comer dátiles y echar los huesecillos
en la tumba del emperador que va a vivir siempre.
Las tumbas no están frías.
En una de ellas cabe la cópula
de un joven y una mujer madura
—pelo blanco y grupa de galera fenicia—
Fuera del palacio los uzbekos venden
semillas de girasol, panalitos, higos.
Desde aquí se levantan el grito de los buitres del profeta
y la torre de Bujara.

Igual que en México, en China
y el Perú,
aquí las voces humanas son huecas
como los caracoles donde el mar se finge mar
en las playas de Cozumel.

2

Uluj-Beg para ver las estrellas
abrió un profundo camino
al centro de la tierra.

3

El muezzin me dijo en su cansancio:
escribirá un poema sobre nuestra ciudad,
dirá que nos conoce al darse cuenta
de que nunca estuvo entre nosotros.
Como respuesta abrí la boca
y devoré un racimo de uvas amarillas.

En la noche soñé que ni el muezzin ni yo
podíamos inventar plegarias nuevas.

4

A las cuatro de la mañana
caminé por el corredor del templo Scha-sinda.
La luna estaba en Dushambé.
Soñé bajo un pedazo de cielo abierto.
La estrella bajó la vista.
Me recorrió el calosfrío claro.

5

Hablar de la ciudad-camino
¿Quién me dice que estuve?

 

Hugo Gutiérrez Vega, en http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/193-091-hugo-gutierrez-vega?start=5

Leído por el autor acá

El álamo negro

Despojado en apariencia
de toda vida
y vivo.

Así lo recuerdo
parado y puro
y desierto
por entero de hojas.

Ese árbol era
un álamo negro
pero nosotros nunca
le dimos un nombre.

Era el árbol.
Era real
y era un sueño
que habíamos tenido.

Todavía frondoso
cantaba al principio del otoño
entre los vientos
con tal belleza
que se quedaba uno
hechizado al paso
y sin saber por qué
también cantaba
de vuelta a la casa
por las noches.

Fue el gran espíritu
de una calle sin historia
en la que crecimos
pequeños y frágiles
derivando en un río
de luz incomprendida.

Oh, cuánto hubiésemos querido
crecer y cantar como ese árbol.
Altos y sin temor
y unidos a la vida
con raíces tan hondas.

Pero nacimos débiles
como ciertos pájaros
y a la hora del crudo invierno
volamos lejos.

A veces sueño
reencarnar
en una hoja de ese árbol.
En mi sueño caigo
dulcemente a sus pies
y allí de nuevo
por un instante
todo es uno.

 

Sonia Scarabelli, extraído de http://lamanzanaenelgusano.blogspot.com.ar/

Vos sabéis, amigo mío, que para los espíritus soñadores, todas las partes de la naturaleza, incluso las más dispares a primera vista, están unidas entre sí por una infinidad de armonías secretas, hilos invisibles de la creación que el contemplador percibe, que hacen del gran todo una inextricable red, que vive una vida única, alimentado por una única savia, uno en la variedad y que son, por decirlo así, las propias raíces del ser. Así, para mí, existe una armonía entre el roble y el granito, que despiertan, uno en el orden vegetal, otro en la región mineral, las mismas ideas que el león y el águila entre los animales: poder, grandeza, fuerza y excelencia. Existe otra armonía, todavía más oculta, pero igual de evidente para mí entre el olmo y la arenisca.

Victor Hugo, Los Pirineos