archivo

Sexualidad

Viracocha, en tanto inteligencia pura, enseñanza y magisterio divino, tenia otra característica muy importante a la cual, en cierta manera, se subordinaba. Consistía ella en que Viracocha era a la vez varón y mujer. No podía el dios evadirse de la ley de la copula. Y es que la copula engendraba el fruto y por tanto creaba la dinámica del mundo. Todo era monótono hasta que el macho poseía a la hembra y luego venia la huahua o niño a modo de fruto.
¿Por qué se unirían los sexos? Seguramente había una ley mas profunda que hacía que el mismo Viracocha fuera una consecuencia de ella. Hay restos de mitos que se
refieren al Abuelo y a la Abuela primeros que seguramente habían engendrado a Viracocha. El mismo yamqui agrego debajo del lucero de la tarde y de la mañana, las
referencias en aimara a esa probable pareja original. De cualquier modo, como Viracocha era considerado como el primero, debía contener a los dos sexos y ser entonces varón y mujer. Lo dicen los himnos: “sea varón sea mujer” (cay cari cachon cay uarmi cachon)

(…)

Por todo ello no tiene ningún reparo en colocar en su esquema el símbolo que se refería al aspecto dinámico de la esencia de Viracocha. Es el que coloca arriba del
altar (fig. 1) en forma de cuatro estrellas, tres de ellas unidas por un trazo vertical, con la leyenda “llamado orcoraca” quiere decir tres estrellas todas iguales”.

Orcoraca significa literalmente macho-vulva y simboliza por lo tanto la autocopulación de Viracocha, o sea que hace referencia directa a la dualidad del mismo, ya
que parece representar evidentemente un lingam in yonil.
Ademas en uno de los himnos que cita el yamqui, se califica a Viracocha de ulca apo o sea señor del ullu (falo) y raca (vulva), según traduce Lafone Quevedo. El yamqui
estaba convencido de que las cosas eran así y por eso agrupa la izquierda del esquema los símbolos masculinos, como el sol, el rayo, etc. y a la derecha los femeninos, como la luna, el invierno, etc. Es natural entonces que las dos zonas laterales del esquema culminen hacia arriba con el signo de la bisexualidad del dios en plena
autofecundación.

 

Representación de la cosmovisión incaica por Juan de Santa Cruz Pachacuti Yamqui Salcamayhua (1613), según una imagen en el Templo del Sol Qurikancha en Pachacutec.

KUSCH, RODOLFO. AMÉRICA PROFUNDA.

http://pdfhumanidades.com/sites/default/files/apuntes/109-Kusch%20Rodolfo%20-%20Obras%20Completas%20-%20Tomo%20II%20%28America%20Profunda%201-129%29.pdf

Si no envejeciéramos, si el tiempo y su paso no estuvieran construidos en el propio código de la vida, la reproducción sería innecesaria y no existiría la sexualidad. Siempre ha estado claro que la sexualidad es un salto de la especie por encima de la muerte; es ésta una de las verdades que preceden a la filosofía.
El amor también intenta saltar sobre la muerte, pero, por definición, su salto no puede ser igual que el salto de la especie porque el ser amado constituye la imagen más definida, más diferenciada que pueda imaginar la mente humana. Cada uno de tus cabellos.
El impulso sexual de reproducirse y llenar el futuro es un impulso contra la corriente del tiempo que fluye sin cesar hacia el pasado. La información genética que garantiza la reproducción actúa contra la disipación. El animal sexual —como el grano de trigo— es una prolongación del pasado hacia el futuro. La escala de ese ámbito, que abarca milenios, y la distancia cubierta por ese breve circuito temporal que es la fertilización son tales que la sexualidad deviene algo impersonal, incluso para las mujeres y los hombres. El mensaje es más importante que el mensajero. La fuerza impersonal de la sexualidad se opone al no menos impersonal paso del tiempo; es su antítesis.
La pugna de estas dos fuerzas contrapuestas no sólo crea, sino también sujeta todas las vidas. El hablar de «sujeción» es otra manera de definir la Existencia. Lo que nos resulta desconcertante en la Existencia es que representa al mismo tiempo la quietud y el movimiento. La quietud de un equilibrio creado por el movimiento de dos fuerzas que se oponen.
La fuerza de la sexualidad será por siempre algo inacabado, incompleto. O, mejor dicho, finaliza, pero sólo para volver a empezar; siempre como si fuera la primera vez.
Por el contrario, el ideal del amor es contenerlo todo. «Ahora comprendo —escribía Camus— lo que ellos llaman gloria: el derecho a amar sin límites». Esta ausencia de límites no es pasiva, pues la totalidad que el amor exige sin descanso es precisamente la totalidad que el tiempo parece fragmentar y esconder. El amor es reconstruir el corazón de esa sujeción que es la existencia.
John Berger, en Y nuestros rostros, vida, breves como fotos

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.

Silvina Ocampo

Entre la lavanda y la alhucema pasa la reina de los valles, entre las margaritas como huevos pálidos, asados, y las celedonias y diademas de miel pasa la reina de la belleza en su carro azul tirado por un caballito del bosque y una mariposa.
Pero, cae la noche y se encienden las grandes estrellas que dan miedo, y a la fuente vienen a buscar agua, los árabes, y a beber, los camellos. Y una joven gacela huye de su madre y roe las flores en torno a la casa y un joven camello se le enamora. Y ella accede a amarlo. Y yo le grito, dándole un nombre de flor o de muchacha:
-Margarita, es pecado!
Y ella vuelve hacia mí, el rostro casi de oro, los altos pétalos de la frente y me dice: -¿Y qué?

¿Acaso fue en un marco de ilusión,
En el profundo espejo del deseo,
O fue divina y simplemente en vida
Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Taciturno a mi lado apareciste
Como un hongo gigante, muerto y vivo,
Brotado en los rincones de las noches
Húmedos de silencio,
Y engrasados de sombra y soledad.

Te inclinabas a mí supremamente,
Como a la copa de cristal de un lago
Sobre el mantel de fuego del desierto;
Te inclinabas a mí, como un enfermo
De la vida a los opios infalibles
Y a las vendas de piedra de la Muerte;
Te inclinabas a mí como el creyente
A la oblea de cielo de la hostia…
—Gota de nieve con sabor de estrellas
Que alimenta los lirios de la Carne,
Chispa de Dios que estrella los espíritus—.
Te inclinabas a mí como el gran sauce
De la Melancolía
A las hondas lagunas del silencio;
Te inclinabas a mí como la torre
De mármol del Orgullo,
Minada por un monstruo de tristeza,
A la hermana solemne de su sombra…
Te inclinabas a mí como si fuera
Mi cuerpo la inicial de tu destino
En la página oscura de mi lecho;
Te inclinabas a mí como al milagro
De una ventana abierta al más allá.

¡Y te inclinabas más que todo eso!

Y era mi mirada una culebra
Apuntada entre zarzas de pestañas,
Al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
Glisando entre los riscos de la sombra
A la estatua de lirios de tu cuerpo!

Tú te inclinabas más y más… y tanto,
Y tanto te inclinaste,
Que mis flores eróticas son dobles,
Y mi estrella es más grande desde entonces.
Toda tu vida se imprimió en mi vida…

Yo esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico; un abrazo
De cuatro brazos que la gloria viste
De fiebre y de milagro, será un vuelo!
Y pueden ser los hechizados brazos
Cuatro raíces de una raza nueva:

Y esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico…
¡Y cuando,
te abrí los ojos como un alma, vi
Que te hacías atrás y te envolvías
En yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!