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Sexualidad

Si no envejeciéramos, si el tiempo y su paso no estuvieran construidos en el propio código de la vida, la reproducción sería innecesaria y no existiría la sexualidad. Siempre ha estado claro que la sexualidad es un salto de la especie por encima de la muerte; es ésta una de las verdades que preceden a la filosofía.
El amor también intenta saltar sobre la muerte, pero, por definición, su salto no puede ser igual que el salto de la especie porque el ser amado constituye la imagen más definida, más diferenciada que pueda imaginar la mente humana. Cada uno de tus cabellos.
El impulso sexual de reproducirse y llenar el futuro es un impulso contra la corriente del tiempo que fluye sin cesar hacia el pasado. La información genética que garantiza la reproducción actúa contra la disipación. El animal sexual —como el grano de trigo— es una prolongación del pasado hacia el futuro. La escala de ese ámbito, que abarca milenios, y la distancia cubierta por ese breve circuito temporal que es la fertilización son tales que la sexualidad deviene algo impersonal, incluso para las mujeres y los hombres. El mensaje es más importante que el mensajero. La fuerza impersonal de la sexualidad se opone al no menos impersonal paso del tiempo; es su antítesis.
La pugna de estas dos fuerzas contrapuestas no sólo crea, sino también sujeta todas las vidas. El hablar de «sujeción» es otra manera de definir la Existencia. Lo que nos resulta desconcertante en la Existencia es que representa al mismo tiempo la quietud y el movimiento. La quietud de un equilibrio creado por el movimiento de dos fuerzas que se oponen.
La fuerza de la sexualidad será por siempre algo inacabado, incompleto. O, mejor dicho, finaliza, pero sólo para volver a empezar; siempre como si fuera la primera vez.
Por el contrario, el ideal del amor es contenerlo todo. «Ahora comprendo —escribía Camus— lo que ellos llaman gloria: el derecho a amar sin límites». Esta ausencia de límites no es pasiva, pues la totalidad que el amor exige sin descanso es precisamente la totalidad que el tiempo parece fragmentar y esconder. El amor es reconstruir el corazón de esa sujeción que es la existencia.
John Berger, en Y nuestros rostros, vida, breves como fotos

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.

Silvina Ocampo

Entre la lavanda y la alhucema pasa la reina de los valles, entre las margaritas como huevos pálidos, asados, y las celedonias y diademas de miel pasa la reina de la belleza en su carro azul tirado por un caballito del bosque y una mariposa.
Pero, cae la noche y se encienden las grandes estrellas que dan miedo, y a la fuente vienen a buscar agua, los árabes, y a beber, los camellos. Y una joven gacela huye de su madre y roe las flores en torno a la casa y un joven camello se le enamora. Y ella accede a amarlo. Y yo le grito, dándole un nombre de flor o de muchacha:
-Margarita, es pecado!
Y ella vuelve hacia mí, el rostro casi de oro, los altos pétalos de la frente y me dice: -¿Y qué?

¿Acaso fue en un marco de ilusión,
En el profundo espejo del deseo,
O fue divina y simplemente en vida
Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Taciturno a mi lado apareciste
Como un hongo gigante, muerto y vivo,
Brotado en los rincones de las noches
Húmedos de silencio,
Y engrasados de sombra y soledad.

Te inclinabas a mí supremamente,
Como a la copa de cristal de un lago
Sobre el mantel de fuego del desierto;
Te inclinabas a mí, como un enfermo
De la vida a los opios infalibles
Y a las vendas de piedra de la Muerte;
Te inclinabas a mí como el creyente
A la oblea de cielo de la hostia…
—Gota de nieve con sabor de estrellas
Que alimenta los lirios de la Carne,
Chispa de Dios que estrella los espíritus—.
Te inclinabas a mí como el gran sauce
De la Melancolía
A las hondas lagunas del silencio;
Te inclinabas a mí como la torre
De mármol del Orgullo,
Minada por un monstruo de tristeza,
A la hermana solemne de su sombra…
Te inclinabas a mí como si fuera
Mi cuerpo la inicial de tu destino
En la página oscura de mi lecho;
Te inclinabas a mí como al milagro
De una ventana abierta al más allá.

¡Y te inclinabas más que todo eso!

Y era mi mirada una culebra
Apuntada entre zarzas de pestañas,
Al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
Glisando entre los riscos de la sombra
A la estatua de lirios de tu cuerpo!

Tú te inclinabas más y más… y tanto,
Y tanto te inclinaste,
Que mis flores eróticas son dobles,
Y mi estrella es más grande desde entonces.
Toda tu vida se imprimió en mi vida…

Yo esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico; un abrazo
De cuatro brazos que la gloria viste
De fiebre y de milagro, será un vuelo!
Y pueden ser los hechizados brazos
Cuatro raíces de una raza nueva:

Y esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico…
¡Y cuando,
te abrí los ojos como un alma, vi
Que te hacías atrás y te envolvías
En yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!

Las mujeres y la lluvia

cuando niñas vamos sueltas por el patio
y el sol nos persigue de a caballo
pero la luna implacable nos va dejando sus mareas
hasta que nos desvela
y esa noche encontramos
un cántaro
en lugar de la cintura

aprendices de machi las mujeres
nacemos así al rocío
listas para mirar los barcos que se pierden
descalzas a la neblina antes de que amanezca
nervaduras de lluvia nuestras manos
levantadas al cielo

te salpicará el amor
parirás sin amarras
y recibirás con ojos arrasados
la visita intermitente de la risa
permanecerá la llovizna en tu vientre
porque no te atreverás a ser la madre
de todos los desamparos
que andan por la calle

caudal desubicado te desarmará
en pájaros que no saben hablar
a borbotones no podrás decir
lo que quisieras
mejor dejarlo que se derrame despacio
decir
permiso tengo lluvia y alejarse
a una altura al mar al cielo
hasta que vuelvan a apretarse los musgos
en las profundidades

yo conozco mujeres que nunca se alejan
le abren la compuerta a sus gorriones
y lloran
enjuagan el trapo mojado lo estrujan
limpian con él la tabla
pican cebollas
igual hacen las camas
barren la casa peinan a los chicos
igual lavan
dónde aprendieron

hay otras que se pasan la vida domesticando
a sus pájaros
porque no quieren que irrumpan sin aviso
y los beba el enemigo
guardan su sangre su ausencia quietos en el fondo
y apuntan con palabras nítidas de cuarzo
que van a dar al blanco

yo a las palabras las pienso
y las rescato del moho que me enturbia
cada vez puedo salvar menos
y las protejo
son la leña prendida de atahualpa
que quisiera entregar a esas mujeres
las derramadas las que atajan sus pájaros

una vez en febrero yo estaba ahí
en el campo
y se llovía todo
parecía la furia de kay kay sobre nosotros
el agua estaba helada
las ancianas prosiguieron el ritual
y tuve que quedarme
hasta cuándo aguantaremos
pará la lluvia dios es demasiada
no la bebe la tierra se atraganta
y somos casi nada
trazos de tiza borrados por el agua

después de unos siglos el sol abrió las nubes
la voz gastada de meridiana epulef
levantó el taill del cauelo
pensé que dios podía ser ese arco iris
o los caballos en fila
moro zaino pangaré tostado bayo
saludando al horizonte despejado

huele tan bien la tierra después del aguacero