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Por Fabián Lebenglik
–¿Cuando empezó a hacer collages?
–Se podría decir que empecé en el collage cuando todavía no sabía que pegar y cortar papeles era algo que también se llamaba collage. Tenía más o menos diez años y no era un chico particularmente afecto a jugar en la calle, así que pasaba muchas horas jugando a algo que yo llamaba “la televisión” y que consistía en armar mi propia grilla de programación inventado las placas de los presuntos programas, cortando y pegando fotos de revistas y letras para los títulos –aunque éstos también eran manuscritos– en unos cuadraditos rectangulares que eran como mis minúsculas pantallas. Haciendo todo esto me abstraía totalmente, desde luego sin ninguna noción artística, en un estado que de algún modo se reproduce, aun con todas las diferencias del caso, cuando ahora, ya adulto y dedicado profesionalmente a la práctica artística, me vuelco al collage. De hecho, fueron muy importantes para mí las grandes muestras de collage que hice tanto en el Centro Cultural de España en Rosario, como en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires: una consecuencia de haber recuperado de repente, y quizá como un recreo de la absorción intensa que me imponía el dibujo, la mística, el concepto y la estética del collage. Aunque lo fundamental en ese caso fueron las experiencias de cruce de imagen y texto que habíamos ensayado con Héctor Libertella y que, además de haberse visto reflejadas en las intervenciones que Héctor me pedía para sus libros, iban a confluir en un proyecto finalmente trunco que se llamaba El bazar del secreto de todas las cosas del mundo. Aquello dio mucho combustible a todo ese trabajo con el collage, también alimentado por otras experiencias de cruce con escritores –los libros que hicimos con Guillermo Saavedra y Daniel Samoilovich, por ejemplo– y que ahora se vuelve a revitalizar en estas experiencias con Ricardo Piglia.
–En el collage hay una mediación y un manejo de la temporalidad muy distintas de las del dibujo y por otra parte hay una ausencia (casi) completa del gesto. ¿Cómo piensa estas tensiones y continuidades entre el collage y dibujo?
–Efectivamente, la temporalidad del collage es rara, dado que por un lado pone en evidencia el tiempo transcurrido como residuo físico, pero ese residuo queda inscripto en el puro presente de la acción material que da origen al trabajo. Las piezas del collage siempre vienen de otro lado, de otro uso, de un otro orden lógico del cual, quebrado o no, se han extraído esos segmentos que ahora forman parte de este nuevo sistema que es cada collage. Eso establece un cambio de paradigma muy fuerte en cuanto al dibujo, porque además el impulso de dibujar siempre empieza de cero, en el sentido de que uno no sabe qué va a dibujar hasta que lo dibuja, en cambio con el collage el grado cero siempre es algo que ya existe visual y físicamente. En cuanto al gesto, desde luego que el collage casi siempre lo excluye como marca gramatical, en el sentido de la presencia de la grafía, de la letra del dibujo, pero a veces el gesto queda registrado en la forma del corte. Es muy diferente rasgar y romper el fragmento de papel o de cartón que cortarlo con cutter o tijera.
–Cuando trabaja con texto, ¿la imagen es un complemento, es ilustrativa?
–Siempre he pensado que la relación de mi trabajo con los textos que eventualmente puedan resultarle próximos es la de contrapunto, contraste y tensión antes que de confluencia, conciliación o ilustración. De hecho, si Ricardo Piglia me hubiera convocado con una hipótesis más ilustrativa, le habría recomendado varios otros artistas. Mas aún, aun en los ejemplos más extraordinarios y categóricos de literatura ilustrada –es decir, cuando la imagen acompaña representativamente el sentido narrativo del texto– siempre me ha parecido que una cosa es el texto y otra cosa es la imagen, más allá de cuánta proximidad mimética haya coyunturalmente entre ambas. En ese sentido, ilustrar es imposible. Por eso, tanto en el caso de este libro/disco, La incertidumbre, como cuando hicimos con Ricardo Fragmentos de un diario, simplemente acerqué a la articulación segmentada de los textos una analogía visual que son estos collages tipo patchwork, de manera más barroca en este último caso, y más simple en el caso de La incertidumbre.
–¿Cuándo y cómo comenzó tu relación con Ricardo Piglia?
–A Piglia lo había leído en los setenta, como todo el mundo; había leído Respiración artificial, y más últimamente seguía con apasionamiento sus textos teóricos y sus clases. Eso, antes de conocerlo personalmente, cosa que sucedió gracias a que él y Jorge Mara, mi galerista, tuvieron la idea de juntar fragmentos de sus Diarios de Princeton con collages míos en el proyecto del libro que mencionaba antes.
–¿Como surgió la idea de La incertidumbre?
–Luis Nacht, un gran músico de Jazz contemporáneo, tuvo la idea de grabar la voz de Ricardo leyendo textos de su libro Prisión perpetua y combinarlos con temas compuestos por él y tocados por su grupo. Nacht conocía Fragmentos de un diario, y cuando el disco estuvo listo pensó que podíamos producir el envase del disco, por decirlo de alguna manera, bajo la forma de un nuevo libro que incluyera los textos que Piglia leía en el disco, amalgamados con collages míos producidos especialmente. A mí me pareció una idea buenísima, además de una nueva ocasión de trabajar con Ricardo, y también una manera indirecta de meterme en algo musical. Trabajamos juntos los tres durante un año y medio, más o menos, en completa sintonía, ajustando y cortando el material para llegar una extensión justa y coherente, hasta que llegamos a tener un boceto terminado cuyo diseño final quedó en manos de Gabriela Di Giuseppe. El objeto final resultó ser bastante peculiar, tanto que no sabíamos qué hacer con él, cómo publicarlo. Ahí apareció Gaby Comte, una suerte de ángel de la guarda bajo la forma de editora artística-ejecutiva. Gaby interesó a la gente del Club del Disco, ellos enseguida se entusiasmaron y nos apoyaron en la producción final. junto con el aporte muy importante del Ministerio de Cultura de la Nación.
–¿Cómo pensó y realizó los 19 collages de La incertidumbre?
–Los collages de La incertidumbre son un poco menos barrocos que aquellos que habitualmente produzco, quizá porque en este caso, y aun sosteniendo la idea de eludir lo ilustrativo, sentí que debía establecer alguna suerte de relación indirecta entre el clima escénico que sobrevuela los textos y la característica de algunas de las imágenes elegidas, más explícitas y denotativas que de costumbre. De hecho, los collages pueden ser vistos autónomamente pero su verdadero sentido lo adquieren en el libro impreso. En la muestra, decidimos exhibir todos los originales de las dobles páginas, así, en crudo, como recién salidos del tablero, incluso con los textos del libro incluidos en una tipografía improvisada, diferente de la precisión tipográfica final, porque era todo lo que yo tenía para exhibir, y porque además era muy revelador dejar ver la cocina, el backstage de la cosa.
–En sus collages hay toda una enciclopedia de la gráfica.
–Es cierto, hay algo de enciclopedismo salvaje, arbitrario, una evidencia de la manía por acumular material impreso de las más diversas fuentes, épocas, estilos e iconografías, que es como revelar cómo se articula un gusto determinado, y la conformación de determinado imaginario. Nada demasiado diferente de la lógica constructiva histórica del collage –como vos decís– que siempre ha sido una suma o superposición heterogénea de residuos semánticos caídos del mundo… Esta experiencia tripartita me hizo pensar que la colaboración entre artistas es una linda variante de lo multidisciplinario.

Podría decir que la poesía es una sensación, como vivir: la sensación de nuestras relaciones con el mundo, con los seres con las cosas más humildes y más grandes, un estado de exaltación plena. Para mí, no se trata de un mero juego verba sino de una experiencia existencial intensa. Creo que sin poesía no hay verdadero contacto con el mundo real, que no podemos vivir sin ella. Si se trata de “definir” la poesía, podría decir que es como una boda entre la palabra y el silencio, o también, una escultura del silencio.

(…) “vivre en poésie” significa para mí tratar de prolongar lo real, de expandirlo, no a través de lo fantástico, lo maravilloso, o con sus imágenes paradisíacas, sino intentando vivir lo concreto en su verdadera dimensión, vivir lo cotidiano en lo que quizás puede llamarse “epopeya de lo real”. En otras palabras, encontrar en la vida, en cada vida individual, un sentido auténtico una continuidad, una exaltación. Vivir cada suceso diario dentro de las coordenadas de la eternidad, es para mí la poesía.

Creo que el poeta debe ayudar a los demás a vivir lo sagrado en la vida cotidiana y puesto que la poesía y lo sagrado se unen, el poeta debe dar a la sociedad esta fundación en lo sagrado.

 

Eugene Guillevic, en Del reino, Monte Ávila editores, entrevista publicada al final del libro (p. 182)

Lo que me emociona a mí es algo muy sensual, es la música de las frases. Para mí, lo que está dicho, está dicho en la música, no en el concepto. Eso es lo que yo quiero hacer, que las frases vayan envolviendo un poco lo esencial para dejarlo caer en el momento justo. (…) es así como se puede desanudar la rutina del lenguaje. Sería bueno que los escritores sirvamos aunque sea sólo para eso: para que la técnica y el útil más íntimamente ligado a nosotros mismos, el más utilizado y el más difícil de utilizar, esté siempre afinado y filoso para cuando haya que decir algo esencial.

En entrevista por Hinde Pomeraniec, en http://elbroli.free.fr/escritores/saer/entrevista.html

Curiosamente, con motivo de mi cumpleaños, alguien me regaló un libro sobre la cábala. Pensé que no iba a poder con ese libro, pero lo empecé a hojear y encontré ahí una cosa muy bella. Lo he estado comentando con mi hija, pero no acabamos de entenderlo o no sabemos cuál es el sentido. El libro es de Esther Cohen y dice que en el hebreo la imagen y la lengua van juntas, son paralelas. Pone un ejemplo que es maravilloso: si uno asusta a la culebra diciéndoleen hebreo, por decir algo —no recuerdo—la palabra ush ush, la culebra se va, pero si uno escribe ush ush en hebreo y se le presentan las letras a la culebra, también se va.

Yo le decía a mi hija: “lo que pasa es que tú puedes correr en zapoteco a la culebra, pero no vas a poder hacer nunca que lea porque son letras latinas, no corresponden a nuestra lengua esos símbolos escritos”

Francisco Toledo, en entrevista con José Gordon

También hay un cortometraje interesante donde se retoma este fragmento, acá

Una «huella soñada» es un camino invisible que los antepasados de los aborígenes recorrían en el comienzo de los tiempos. Por medio del canto, estos antepasados iban dando nombre a todo lo que veían durante su peregrinaje, y de esta forma fueron creando al mundo. Hoy, los aborígenes pueden seguir estas «huellas soñadas» por toda Australia, y las conocen a través del aprendizaje de los cantos. Ellos saben perfectamente cómo se ve el otro extremo del continente sin haber estado nunca allí. Los cantos funcionan como una especie de mapa de la memoria. Dado que las «huellas soñadas» son consideradas sagradas, han sido causa de innumerables conflictos políticos. Los colones no pueden entender cómo las «huellas soñadas» cruzan las grandes ciudades, y que construcciones como el Teatro de la Ópera de Sidney están erigidos sobre territorio sagrado. Por supuesto, tampoco se esfuerzan demasiado por tratar de comprender las creencias de aquéllos a quienes, en definitiva, les han robado todo, menos los cantos y los sueños.

 

Bruce Chatwin, en entrevista de 1988 publicada en Quimera, nº 83, Buenos Aires, 2005