así es como el amor se abre al amor (Anne Michaels)

Podía oler en sus cabellos el humo de la madera quemada. Y ella, en la lana del jersey, podía oler el cuerpo de él, el aceite de la lámpara, y tierra. La luz de la linterna, el fuego, el río, la cama fría, la mano pequeña, fuerte y quieta de Jean bajo su jersey. Apropiarse de la visión de ella. Aprender y nombrar y guardar todo lo que ve en su rostro mientras él, también, se convierte en parte de su expresión, una forma de escuchar que pronto incluirá el conocimiento que ella tenga de él. Aprenderse cada matiz a medida que éstos revelen un nuevo pasado, así como todo lo que ahora podría ser posible. Conocer en su piel las inconsistencias de la edad: sus manos y muñecas y orejas de niña, sus brazos y piernas suaves y firmes de mujer joven; cada parte anatómica de nosotros parece adquirir una madurez distinta y, durante mucho tiempo, permanece así. ¿Cómo es posible que el cuerpo envejezca con tanta inconsistencia? Al mirarla sentada al otro lado de la mesa, o mirándola ahora, con su cara junto a la de ella, con sus brazos y piernas en paralelo, cómo cede su rostro al escucharle, dando paso a otro rostro y a otro, siempre un abrirse nuevo, una apertura latente; así es como el amor se abre al amor, como el más mínimo cambio de la luz o del aire sobre la superficie del agua. Tumbado a su lado, imaginó que incluso sus propios pensamientos podrían alterar la cara de ella.

Anne Michaels, en La cripta de invierno

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