Conversación de salón (Jean Tardieu)

MADAME: ¡Querida, querida felpita! ¡Pero cuántos agujeros, cuántas galletas hace que no tenía el plantel de azucararla!
MADAME DE PERLAMININA (muy afectada): ¡Ay, querida! ¡Yo misma estaba muy, muy vidriosa! Mis tres cangrejos más chicos tuvieron la limonada, uno tras otro. Durante todo el comienzo del corsario no hice más que anidar molinos, correr a lo del ludión o el taburete, pasé pozos vigilando su carburo y dándoles pinzas y monzones. En resumen, no tuve ni un minino para mí.
MADAME: ¡Pobre querida! ¡Y yo que no me rascaba de nada!
MADAME DE PERLAMININA: ¡Mucho mejor! ¡Me aligero! ¡Bien merece usted untar, después de las gomas que ha quemado! ¡Empuje pues: desde el bofe de sapo hasta mediados de bollo no se la ha visto ni en el «Waterproof» ni bajo las alpacas del bosque de Migraña! ¡Debía de estar usted verdaderamente enjuagada!
MADAME (suspirando): ¡Es cierto! ¡Ah… qué cereza! No puedo descordarla sin subir.
MADAME DE PERLAMININA (en tono confidencial): Entonces, ¿todavía nada de garrapiñadas?
MADAME: Ninguna.
MADAME DE PERLAMININA: ¿Ni siquiera un grano de garlopín?
MADAME: ¡Ni uno! ¡Jamás se dignó a repicarme, desde el oleaje en que me rayó!
MADAME DE PERLAMININA: ¡Qué inflador! ¡Pero habría que rascarle las brasas!
MADAME: Es lo que hice. Le rasqué cuatro o cinco, quizá seis en unos pocos bofes, y nunca se deshollinó.
MADAME DE PERLAMININA: ¡Pobre querida tisanita! (Soñadora y tentadora). ¡Si yo fuese usted, me buscaría otro farolito!
MADAME: ¡Imposible! ¡Se ve que usted no lo comparece! Ejerce sobre mí un terrible pañuelo. Soy su mosca, su mitón, su rasqueta; él es mi junquillo, mi flautín. Sin él no puedo ni arrinconar ni gañir. ¡Nunca lo rizaría! (Cambiando de tono). Pero estoy removiendo, ¿flotará usted algo, una ampolla de zulú, dos dedos de bingo?
MADAME DE PERLAMININA: Gracias, con gran licor.
MADAME (hace sonar una y otra vez la campanilla, en vano. Se levanta y llama): ¡Irma! ¡Irma, a ver! ¡Oh, esta macana! Es curva como un tronco… Perdóneme, tengo que ir al tintero a disfrazar esta pantufla. Vulnero en un minino.

 

Jean Tardieu, citado por Michel Foucault en La gran extranjera

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