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Viaje

En tiempos antiguos, cuando todo era uno, no había distancia. Por eso nadie viajaba sino dentro de sí. Tampoco había tiempo y nada transcurría. Pero una vez, un rayo cayó sobre una piedra y la partió, y un pedazo rodó cuesta abajo. Sucedió que las piedras se miraron, y se reconocieron. Dijeron: “estamos lejos”, y se pusieron a caminar. Y cuando se encontraron decidieron seguir viajando. Cada uno esconde lo que ama. Lo que es precioso. Así, la tierra guarda 5 en socavones sus riquezas. Los hombres buscan lo que la tierra oculta porque reciben poco de lo que ella ofrece bajo el sol, y se rebelan a su miseria. Cavan túneles agradecidos y temerosos, para que la tierra no se enoje y los sepulte con ella.
César Brie, en Las abarcas del tiempo

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Las ensoñaciones del paseante solitario

Concebido entonces el proyecto de describir el estado habitual de mi alma en la más extraña situación en la que jamás pudo encontrarse un mortal, no vi ninguna manera más simple y más segura de ejecutar la empresa que llevar un registro fiel de mis paseos solitarios y de las ensoñaciones que los llenan cuando dejo mi cabeza enteramente libre, y a mis ideas seguir su pendiente sin resistencia ni miramientos. Esas horas de soledad y de meditación son las únicas del día en que soy plenamente yo y mío, sin distracción, sin obstáculo, y en que puedo verdaderamente decir que soy lo que la naturaleza quiso.

Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos. Marco entra en una ciudad: ve a alguien que vive en una plaza una vida o un instante que podrían ser suyos; en el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese detenido en el tiempo tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes, en una encrucijada, en vez de tomar por un camino hubiese tomado por el opuesto y al cabo de una larga vuelta hubiera ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero o hipotético, el queda excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizás había sido un posible futuro y ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas.
-¿Viajas para revivir tu pasado? -era en ese momento la pregunta del Kan, que podía también formularse así: ¿Viajas para encontrar tu futuro? Y la respuesta de Marco:
-El otro lado es un espejo en negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá.

El pasajero

Estoy en la plataforma de un tranvía y me siento totalmente inseguro con respecto a la posición que ocupo en este mundo, en esta ciudad, en el seno de mi familia. Sería incapaz de decir, ni siquiera vagamente, qué reivindicaciones tendría derecho a invocar en un sentido u otro. No puedo justificar el hecho de estar en esta plataforma asido a este manillar, de dejarme llevar por este tranvía, de que la gente lo esquive, o camine tranquilamente, o se detenga frente a las vidrieras. Cierto es que nadie me lo exige, pero eso no importa.

El tranvía se acerca a una parada; una muchacha se instala junto a la escalera, lista para bajar. Se me muestra tan nítida como si la hubiera palpado. Va vestida de negro, los pliegues de su pollera casi no se mueven, la blusa es ceñida y lleva un cuello de encaje blanco y punto pequeño; mantiene la mano izquierda pegada a la pared del tranvía, en su derecha un paraguas descansa sobre el segundo peldaño contando desde arriba. Su cara es morena, la nariz, levemente achatada a los costados, es ancha y redonda en la punta. Tiene el pelo castaño, abundante, y en su sien derecha se agitan unos cuantos pelitos. Su pequeña oreja está muy pegada a la cabeza, pero como estoy cerca, veo toda la parte posterior del pabellón derecho y la sombra en la raíz.

Y entonces me pregunto: ¿cómo es que no se asombra de sí misma, y mantiene la boca cerrada sin decir nada parecido?

El caminante es un hombre o una mujer del pasaje, del intervalo, va de un lugar a otro, a la vez afuera y adentro, ajeno y familiar. No toma los caminos comunes por donde pasan los autos sino los atajos, los senderos, los lugares destinados a la gratuidad, aquellos que no están legitimados por ninguna funcionalidad. Nada de lo que es humano le es ajeno.
Como cualquier hombre, el caminante no se basta a sí mismo, busca en los senderos lo que le falta, pero lo que le falta es lo que constituye su fervor. A cada instante espera encontrar lo que alimenta su búsqueda. Siempre tenemos la sensación de que al final del camino algo nos espera, algo que a nosotros estaba destinado. Una revelación está no lejos de aquí, a algunas horas de marcha, más allá de las colinas o del bosque. Y la vaguedad del paisaje sigue alimentando la convicción de que es inminente la manifestación de un secreto. Tomamos ciertas rutas en el deseo de que profundicen en la memoria una inscripción luminosa. Todo camino está primero sepultado en sí mismo antes de que se reproduzca bajo los pasos, conduce a sí mismo antes de llevar a un destino particular. Y en ocasiones abre por fin la puerta estrecha que desemboca en la transformación feliz de uno mismo.

En Caminar: elogios de los caminos y de la lentitud, David Le Breton.

Nunca he visto una mariposa que vuele llevando carga en la espalda o colgándose la carga como un helicóptero. La mariposa tiene tan sólo un cuerpo liviano. El cuerpo es toda su fortuna. No tiene pertenencias. Ligera, sin poseer nada, anda volando. Las flores son sus tabernas. Las hojas son moradas que las protejen de las lluvias. Su vida es una danza que se despliega en lo alto. La culminación de la danza es su muerte. Al morir envejecida no tiene nada que desear. No tiene nada que desear y por eso es libre, incluso al morir.

Elogio del caminar

Una caminata se inscribe en los músculos, la piel, es física y remite a la condición corporal que es la de lo humano. Manera de recuperar la infancia en el júbilo del esfuerzo, de la tenacidad, del juego. Como un niño que juega y desaparece en su acción, el caminante se disuelve en su avance y recupera sensaciones, emociones elementales que el sedentarismo de nuestras sociedades ha vuelto escasas.

Lo que es importante en la caminata no es su punto de llegada sino lo que en ella se juega en todo momento, las sensaciones, los encuentros, la interioridad, la disponibilidad, el placer de vagabundear… muy simplemente existir, y sentirlo. Ella se encuentra lo más lejos posible de los imperativos contemporáneos donde toda actividad debe ser provechosa, rentable. La caminata es inútil, como todas las actividades esenciales. Superflua y gratuita, no conduce a nada de no ser a sí mismo tras innumerables desvíos. Nunca está subordinada a uno objetivo sino a una intención, la de recuperar su aliento, un poco de ligereza, unas ganas de salir de su casa. El destino no es más que un pretexto, ir más más allá que a otra parte, pero la próxima vez será a otra parte más que allá. En este sentido, la caminata es la irrupción del juego en la vida cotidiana, una actividad consagrada solamente a pasar algunas horas de paz antes de volver a casa con una provisión de imágenes, de sonidos, de sabores, de encuentros…

Caminar es un largo viaje a cielo abierto y al aire libre del mundo en la disponibilidad de lo que viene.

(Fragmentos extraídos de CAMINAR: ELOGIO DE LOS CAMINOS Y DE LA LENTITUD, de David Le Breton. Traducción: Víctor Goldstein. Waldhuter editores)