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Oficio

“Cada individuo es único como creador y como observador en el campo estético, justamente como cada persona es única en otros campos del esfuerzo humano. (…) Como la vida revela, la singularidad se extiende, porque la acumulativa experiencia modela lentamente a cada uno de nosotros –sin duda, dos historias de vida no son iguales-.(…) la singularidad puede estar mas en las relaciones entre los elementos que en los mismos elementos. Es análoga a la unicidad de cada rostro humano: cada rasgo puede encontrarse idéntico en otro rostro, pero no la configuración total de todos ellos”

Jacques Maquet, La experiencia estética. Parte 3.

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Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.

Mi “literatura” comenzó el día que nací, o a los cuatro años, cuando ambulaba por el ahora mítico jardín y de pronto, quedé en otra dimensión. Tal vez una mañana amanecí así. Con dos alas largas en rosa incendiado. Quiero decir que sin dolor ni alegría, sino con total naturalidad, acusé el cambio. Alicia se fue a la subtierra o al espejo, pero regresó. A mí me fue imposible. Soy una “visitada”. El panorama que se abrió con ‘Poemas’ -y que se llama y se llamará ‘Papeles salvajes’ a medida que lo vaya aumentando y uniendo- bien pudo nominarse ‘Las visitaciones’, ‘El libro de las visitaciones’.
No busqué nada, entonces. No me propuse nada. No me propongo nada. Es un designio. Vengo del Primer Motor Inmóvil y mi paso por el tiempo es para escribir, murmurar, otra vez, la creación.
Junto a la mujer normal, seria, quieta, nerviosa, que se ve, hay un hada ejecutando otra labor con un hilo de oro.
Un alguien escondido me ordena cazar mariposas, pero a la vez, simultáneamente, las pone en mi mano.
Sí, quedé como un testigo del cortejo y de las cosas. Aparentando actuar, sólo protagonicé y protagonizo asustada y encantada mi acontecimiento interior. Finjo en nombre de la luz.

 

 

(Fragmentos extraídos de “NO DEVELARÁS EL MISTERIO: Entrevistas 1973 – 2004”. Compilación de Nidia di Giorgio. Selección de Edgardo Russo. Edición y prólogo de Osvaldo Aguirre. el cuenco de plata)

40

Desbautizar el mundo,
sacrificar el nombre de las cosas
para ganar su presencia.

El mundo es un llamado desnudo,
una voz y no un nombre,
una voz con su propio eco a cuestas.

Y la palabra del hombre es una parte de esa voz,
no una señal con el dedo,
ni un rótulo de archivo,
ni un perfil de diccionario,
ni una cédula de identidad sonora,
ni un banderín indicativo
de la topografía del abismo.

El oficio de la palabra,
más allá de la pequeña miseria
y la pequeña ternura de designar esto o aquello,
es un acto de amor: crear presencia.

El oficio de la palabra
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre.

La palabra: ese cuerpo hacia todo.
La palabra: esos ojos abiertos.