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Enigma

El juramento del cautivo

El Genio dijo al pescador que lo había sacado de la botella de cobre amarillo:
-Soy uno de los genios heréticos y me rebelé contra Salomón, hijo de David (¡que sobre los dos haya paz!). Fui derrotado; Salomón, hijo de David, me ordenó que abrazara la fe de Dios y que obedeciera sus órdenes. Rehusé; el Rey me encerró en ese recipiente de cobre y estampó en la tapa el Nombre Muy Alto, y ordenó a los genios sumisos que me arrojaran en el centro del mar. Dije en mi corazón: a quien me dé la libertad, lo enriqueceré para siempre. Pero un siglo entero pasó, y nadie me dio la libertad. Entonces dije en mi corazón: a quien me dé la libertad, le revelaré todas las artes mágicas de la tierra. Pero cuatrocientos años pasaron y yo seguía en el fondo del mar. Dije entonces: a quien me dé la libertad, yo le otorgaré tres deseos. Pero novecientos años pasaron. Entonces, desesperado, juré por el Nombre Muy Alto: a quién me dé la libertad, yo lo mataré. Prepárate a morir, oh mi salvador.

En La noche tercera.

(Texto extraído de la recopilación de JORGE LUIS BORGES Y ADOLFO BIOY CASARES. Editorial LOSADA)

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Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

“Los marineros son, de alguna manera, sedentarios. Su espíritu queda en casa, y puede afirmarse que llevan con ellos su hogar, el barco. Su país es el mar. Un barco es similar a otro; el mar es igual a sí mismo. En lo inmutable de lo que los rodea -las costas de otros países, las casas diferentes-, la oscilante inmensidad de la vida se desliza sin notarse, oculta por la sensación de misterio, por la ignorancia desdeñosa. Para el marino nada es misterioso, salvo el mar, su amante, un arcano como el destino. El resto, después de trabajar, un posible paseo, una borrachera en tierra de tanto en tanto, es suficiente para contarle todos los secretos de un continente y, por lo general, decide que ninguno vale la pena ser conocido. Ese es el motivo por el cual los relatos de marineros son muy sencillos. Su significado cabe en una cáscara de nuez.”

 

 

En El corazón de las Tinieblas.

El regalo de Ramana Maharshi al mundo no fue que realizara el Ser. Muchas personas han tenido una profunda realización del Ser. El verdadero regalo de Ramana fue que él encarnara esa realización tan plenamente. Una cosa es realizar el Ser; pero es algo completamente distinto encarnar esa realización hasta el punto de que no exista una brecha entre la revelación interior y su expresión externa. Muchos han vislumbrado la realización de la Unidad; pero pocos expresan consistentemente esa realización a través de su humanidad. Una cosa es tocar una llama y saber que está caliente, y otra muy distinta es lanzarse a esa llama y ser consumido por ella.

Adyashanti sobre Ramana Maharshi.

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Estábamos sentados sobre el césped, bajo el frondoso tejo. Yo debía tener once o doce años. Era verano. Estábamos en mangas de camisa. Mi padre había dicho que aquélla mañana un hombre había venido a verlo desde muy lejos.
“¿Vino de América, Baba?”
“No, de más lejos.”
“¿Desde Canadá?”
“No, no desde Canadá. Realmente no importa de dónde vino, Tahir Jan. Lo que importa es que quería que lo ayudase, pero no pude.”
“¿Por qué no?”
“Porque él no estaba listo.” Mi padre se recostó sobre el pasto.
“En cierta manera, Occidente es como un niño sosteniendo una enciclopedia”, dijo. “Tiene un potencial extraordinario en sus manos, una enorme energía y la chance de aprender de mil generaciones que lo antecedieron. Pero no puede realmente beneficiarse de la sabiduría que sostiene hasta que haya aprendido a leer.”
“¿Estará listo alguna vez el hombre que vino a verte?”
“Eso espero.”
“¿Le hablaste, Baba?”
“Un poquito. Pero ni siquiera está listo para eso.”
“¿Entonces qué hiciste?”
“Le di un cuento, Tahir Jan,” dijo. “Y le dije que estudiara el cuento una y otra vez hasta que no lo entendiera más.”
“¿Baba?”
“¿Sí, Tahir Jan?”
“Me contarás el cuento que le contaste al hombre que vino hoy?”
Mi padre volvió a sentarse, sus piernas cruzadas. Inclinó su cabeza hacia atrás por un momento, y dijo: “Érase una vez un rey persa. Pasaba todo su tiempo comiendo cosas deliciosas. Con el transcurrir de los años, se volvía cada vez más y más gordo, hasta que apenas podía estar de pie; estaba forzado a rodar sobre almohadones. Nadie se atrevía a decir nada, hasta que, una mañana, el rey se quejó de mala circulación en sus piernas; la sangre se había retirado, dejándolas azules.
“Un doctor tras otro fue llamado a la corte. Pero cuantos más doctores veía, más el monarca comía. Y cuanto más comía, más gordo se volvía.
“Un día, un doctor muy sabio llegó al reino. Fue inmediatamente llevado ante el rey donde se le explicó la condición real. El doctor dijo, ‘Su Majestad, puedo reducir su peso en cuarenta días y luego salvar sus piernas. Si no lo logro, entonces podrá ejecutarme.’ ‘¿Qué medicinas especiales requiere?’ preguntó el rey. El doctor extendió su mano. ‘Nada, Su Majestad. No necesito nada en absoluto.’
“El rey sospechó que el médico lo tomaría por tonto. Preguntó a su gran visir qué hacer. ‘Enciérrelo durante cuarenta días’, dijo el asesor. ‘Luego, lo decapitaremos.’
“Un par de guardias reales dieron un paso adelante para arrastrar al doctor rumbo al calabozo. Antes de ser llevado, el rey le preguntó si había algo que deseaba decir. ‘Sí lo hay, Su Majestad.’ ‘¡Habla!’ gritó el rey. ‘Tengo que decirle que he visto el futuro, Su Magnificencia. Y he visto que usted caerá muerto dentro de exactamente cuarenta días. Y tenga por seguro que no hay nada que usted pueda hacer para impedirlo.’
“El doctor fue encerrado en la celda más oscura y húmeda. Los días comenzaron a transcurrir; mientras tanto, el rey se deshizo de sus almohadones y caminaba inquietamente de aquí para allá. Se preocupó y preocupó, y preocupó y preocupó, hasta que ninguno de sus cortesanos podía reconocerlo. Perdió su apetito, no se lavaba y, debido a la inquietud, apenas podía dormir.
“En la mañana del cuadragésimo día, el doctor fue sacado a rastras de su calabozo; lo llevaron ante el rey y le ordenaron que se explicara.
“’Su Majestad’, dijo con voz calma, ‘hace cuarenta días estaba en peligro de morir debido a su obesidad. Yo podía ver su condición, pero supe que una explicación no supondría una cura; y así fue que logré que soportara cuarenta días de angustia. Ahora que su peso ha sido reducido drásticamente, podemos administrar las medicinas que restablecerán su circulación y curarán su enfermedad.’”

En Noches Árabes