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Conjuro

Soy mujer mi mujer.

Soy niña mi niña.

 

Soy mujer la mujer

Soy niña la niña.

Yo sé trabajar.

Soy niña mi niña.

Mis pies trabajan.

Mis manos saben.

Soy mujer mi mujer.

Me hiciste mujer.

Me regalaste mujer.

Mujer de las Flores.

Madre de Cielo.

 

Mujer de las Rosas.
Niña de las Rosas.

 

Florida Mujer de las Rosas

Niña de las Rosas en Flor.

 

Me diste niña

Me labraste niña.

 

Me sacaste niña.
Me sacaste mujer.

Me metiste una mujer adentro.

 

Mujer del Huipil de Seda.

Niña del Huipil de Seda.

 

Mujer del Huipil de Lana.

Niña del Huipil de Lana.

 

Soy niña mi niña.

Soy mujer mi mujer.

 

Me diste mi ánima.

Me regalaste mi muerte.

Me metiste mi alma adentro.

Soy la mujer del Huipil Araña.

Soy la niña del Huipil Araña.

Mujer de la Flor de Bromelia.

Mujer de la Flor de Konkon.

La luna está llena.

La mujer está en flor.

Mi niña mi niña.

Mi mujer la mujer.

Dame mi cabeza,

mete en mi corazón

tus tres agujas,

tus tres telares, tus jícaras,

las puntas de tus husos.

Soy niña mi niña.

Soy mujer mi mujer.

 

Loxa Jiménes Lópes, en Conjuros y ebriedades, del Taller Leñateros

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Äjte’ te’ dzundy
mokaya’
mojk’jäyä
Kedgä’kätpatzi jojmorambä äj’ nwirun’jindam
ngobigbatzi äj’ dzokoyjin tumdumäbä tämbu
jindire’ suñ’gomujsibätzi yä’ Nasakobajk
Nä’ tzambatzi te’ kotzojk’ komi
ojnayajpatzi jach’tanä’ram
Dzemiajpatzi te’ joyjoyeram’
äj’ ore’ maka yayi’angas
mumu’is yajk mujsä juche nkätu äj’ iri yä’ Nasakobajkäjsi

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Soy el sembrador
protector de esta tierra
la flor del maíz
Observo con mis ojos antiguos
elijo con el corazón cada semilla
no es en balde mi conocimiento del mundo
Converso con el dueño del cerro
riño con las plantas malignas
Soy el provocador de los seres invisibles
mi voz se escucha hasta los confines de las montañas
porque nadie podrá negra mi paso por el universo

 

Mikeas Sánchez, en Mojk´jäyä / Mokaya, Editorial Pluralia

Fuego purificador

(José Luis Ayala – aymara – Perú)

 

Viento de la puna / esparce por el mundo

las cenizas / nuestra tristeza y soledad.

Recoge las partículas del recado

y los trozos de amargura que no ardieron.

Lleva residuos de coca / penas / presagios

y desencantos de mi comunidad.

Culebra de la montaña / entierra la pobreza

neutraliza el hechizo que nos han hecho

y borra el daño que nos envenena.

Búho de la quebrada / lleva paveas a tu cueva

rana de lodazales / toma los escombros

águila que pasa chillando / arrastra los despojos.

Puma de los cerros / destruye las favilas

lluvia de la madrugada / apaga las brasas

granizo del atardecer /destruye las maldades

helada del amanecer / arrasa la miseria.

Hediondilla y hierba luisa / curen mis heridas.

 

Q’UMANCHIRI NINA

(José Luis Ayala – aymara – Perú)

Suni pampa thaya / aka pachana willitattayma

qhilla llakinakasa / sapänakasa / sarnaqäwinakasa.

Ch’imi iwxatanaka apthapma

ukatxa jani nakhkäna uka jisk’a thuthüwinaka apthapma.

Kuka jilt’anaka apma / llakinaka / arjäwinaka apma

ukatxa ayllujana jani suma musphaña sarnaqäwinakapa apma.

Jach’a qullana asirupa / wajcha q’uyanä imantma

jiwasaru ñanqha luqtasïwinaka t’unarpayma

ukatsa jiwasaru ñanqha winit’iri pichanukma.

Q’awankiri juku / siwayunaka putumaru apasma

juqhu siniyankiri k’ayra / t’unanaka katxarma.

Ch’isiqisisa jalakipiri paka / aparatanaka qatatma

Qullanakakiri titi / siwayunaka t’unjma.

Arumanthi jallunaka / nina sansanaka jiwayma.

Jaip’ja cchijcchinaka / ñanqhanaka t’unjma.

Qhantati juyphi / khuyaña jakäwiru atipjma.

Q’illu panqarani alimpi lawraymanampi / chhuxrinakaja qullt’apxita.

 

En: Huenun, Jaime. Antología de poesía indígena latinoamericana. Los cantos ocultos. LOM Ediciones. Chile, 2008.

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
 

 
En POESÍA COMPLETA. Adriana Hidalgo editora

Mi “literatura” comenzó el día que nací, o a los cuatro años, cuando ambulaba por el ahora mítico jardín y de pronto, quedé en otra dimensión. Tal vez una mañana amanecí así. Con dos alas largas en rosa incendiado. Quiero decir que sin dolor ni alegría, sino con total naturalidad, acusé el cambio. Alicia se fue a la subtierra o al espejo, pero regresó. A mí me fue imposible. Soy una “visitada”. El panorama que se abrió con ‘Poemas’ -y que se llama y se llamará ‘Papeles salvajes’ a medida que lo vaya aumentando y uniendo- bien pudo nominarse ‘Las visitaciones’, ‘El libro de las visitaciones’.
No busqué nada, entonces. No me propuse nada. No me propongo nada. Es un designio. Vengo del Primer Motor Inmóvil y mi paso por el tiempo es para escribir, murmurar, otra vez, la creación.
Junto a la mujer normal, seria, quieta, nerviosa, que se ve, hay un hada ejecutando otra labor con un hilo de oro.
Un alguien escondido me ordena cazar mariposas, pero a la vez, simultáneamente, las pone en mi mano.
Sí, quedé como un testigo del cortejo y de las cosas. Aparentando actuar, sólo protagonicé y protagonizo asustada y encantada mi acontecimiento interior. Finjo en nombre de la luz.

 

 

(Fragmentos extraídos de “NO DEVELARÁS EL MISTERIO: Entrevistas 1973 – 2004”. Compilación de Nidia di Giorgio. Selección de Edgardo Russo. Edición y prólogo de Osvaldo Aguirre. el cuenco de plata)

El silencio de las sirenas

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.

He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.