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Desamor

Vendrá un viento del sur
a golpear en las puertas cerradas y en los vidrios
a golpear en los rostros de agrios gestos.

Vendrán alegres oleajes ruidosos
subiendo las veredas y calles silenciosas
por el barrio del puerto.

Que se lave la cara de la ciudad endurecida
sus piedras y maderas polvorientas, raídas
su corazón sombrío.

Que por lo menos haya asombro en las opacas
miradas taciturnas.
Y que muchos se asusten y los niños se rían
y el verdor de la luz del agua nos despierte
nos bañe, nos persiga.

Que nos de por correr y abrazarnos
que se abran las puertas de todas las casas
y salga la gente
por las escaleras, desde los balcones
llamándose…

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Del océano rodante de la multitud

Del incesante océano, de la turba, una gota se me acercó suavemente,
Murmurando: Te amo, pronto habré muerto,
larga es la distancia que he recorrido sólo para mirarte y para tocarte,
Porque no podía morir sin haberte visto,
Porque sentí el temor de perderte.

Ahora nos hemos encontrado, nos hemos visto, estamos salvados,
Vuelve en paz al océano, amor mío,
Yo también formo parte del océano, no somos tan distintos,
¡Mira que perfecta es la gran esfera, la cohesión de todas las cosas!
Pero a los dos nos va a separar el mar irresistible,
Esta hora nos ha de separar, pero no eternamente;
No te impacientes -aguarda un instante- mira, saludo al viento, al océano y a la tierra,
Cada día, al atardecer, te mando mi amor.

Walt Whitman

Duermen selvas

Matriz seca de amor y de vastagos,
gimo junto a tí
desde hace largos años, deshabitado.

Duermen selvas
serenas de verde, de viento,
llanuras donde el azufre
era el verano de los mitos
inmóvil.

No habías venido a vivir en mí,
presagio de durable pena.
La tierra moría sobre las aguas
antiguas manos en los ríos
recogían papiros.

No sé odiarte: tan leve
es mi corazón de huracán.

Estaba ahí sobre el banquito, en mitad de la cocina.

–Mejor la prendo de nuevo –dijo Matías. Cautelosamente, miró a su mujer. Ella dijo:

–¿Cuántas veces la vas a prender? El miró hacia otra parte.

–Y si después se le atraviesa una basurita –murmuró.

–Siempre pensás lo peor –la voz de ella fue lapidaria–. Así vas a llegar lejos, sí.

Y dale con eso, quién les habrá dicho que uno quiere llegar lejos, y además son ellas las que lo desaniman a uno. Basta que un hombre se decida a algo, arreglar estufas por ejemplo, para que ¡zas! la mujer le caiga encima: Arreglando estufas. Ja. ¿Pero me querés decir a dónde vas a llegar arreglando estufas? Sin embargo, por algo se empieza; ahora en los ratos libres, después quién sabe. Por lo pronto ahí estaba, sobre el banquito, una especie de diploma o algo así. Y ciento treinta y cinco pesos son ciento treinta y cinco pesos. No era una cuestión de plata, o también lo era, sí (cómo explicar bien esto, cómo explicárselo a una mujer), y al mismo tiempo era otra cosa: era que ahí estaba su primera estufa, que él la había arreglado y que le iban a pagar por eso, por haberla arreglado.

–Yo la prendo.

–Dale, préndela, así cuando viene el dueño la ve prendida o la nota caliente, y se cree que la estuvimos usando. Si es que viene.

Ahí está, tenía que agregar: si es que viene. Y por qué no iba a venir, vamos a ver. Era necesario que viniera; si el hombre no venía, Matías Goldoni difícilmente iba a poder dormir esa no­che. Miró la estufa. De pronto sintió que le tenía cariño.

Lejano, se oyó el timbre de la puerta de calle. Ellos se mi­raron un instante.

–Debe ser el novio de la Elvia –dijo al fin la mujer.

–Sí, debe ser –dijo Matías.

Elvia era la hija de los dos del primer patio, y Matías pensó que, en efecto, nada impedía que en ese momento llegara el novio. Y se sobresaltó.

–¡Capaz que se viene con uno de los chicos!

–Quién –dijo la mujer–. Qué chicos.

–El hombre. El dueño de la estufa.

–¿Y?

–¡Y! ¿No entendés? Que si Elvia y el novio están en la puerta como saben estar, anda a saber lo que piensa de la casa. Y después nadie nos trae más trabajo.

La mujer hizo un gesto. Matías entendió que ese gesto sig­nificaba: Vos te vas a enloquecer con tus estufas. Y sin embargo es cuestión de empezar bien, eso influye mucho. Después uno pone el tallercito, compra herramientas, eh, si no, cómo empezaron Volcán y todos ésos.

Se oyó la voz de un chico.

–En la puerta hay uno que pregunta por el Matías. Su mujer lo miró y él comprendió que también ella estaba asustada ahora. Pero, asustada y todo, tuvo aliento para decir:

–Y, ¿qué esperas?

Menos mal, el hombre gordo había venido solo. Cuando estaban llegando a la cocina, Matías señaló vagamente el lavadero y dijo:

–Todavía no instalé el taller. Por ahora me arreglo más o menos. Provisorio, claro. Pase, pase a la cocina.

Aquello era poco serio. Recibir a un cliente en la cocina: lo iban a confundir con un vulgar tachero. El hombre gordo, sin em­bargo, no pareció molesto. Cortés, saludó a la mujer y se quitó el sombrero, ella mecánicamente se limpió las manos en el delantal. Matías comprendió que era necesario decir algo.

–Me dio trabajo, sabe. Hubo que desarmarla toda. Se miraron un instante. Sonrieron.

–La taza de calentar estaba picada; no valía la pena sol­darla. La cambié por otra más chica, pero sirve lo mismo. Ya va a ver.

Nada de lo cual pareció importarle gran cosa al hombre gordo.

Matías supo que había llegado el momento. Se agachó. Para asegurarse, echó dos medidas de alcohol en el depósito. Quiera Dios que no se le atraviese una basurita.

–Anda perfectamente, ya va a ver.

La mano le tembló un poco; presentía la mirada de su mujer y la curiosidad del hombre clavadas en su nuca. Encendió un fósforo. Durante un segundo, la llamita, azul, luchó por extenderse sobre el alcohol. Después, como si jugara, hizo una pirueta y se apagó. Otro fósforo. Más cerca esta vez, hasta que casi se quemó los dedos. Y la mirada de su mujer y la curiosidad del hombre. Pero el alcohol no prendía. Lo único que me faltaba.

–Viene malo. Le ponen agua, sabe.

El hombre gordo asintió, sonriente. La mujer empezó a cocinar. Matías encendió un nuevo fósforo. La llamita azul, la pi­rueta a que sí a que no, y finalmente pfffss. Matías encendió tres fósforos más: lo mismo. Y justo ahora aquélla se pone a freír milanesas, habla todo el día y justo ahora se queda callada. Estaba haciendo calor en la cocina.

–Alcánzame un papel, vieja.

Ella, en silencio, obedeció. El hombre gordo también guar­daba silencio. Matías Goldoni sintió que, por el momento, el uni­verso giraba silenciosamente en torno de un hombre que trataba de prender una estufa. Sí, la verdad que hacía calor. Y para colmo el papel resultó tan inútil como los fósforos. Si sería desgraciado el ga­llego de la vuelta.

–El alcohol se ríe –dijo Matías. ¿Qué estaba diciendo?

–Le echan agua –dijo–. Compran un litro y venden diez.

Se puso de pie; necesitaba una pausa.

–Vieja, anda, pedile un poco de alcohol fino a la Elvia.

Ella salió.

El hombre gordo comenzó a pasear sus ojos por la cocina. La cortina floreada de la ventanita, el calentador, la calcomanía del morrón, el almanaque con el dibujo de un perro vestido de mecáni­co. Cuando se le terminó la cocina, la mirada del hombre gordo que­dó fija en los ojos de Matías. Matías sonrió. El hombre gordo tam­bién sonrió.

–Hace un poco de calor, ¿no? –dijo Matías. Había estado a punto de proponerle que se sacara el so­bretodo, pero se arrepintió a tiempo: era un cliente. Agregó:

–Me costó un trabajo bárbaro; tuve que desarmarla. Es­taba muy sucia.

No debió haber dicho eso, a ver si el hombre lo tomaba a mal. Trató de explicar:

–Sucia del querosén. El gas. Y los grafitos de las junturas se estropean, claro. Después, pierde.

Y ésta que no viene; a ver si se le queman las milanesas, encima.

Entonces entró la mujer y dijo:

–Dice que no tiene.

Matías y el hombre gordo se miraron. Por distintos moti­vos, transpiraban.

Matías pidió otro pedazo de papel.

Y el hombre gordo habló por primera vez. Su voz fue tan sorpresiva que ellos se sobresaltaron.

–Mire, la llevo así nomás. Si usted dice que anda…

–¡No! –la voz de Matías era casi dramática–. No. Se la prendo. Usted va a ver. Vieja, ¡el papel! Ella se lo alcanzó. Dijo:

–Ya perdiste demasiado tiempo con esa estufa. No te con­viene trabajar así. Al final, perdés plata. El tiempo que te llevó ésa…

–Cosas del oficio –Matías sonrió nerviosamente; cada vez sentía más calor, y ese alcohol de miércoles.– A veces sale aliviada y otras no. Pero, ni bien la prenda, va a ver. Va a ver cómo anda.

Y tal vez fue por la desesperación que puso en el gesto de acercar el papel, o porque estaba de Dios, pero el alcohol se en­cendió. Primero lentamente, después decidido; por fin, triunfante.

Entonces Matías se dio cuenta de que el alcohol se había derramado sobre el banquito, porque el banquito empezó a arder.

–Pero, eso pierde –dijo el hombre gordo.

–Ponela en el suelo, querés –dijo la mujer.

–Dame un trapo –dijo Matías.

Se atropellaba. Al bajar la estufa se quemó los dedos y estu­vo a punto de soltarla. La mujer, con un trapo, apagó el fuego del banquito y echó una mirada de hielo a Matías. El hombre gordo volvió a decir:

–Pero pierde.

Matías, desordenadamente, trató de explicarle que no, que no perdía, sólo le había echado alcohol de más y eso era todo, ahora la taza era un poco más chica pero no tenía importancia, no había que ponerle alcohol una sola vez, sino dos.

–Sí, pero pierde.

Matías comenzó a dar bomba y repitió que no tenía impor­tancia. Dijo que él la había prendido antes y funcionaba perfecta­mente, ya va a ver. Y la mujer dijo:

–Por qué no esperas que se caliente.

Me va a enseñar a mí cómo se prende una estufa.

–Seguí con tus milanesas –dijo Matías.

Ella se dio vuelta, herida. El hombre trató de sonreír:

–Mire, me parece conveniente cambiarle nomás el cosito del alcohol, mejor la dejo –y se puso el sombrero.

–¡No! Si anda lo más bien. –Matías daba bomba como si se jugara la vida. –Va a ver, va a ver –porque era imprescindible que el hombre viese, porque para eso Matías Próspero Severino Goldoni había arreglado esta estufa y porque él le iba a demostrar, tenía que demostrarle, que la estufa andaba perfectamente–. Va a ver –y daba bomba como si se jugara la vida.

Pero el hombre gordo dijo:

–Yo se la dejo. Le creo que anda.

Matías negaba con la cabeza y seguía dando bomba. La mujer, como con lástima (o tal vez imperceptiblemente de otro modo ahora) lo miraba hacer. Cuando Matías abrió la roseta y pidió un papel, ella dijo en voz baja:

–Esa estufa está fría, viejo.

Y era cierto.

Llamas amarillas subían por los quemadores. Un desagra­dable olor a querosén crudo se confundía agriamente con el de las milanesas. Matías sintió un nudo en la garganta. Entonces perdió toda compostura:

–Le juro que andaba, yo la probé y andaba. ¡Vos, María Elisa, vos no me dejas mentir!

–Yo le creo –dijo el hombre–. Mire, mañana…

–Es que yo quería que usted la llevara ahora, ¿no en­tiende? La estufa anda bien; anda bien porque yo la arreglé. No es la primera que arreglo. ¡Usted cree que es la primera, pero no es la primera!

–Pero si yo no digo nada.

–Usted no lo dice, pero lo piensa. ¡Vieja! Decile que an­daba.

El hombre gordo ahora parecía realmente molesto. Se acer­có a la puerta y, mientras la abría, murmuró un apresurado buenas noches. Desde afuera agregó que mañana iba a volver. Mañana, sí, a la noche, o tal vez pasado mañana.

Matías lo siguió a todo lo largo del patio. Iba repitiendo que la estufa andaba, que tenía que creerle. Después, en la calle, y cuando el hombre ya estaba lejos, todavía lo repetía.

Abelardo Castillo, en Cuentos cureles

Que pague con su carne.
Y que no pase de mañana o pasado.
Que trece Diablos Mujer, que trece Diosas de la Muerte
borren su nombre.
Que empiece un viento en su corazón que apague su vela.
Que muera en un camino.
Que le aplaste un carro.
Que le aplaste una bicicleta.
Y si se muere, voy a estar riendo.
Métele un cuchillo en su corazón,
clávale un clavo en su cuerpo.
Que una termita gigante crezca en su ombligo.
Una avispota. Una hormiga en su oreja.
Que penetre nueve veces en su cráneo
el veneno, los nueve venenos
de la Culebra de Cuatro Narices.
Aviéntale a la mierda su ánima.
Que los gusanos coman su alma, coman su miembro.
Que se agrande su panza.
Que se atragante con un frijol.
Dále chorrillo, sécale su semen
Hazle chiquita chiquita su verga.

Que no se vaya a escapar.
Agárrenlo.
Mátenlo en su cama.

Tonik Nibak, en Conjuros y ebriedades, Taller Leñateros, San Cristbóal, México