Cerezos en flor (Claudia Masín)

Cerezos en flor

en la noche azul

niebla helada, el cielo brilla

con la luna

copas de los pinos

se inclinan azul-nieve, se difuminan

en el cielo, escarcha, bajo la luz de las

estrellas

el crujido de botas.

rastro de conejo, rastro de ciervo,

qué sabemos.

                                   Gary Snyder

Despierto y pienso: es como si un árbol pudiera

despertar en medio de la noche. ¿Qué sabemos?

¿Qué sabemos de cualquier cosa,

de cualquier ser que nos rodea, qué

sabemos? Encerrados en el propio cuerpo, aislados

de todos los hechos asombrosos que suceden

sin que podamos verlos ni sentirlos ni creer siquiera

que existen. Quizás la vida

vegetal también descansa, también tiene sus noches o sus días

de vigilia, ciertas formas de la angustia o de la pena

que no comprenderíamos jamás, algún contacto

-¿el sol, la lluvia, el viento?- que las serena.

Pero imaginemos cómo sería el dolor en la materia

que no puede moverse. Que está condenada

a quedarse en su lugar, que no tiene

manera de huir, de esconderse. ¿Y si no fueran

el rayo, el hacha, el alud, la creciente

los únicos peligros que enfrenta? Miremos

el cerezo, hermoso y prescindente en la última

noche del invierno ¿Y si más allá

de las plantas parásitas que lo asfixian y las pestes

hubiera un tremendo deseo saliendo de la raíz,

subiendo por el tronco maltrecho,

emergiendo por las ramas y las hojas, aullando

en un silencio que no puede romperse, si hubiera

algo que quiere salir, explotar en el mundo,

allá afuera, pero está quieto, quieto, encarcelado dentro?

¿Nunca se sintieron así, paralizados, incapaces de moverse,

completamente rotos por el choque que produjo

otro cuerpo sobre el propio, antes de irse?

Yo aún conservo las heridas,

las marcas de tu presencia. Se irán perdiendo.

Tu voz, esa manera de decir hasta la palabra

más sencilla como si fuera una canción que una vez que termina

deja en el aire una estela de increíble belleza, pero ya

no se puede alcanzar, no está en ninguna parte, ha durado

lo que duró la frase que dijiste. Toda la vida voy

a vivir en el aire donde sonó esa voz, dejó esa estela.

Toda la vida voy a ser como el árbol

que te entrega las flores una vez al año, única

manifestación de su amor y su tormento por la vida

de allá afuera, por todo lo que perdió y no puede

recuperar. La belleza de la que sea capaz,

aunque sea mínima y pobre y en nada se parezca

a la floración blanca y perfecta de los cerezos, va a ser tuya.

Yo seré siempre lo que hoy soy: una rama que se esfuerza

por hacer brotar una flor, aunque sea una sola,

para que la mires una vez más

antes de que llegue el invierno, antes

de que se quede sin savia y sin fuerza. Eso

será mi vida: la intensidad

del intento. Ya sé que no verás

nada de lo que te ofrezco. Pero aquí

me quedo, hasta convertirme en vos por insistencia,

hasta traerte de regreso en mi cuerpo, cuando mi cuerpo

sea igual al tuyo: el barro, el tronco abierto, la rama

desnuda y seca, los pétalos deshechos.

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