Plaza de Mayo, 20 de diciembre de 2001 (Silvia López)

Plaza de Mayo,

20 de diciembre de 2001

 

Esta plaza tiene algo irreal

lo sospeché desde mi infancia

como si los autores

de los manuales escolares

se hubieran puesto de acuerdo

en la lluvia y el barro

en la moda de 1810

o en French y Beruti

como Batman y Robin.

Lo crucial no era más

que esa lluviosa figurita

comprada por centavos

al librero de la esquina

calcada torpemente

del Kapelusz

recortada del Billiken

a golpe de tijera

y pólvora de tiza.

Pero ¿qué había de fundamental?

¿Qué significaba la palabra revolución?

 

Mayo era fácil, porque gris

era un color y otoño

el frío que empezaba por las piernas

el cumpleaños de mi padre

olor a chocolate igual a fiesta patria.

En cuanto a revolución

algo tenía que ver

con las interminables alas del Cabildo

pero en lo más ciego de mis ojos

yace el primer encuentro

con los muñones brutales del edificio.

De esa mutilación, como de una costilla

no sé qué fe maltrecha

nacería.

 

La misma plaza, hoy

a punto de verano

pisoteados sus arriates

en lugar de aquel barro

gente con no sé qué

comunión en su diversidad

la ciudadanía en los hombros

curiosa y asombrada

como niño a babucha

 

y cuentas de festejos

del tanto mirar para otro lado

del sírvete que hay más.

Qué hago aquí, me pregunto.

Pantalón corto y claro

sandalias cómodas, por si hay que correr.     

sándwich a dos cincuenta por mazamorra de negra

mochila al hombro roja, anteojos de sol…

Pero qué instinto me llama a atestiguar

para volverme otra mancha incomprensible

de futuros manuales escolares

entre la multitud que la montada

y los hidrantes amenazan.

Y no lo sé:

he venido

como a una catedral

a tratar de creer en Dios.

 

El gas quema la garganta

me uno al éxodo

con lágrimas de bautismo

y apenas comprendo

que no se trata de huir:

 

es una romería que me arrastra

en su silencio embrionario

lo interrumpen las toses

como una plegaria

pero el ruego no sabe

dónde confiar su fe.

Entonces

la avenida de Mayo

se vuelve una visión

torpe de nitidez, como los sueños

mi silueta me abandona

se suma a la procesión como una peregrina más

entregada a ese sueño sin constancia

deambula entre lapidaciones y disparos

y humo y grito

a paso lento, lento

como si no fuera dueña

de los propios contornos

y sus músculos desdibujados

no tuvieran miedo a la emboscada

en cada bocacalle.

 

Fue en Hipólito Yrigoyen o en Alsina

donde una pareja le ofreció vinagre

para calmar el ardor en los ojos

le regalaban incluso el pañuelo, pero ella

 

(podía pensar en ese momento cosas así)

no quería ser la extraña que se llevara algo

que jamás recuperarían.

Siguió caminando

tuvo tiempo para volver sobre sus pasos

y recoger unas monedas

que se le habían caído, y en ese ruido

de las monedas contra el piso

oyó también el plomo que (después se supo)

eran los muertos multiplicándose

en distintos puntos de la ciudad y del país.

Poco más tarde experimentó algo increíble

cruzar la 9 de Julio fue pasar a otra dimensión

tuvo que ser así de metafísico

porque ahí nomás un tipo le dijo: ¡Lindas piernas!

porque no demasiado lejos

frente a la Facultad de Medicina

esos matasanos festejaban sus títulos

extraterrestres en carnaval de harina

como cerrar los ojos

como tirar el pan.

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