Los mapas (Anne Michaels)

Lucjan estaba trabajando en una serie de mapas cuyo tamaño, al plegarlos, se ajustaba al de la guantera de un coche. Pintaba cada detalle con cuidado, como si estuviese iluminando un manuscrito medieval. Todo oficio, le había explicado a Jean, tiene su propio mapa de la ciudad: los exterminadores de ratas y cucarachas, los cazadores de mapaches, los trabajadores del mantenimiento de aguas y de alcantarillado y del pavimento. Está el mapa de las madres, en el que se señalizan las tiendas de mascotas y los lavabos públicos y los lugares donde se pueden recoger piñas, con marcas indicando la anchura de las aceras y la hondura de los baches para el paso de carritos, triciclos y coches de juguete. Los tejedores también tienen su propio mapa, en el que vienen indicados todos los vendedores de lana de la ciudad. Lucjan preparó un mapa de raíces de árboles excepcionales, de corrientes de aire y de escorrentías. Hizo un mapa del café (que contenía una sola ubicación), un mapa del azúcar, un mapa del chocolate, un mapa de árboles ginkgo, un mapa de sauces llorones, un mapa de puentes, de fuentes públicas de agua potable, de bolardos de más de cinco pies de diámetro. Un mapa de reparación de calzado. Un mapa de emparrados de vid, un mapa de espacios para volar cometas (sin cables en altura), un mapa para trineos (colinas que no terminaran en carreteras o verjas). Luego estaban los mapas personales. El mapa del remordimiento. El mapa de la vergüenza. El mapa de las discusiones. Los mapas de la decepción (amarga o leve). El mapa de los muertos; los cementerios construidos en pendientes verticales. Y el mapa en el que estaba trabajando cuando conoció a Jean —tal vez el más hermoso de todos—, un mapa de cosas invisibles, un mapa de pensamientos, indicando dónde la gente había sentido una idea, un temor, una esperanza secreta; algunos eran conocidos, otros privados. Una intersección donde una novela fue imaginada por primera vez, un parque donde se soñó un hijo. La playa donde un arquitecto visualizó la silueta de sus edificios contra el cielo. El banco en el que un pintor tuvo una premonición de su propia muerte. «¿Cómo se pinta lo que no está aquí?», preguntó Jean. «Uno pinta el lugar exactamente como uno lo ve —dijo Lucjan—. Y, después, lo vuelve a pintar».

 

Anne Michaels (en La cripta de invierno)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: