Chozas (Michele Petit)

DOMAR EL ESPACIO FUE probablemente una de las tareas esenciales en mi oficio de ser niña. Un relato me permitió recuperar esa sensación. Se lo debo a una amiga que adoptó a una niña colombiana. Ella me contó que poco después de haber llegado a Francia, la pequeña reconstruyó en su cuarto, con unas cajas del supermercado, la vivienda improvisada en la que había dormido los primeros cinco años de su vida. Al caer la noche se robaba de la cocina un pedazo de pan y lo llevaba hasta su refugio mientras sus padres adoptivos estaban distraídos. Al cabo de varios meses optó por doblar las cajas: ya no las necesitaba.

Yo no viví mis primeros años en las calles de Cali sino en Vanves, un tranquilo suburbio cercano a París, en los años de posguerra. No obstante, esa historia me ayudó a entender a la niñita que un día fui (y por lo tanto a la mujer que soy ahora), aun cuando resulte indecente comparar mi infancia con la de ella, sin embargo para nuestras asociaciones esos escrúpulos no existen. Al escucharla recordé que las paredes de mi casa no bastaban para protegerme y que dentro de los armarios, debajo de las mesas o en las páginas de algunos libros ilustrados experimentaba una tranquilidad y una felicidad fisicas.Y pensé que todos los libros que había leído no eran sino cajas que no sé si algún día también doblé.

Cuando intento acercarme a la geografia de mi propia infancia, me parece que lo primero es el valle que separa la cama en la que duermo de la de mis padres, y que atravieso ese valle por las mañanas utilizando como vado un buró, sin poner el pie en la tierra. Pero ya se están levantando y el espacio se despliega ahora en el plano vertical, separándome de ellos. Busco su mirada pero se alejan. Bajo la vista. Es la edad en que uno vive a ras de tierra, en que se está atento a los menores objetos que encuentra: piedritas, insectos, botones perdidos. Debo tener unos cuatro años.

Ellos, allá arriba, intercambian palabras en una lengua de la que se me escapa todo, o casi todo. Y ocupan su tiempo en ir cada vez más arriba, más lejos: mi padre es astrónomo y mi madre está en la luna, perpetuamente. Entre ellos y yo hay una distancia inmensa, pero a veces coincidimos los tres en una altura media, el tiempo que dura una comida. O ella coloca dos cojines sobre una silla y pone frente a mí unos frascos con pintura de agua, papel. Pintarrajeo paisajes; me encanta.

Trato de representar una casa con su jardín, unos arriates de hortalizas, flores. O monigotes de frágiles contornos.

Esa noche estoy abajo. El libro que mi padre me ha comprado, lo ha dejado en el tapete. No tengo el menor recuerdo de la cubierta, la historia o los personajes, hasta tal punto que a veces me pregunto si realmente existió ese libro ilustrado. Pero hay algo que sí recuerdo con toda claridad: cada página es un habitáculo. Cerrado, el libro es completamente plano. Pero si lo abro, se desprende una imagen, surgen animales de colores, árboles. Doy vuelta a la página y se destaca otra imagen, en relieve.

¡Deslumbramiento! Es para mí. Un mundo para mí. Puedo zambullirme en cada imagen.Yo que nunca sabía dónde meterme y que deambulaba tan cerca del suelo, tan lejos de ellos, los de arriba.

Años más tarde, un dibujo animado, tal vez de Walt Disney, me proporcionó un placer infinito y algo parecido. Los personajes principales (quizás en el fondo estaba el pato En mi habitación también corría un foso entre el muro y la cama, pero éste era temible porque el colchón estaba muy alto y si los ladrones se agachaban para mirar debajo de él, pronto me descubrirían. Al final del pasillo en el que me hallaba sola, cuando caía la noche no quedaba ningún espacio, ningún rincón habita le. Para que ningún abultamiento bajo las mantas traicionara mi presencia, se me ocurrió dormir en la ranura a lo largo del colchón.

Creo que fue en ese pasillo que me separaba de mi madre y mi padre donde se  deslizaron los libros, domesticando lo extraño, lo inquietante. O a veces multiplicándolo.

 

Michele Petit, en Una infancia en el país de los libros

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2 comentarios
  1. María del Carmen Díaz Chávez dijo:

    Hermoso escrito, me remonta a mi lejana niñez he encontrado varias similitudes, me encantó, gracias por compartir.

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