La importancia del acto de leer (Paulo Freire)

La importancia de leer
Paulo Freire

Rara ha sido la vez, a lo largo de tantos años de práctica pedagógica, y por lo
tanto política, en que me he permitido la tarea de abrir, de inaugurar o de clausurar
encuentros o congresos.
Acepté hacerlo ahora, pero de la manera menos formal posible. Acepté venir
aquí para hablar un poco de la importancia del acto de leer.
Me parece indispensable, al tratar de hablar de esa importancia, decir algo del
momento mismo en que me preparaba para estar aquí hoy; decir algo del proceso en que
me inserté mientras iba escribiendo este texto que ahora leo, proceso que implicaba una
comprensión crítica del acto de leer, que no se agota en la descodificación pura de la
palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la
inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí
que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de
aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser
alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el
contexto. Al intentar escribir sobre la importancia del acto de leer, me sentí llevado –y
hasta con gusto– a “releer” momentos de mi práctica, guardados en la memoria, desde
las experiencias más remotas de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que
la importancia del acto de leer se vino constituyendo en mí.
Al ir escribiendo este texto, iba yo “tomando distancia” de los diferentes
momentos en que el acto de leer se fue dando en mi experiencia existencial. Primero, la
“lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me movía; después la lectura de la
palabra que no siempre, a lo largo de mi escolarización, fue la lectura de la “palabramundo”.
La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el
mundo particular en que me movía –y hasta donde no me está traicionando la memoria–
me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y
re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia en el momento en que aún no leía la
palabra. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles,
algunos de ellos como si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros; a su sombra
jugaba y en sus ramas más dóciles a mi altura me experimentaba en riesgos menores
que me preparaban para riesgos y aventuras mayores. La vieja casa, sus cuartos, su
corredor, su sótano, su terraza –el lugar de las flores de mi madre–, la amplia quinta
donde se hallaba, todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbuceé, me erguí,
caminé, hablé. En verdad, aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi
actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los
“textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto –en cuya percepción me probaba,
y cuanto más lo hacía, más aumentaba la capacidad de percibir– encarnaban una serie
de cosas, de objetos, de señales, cuya comprensión yo iba aprendiendo en mi trato con
ellos, en mis relaciones mis hermanos mayores y con mis padres.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el
canto de los pájaros: el del sanbaçu, el del olka-pro-caminho-quemvem, del bem-te-vi,
el del sabiá; en la danza de las copas de los árboles sopladas por fuertes vientos que
anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; las aguas de la lluvia jugando a la
geografía, inventando lagos, islas, ríos, arroyos. Los “textos”, las “palabras”, las “letras”
de aquel contexto se encarnaban también en el silbo del viento, en las nubes del cielo,
en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la forma de las hojas, en
el aroma de las hojas –de las rosas, de los jazmines–, en la densidad de los árboles, en la
cáscara de las frutas. En la tonalidad diferente de colores de una misma fruta en
distintos momentos: el verde del mago-espada hinchado, el amarillo verduzco del
mismo mango madurando, las pintas negras del mago ya más que maduro. La relación
entre esos colores, el desarrollo del fruto, su resistencia a nuestra manipulación y su
sabor. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo hacer, aprendí la
significación del acto de palpar.
De aquel contexto formaban parte además los animales: los gatos de la familia,
su manera mañosa de enroscarse en nuestras piernas, su maullido de súplica o de rabia;
Joli, el viejo perro negro de mi padre, su mal humor cada vez que uno de los gatos
incautamente se aproximaba demasiado al lugar donde estaba comiendo y que era suyo;
“estado de espíritu”, el de Joli en tales momentos, completamente diferente del de
cuando casi deportivamente perseguía, acorralaba y mataba a uno de los zorros
responsables de la desaparición de las gordas gallinas de mi abuela.
De aquel contexto –el del mi mundo inmediato– formaba parte, por otro lado, el
universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos,
sus valores. Todo eso ligado a contextos más amplios que el del mi mundo inmediato y
cuya existencia yo no podía ni siquiera sospechar.
En el esfuerzo por retomar la infancia distante, a que ya he hecho referencia,
buscando la comprensión de mi acto de leer el mundo particular en que me movía,
permítanme repetirlo, re-creo, re-vivo, la experiencia vivida en el momento en que
todavía no leía la palabra. Y algo que me parece importante, en el contexto general de
que vengo hablando, emerge ahora insinuando su presencia en el cuerpo general de
estas reflexiones. Me refiero a mi miedo de las almas en pena cuya presencia entre
nosotros era permanente objeto de las conversaciones de los mayores, en el tiempo de
mi infancia. Las almas en pena necesitaban de la oscuridad o la semioscuridad para
aparecer, con las formas más diversas: gimiendo el dolor de sus culpas, lanzando
carcajadas burlonas, pidiendo oraciones o indicando el escondite de ollas. Con todo,
posiblemente hasta mis siete años en el barrio de Recife en que nací iluminado por
faroles que se perfilaban con cierta dignidad por las calles. Faroles elegantes que, al caer
la noche, se “daban” a la vara mágica de quienes los encendían. Yo acostumbraba
acompañar, desde el portón de mi casa, de lejos, la figura flaca del “farolero” de mi
calle, que venía viniendo, andar cadencioso, vara iluminadora al hombro, de farol en
farol, dando luz a la calle. Una luz precaria, más precaria que la que teníamos dentro de
la casa. Una luz mucho más tomada por las sombras que iluminadora de ellas.
No había mejor clima para travesuras de las almas que aquél. Me acuerdo de las
noches en que, envuelto en mi propio miedo, esperaba que el tiempo pasara, que la
noche se fuera, que la madrugada semiclareada fuera llegando, trayendo con ella el
canto de los pajarillos “amanecedores”.
Mis temores nocturnos terminaron por aguzarme, en las mañanas abiertas, la
percepción de un sinnúmero de ruidos que se perdía en la claridad y en la algazara de
los días y resultaban misteriosamente subrayados en el silencio profundo de las noches.
Pero en la medida en que fui penetrando en la intimidad de mi mundo, en que lo
percibía mejor y lo “entendía” en la lectura que de él iba haciendo, mis temores iban
disminuyendo.
Pero, es importante decirlo, la “lectura” de mi mundo, que siempre fundamental
para mí, no hizo de mí sino un niño anticipado en hombre, un racionalista de pantalón
corto. La curiosidad del niño no se iba a distorsionar por el simple hecho de ser ejercida,
en lo cual fui más ayudado que estorbado por mis padres. Y fue con ellos, precisamente,
en cierto momento de esa rica experiencia de comprensión de mi mundo inmediato, sin
que esa comprensión significara animadversión por lo que tenía encantadoramente
misterioso, que comencé a ser introducido en la lectura de la palabra. El desciframiento
de la palabra fluía naturalmente de la “lectura” del mundo particular. No era algo que se
estuviera dando supuesto a él. Fui alfabetizado en el suelo de la quinta de mi casa, a la
sombra de los mangos, con palabras de mi mundo y no del mundo mayor de mis padres.
El suelo mi pizarrón y las ramitas fueron mis tizas.
Es por eso por lo que, al llegar a la escuelita particular de Eunice Vasconcelos,
cuya desaparición reciente me hirió y me dolió, y a quien rindo ahora un homenaje
sentido, ya estaba alfabetizado. Eunice continúo y profundizó el trabajo de mis padres.
Con ella, la lectura de la palabra, de la frase, de la oración, jamás significó una ruptura
con la “lectura” del mundo. Con ella, la lectura de la palabra fue la lectura de la
“palabra-mundo”.
Hace poco tiempo, con profundo emoción, visité la casa donde nací. Pisé el
mismo suelo en que me erguí, anduve, corrí, hablé y aprendí a leer. El mismo mundo, el
primer mundo que se dio a mi comprensión por la “lectura” que de él fui haciendo. Allí
reencontré algunos de los árboles de mi infancia. Los reconocí sin dificultad. Casi abracé
los gruesos troncos –aquellos jóvenes troncos de mi infancia. Entonces, una nostalgia
que suelo llamar mansa o bien educada, saliendo del suelo, de los árboles, de la casa, me
envolvió cuidadosamente. Dejé la casa contento, con la alegría de quien reencuentra
personas queridas.
Continuando en ese esfuerzo de “releer” momentos fundamentales de
experiencias de ni infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la comprensión
crítica de la importancia del acto de leer se fue constituyendo en mí a través de su
práctica, retomo el tiempo en que, como alumno del llamado curso secundario, me
ejercité en la percepción crítica de los textos que leía en clase, con la colaboración, que
hasta hoy recuerdo, de mi entonces profesor de lengua portuguesa.
No eran, sin embargo, aquellos momentos puros ejercicios de los que resultase
un simple darnos cuenta de la existencia de una página escrita delante de nosotros que
debía ser cadenciada, mecánica y fastidiosamente “deletrada” en lugar de realmente
leída. No eran aquellos momentos “lecciones de lectura” en el sentido tradicional esa
expresión. Eran momentos en que los textos se ofrecían a nuestra búsqueda inquieta,
incluyendo la del entonces joven profesor José Pessoa. Algún tiempo después, como
profesor también de portugués, en mis veinte años, viví intensamente la importancia del
acto de leer y de escribir, en el fondo imposibles de dicotomizar, con alumnos de los
primeros años del entonces llamado curso secundario. La conjugación, la sintaxis de
concordancia, el problema de la contradicción, la enciclisis pronominal, yo no reducía
nada de eso a tabletas de conocimientos que los estudiantes debían engullir. Todo eso,
por el contrario, se proponía a la curiosidad de los alumnos de manera dinámica y viva,
en el cuerpo mismo de textos, ya de autores que estudiábamos, ya de ellos mismos,
como objetos a desvelar y no como algo parado cuyo perfil yo describiese. Los alumnos
no tenían que memorizar mecánicamente la descripción del objeto, sino aprender su
significación profunda. Sólo aprendiéndola serían capaces de saber, por eso, de
memorizarla, de fijarla. La memorización mecánica de la descripción del objeto no se
constituye en conocimiento del objeto. Por eso es que la lectura de un texto, tomado
como pura descripción de un objeto y hecha en el sentido de memorizarla, ni es real
lectura ni resulta de ella, por lo tanto, el conocimiento de que habla el texto.
Creo que mucho de nuestra insistencia, en cuanto a profesores y profesoras, en
que los estudiantes “lean”, en un semestre, un sinnúmero de capítulos de libros, reside
en la comprensión errónea que a veces tenemos del acto de leer. En mis andanzas por el
mundo, no fueron pocas las veces en que los jóvenes estudiantes me hablaron de su
lucha con extensas bibliografías que eran mucho más para ser “devoradas” que para ser
leídas o estudiadas. Verdaderas “lecciones de lectura” en el sentido más tradicional de
esta expresión, a que se hallaban sometidos en nombre de su formación científica y de
las que debían rendir cuenta a través del famoso control de lectura. En algunas
ocasiones llegué incluso a ver, en relaciones bibliográficas, indicaciones sobre las
páginas de este o aquel capítulo de tal o cual libro que debían leer: “De la página 15 a la
37”.
La insistencia en la cantidad de lecturas sin el adentramiento debido en los textos
a ser comprendidos, y no mecánicamente memorizados, revela una visión mágica de la
palabra escrita. Visión que es urgente superar. La misma, aunque encarnada desde otro
ángulo, que se encuentra, por ejemplo, en quien escribe, cuando identifica la posible
calidad o falta de calidad de su trabajo con la cantidad páginas escritas. Sin embargo,
uno de los documentos filosóficos más importantes que disponemos, las Tesis sobre
Feuerbach de Marx, ocupan apenas dos páginas y media…
Parece importante, sin embargo, para evitar una comprensión errónea de lo que
estoy afirmando, subrayar que mi crítica al hacer mágica la palabra no significa, de
manera alguna, una posición poco responsable de mi parte con relación a la necesidad
que tenemos educadores y educandos de leer, siempre y seriamente, de leer los clásicos
en tal o cual campo del saber, de adentrarnos en los textos, de crear una disciplina
intelectual, sin la cual es posible nuestra práctica en cuanto profesores o estudiantes.
Todavía dentro del momento bastante rico de mi experiencia como profesor de
lengua portuguesa, recuerdo, tan vivamente como si fuese de ahora y no de un ayer ya
remoto, las veces en que me demoraba en el análisis de un texto de Gilberto Freyre, de
Lins do Rego, de Graciliano Ramos, de Jorge Amado. Textos que yo llevaba de mi casa
y que iba leyendo con los estudiantes, subrayando aspectos de su sintaxis
estrechamiento ligados, con el buen gusto de su lenguaje. A aquellos análisis añadía
comentarios sobre las necesarias diferencias entre el portugués de Portugal y el
portugués de Brasil.
Vengo tratando de dejar claro, en este trabajo en torno a la importancia del acto
de leer –y no es demasiado repetirlo ahora–, que mi esfuerzo fundamental viene siendo
el de explicar cómo, en mí, se ha venido destacando esa importancia. Es como si
estuviera haciendo la “arqueología” de mi comprensión del complejo acto de leer, a lo
largo de mi experiencia existencial. De ahí que haya hablado de momentos de mi
infancia, de mi adolescencia, de los comienzos de mi juventud, y termine ahora
reviendo, en rasgos generales, algunos de los aspectos centrales de la proposición que
hice, hace algunos años en el campo de la alfabetización de adultos.
Inicialmente me parece interesante reafirmar que siempre vi la alfabetización de
adultos como un acto político y como un acto de conocimiento, y por eso mismo un acto
creador. Para mí sería imposible de comprometerme en un trabajo de memorización
mecánica de ba-be-bi-bo-bu, de la-le-li-lo-lu. De ahí que tampoco pudiera reducir la
alfabetización a la pura enseñanza de la palabra, de las sílabas o de las letras. Enseñanza
en cuyo proceso el alfabetizador iría “llenando” con sus palabras las cabezas
supuestamente “vacías” de los alfabetizandos. Por el contrario, en cuanto acto de
conocimiento y acto creador, el proceso de la alfabetización tiene, en el alfabetizando,
su sujeto. El hecho de que éste necesite de la ayuda del educador, como ocurre en
cualquier acción pedagógica, no significa que la ayuda del educador deba anular su
creatividad y su responsabilidad en la creación de su lenguaje escrito y en la lectura de
su lenguaje. En realidad, tanto el alfabetizador como el alfabetizando, al tomar, por
ejemplo, un objeto, como lo hago ahora con el que tengo entre los dedos, sienten el
objeto, perciben el objeto sentido y son capaces de expresar verbalmente el objeto
sentido y percibido. Como yo, el analfabeto es capaz de sentir la pluma, de percibir la
pluma, de decir la pluma. Yo, sin embargo, soy capaz de no sólo sentir la pluma, sino
además de escribir pluma y, en consecuencia, leer pluma. La alfabetización es la
creación o el montaje de la expresión escrita de la expresión oral. Ese montaje no lo
puede hacer el educador para los educandos, o sobre ellos. Ahí tiene él un momento de
su tarea creadora.
Me parece innecesario extenderme más, aquí y ahora, sobre lo que he
desarrollado, en diferentes momentos, a propósito de la complejidad de este proceso. A
un punto, sin embargo, aludido varias veces en este texto, me gustaría volver, por la
significación que tiene para la comprensión crítica del acto de leer y, por consiguiente,
para la propuesta de alfabetización a que me he consagrado. Me refiero a que la lectura
del mundo precede siempre a la lectura de la palabra y la lectura de ésta implica la
continuidad de la lectura de aquél. En la propuesta a que hacía referencia hace poco,
este movimiento del mundo a la palabra y de la palabra al mundo está siempre presente.
Movimiento en que la palabra dicha fluye del mundo mismo a través de la lectura que
de él hacemos. De alguna manera, sin embargo, podemos ir más lejos y decir que la
lectura de la palabra no es sólo precedida por la lectura del mundo sino por cierta forma
de “escribirlo” o de “rescribirlo”, es decir de transformarlo a través de nuestra práctica
consciente.
Este movimiento dinámico es uno de los aspectos centrales, para mí, del proceso
de alfabetización. De ahí que siempre haya insistido en que las palabras con que
organizar el programa de alfabetización debían provenir del universo vocabular de los
grupos populares, expresando su verdadero lenguaje, sus anhelos, sus inquietudes, sus
reivindicaciones, sus sueños. Debían venir cargadas de la significación de su
experiencia existencial y no de la experiencia del educador. La investigación de lo que
llamaba el universo vocabular nos daba así las palabras del Pueblo, grávidas de mundo.
Nos llegaban a través de la lectura del mundo que hacían los grupos populares. Después
volvían a ellos, insertas en lo que llamaba y llamo codificaciones, que son
representaciones de la realidad.
La palabra ladrillo, por ejemplo, se insertaría en una representación pictórica, la
de un grupo de albañiles, por ejemplo, construyendo una casa. Pero, antes de la
devolución, en forma escrita, de la palabra oral de los grupos populares, a ellos, para el
proceso de su aprehensión y no de su memorización mecánica, solíamos desafiar a los
alfabetizandos con un conjunto de situaciones codificadas de cuya descodificación o
“lectura” resultaba la percepción crítica de lo que es la cultura, por la comprensión de la
práctica o del trabajo humano, transformador del mundo, En el fondo, ese conjunto de
representaciones de situaciones concretas posibilitaba a los grupos populares una
“lectura” de la “lectura” anterior del mundo, antes de la lectura de la palabra.
Esta “lectura” más crítica de la “lectura” anterior menos crítica del mundo
permitía a los grupos populares, a veces en posición fatalista frente a las injusticias, una
comprensión diferente de su indigencia.
Es en este sentido que la lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de
alfabetización o no, y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de
movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento para lo que
Gramsci llamaría acción contrahegemónica.
Concluyendo estas reflexiones en torno a la importancia del acto de leer, que
implica siempre percepción crítica, interpretación y “reescritura” de lo leído, quisiera
decir que, después de vacilar un poco, resolví adoptar el procedimiento que he utilizado
en el tratamiento del tema, en consonancia con mi forma de ser y con lo que puedo
hacer.
Finalmente, quiero felicitar a quienes idearon y organizaron este congreso.
Nunca, posiblemente, hemos necesitado tanto de encuentros como éste, como ahora.
12 de noviembre de 1981.En Freire, Paulo (1991), La importancia de leer y el proceso de liberación, México, Siglo XXI Editores.

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