Noches árabes (Idries Shah)

Estábamos sentados sobre el césped, bajo el frondoso tejo. Yo debía tener once o doce años. Era verano. Estábamos en mangas de camisa. Mi padre había dicho que aquélla mañana un hombre había venido a verlo desde muy lejos.
“¿Vino de América, Baba?”
“No, de más lejos.”
“¿Desde Canadá?”
“No, no desde Canadá. Realmente no importa de dónde vino, Tahir Jan. Lo que importa es que quería que lo ayudase, pero no pude.”
“¿Por qué no?”
“Porque él no estaba listo.” Mi padre se recostó sobre el pasto.
“En cierta manera, Occidente es como un niño sosteniendo una enciclopedia”, dijo. “Tiene un potencial extraordinario en sus manos, una enorme energía y la chance de aprender de mil generaciones que lo antecedieron. Pero no puede realmente beneficiarse de la sabiduría que sostiene hasta que haya aprendido a leer.”
“¿Estará listo alguna vez el hombre que vino a verte?”
“Eso espero.”
“¿Le hablaste, Baba?”
“Un poquito. Pero ni siquiera está listo para eso.”
“¿Entonces qué hiciste?”
“Le di un cuento, Tahir Jan,” dijo. “Y le dije que estudiara el cuento una y otra vez hasta que no lo entendiera más.”
“¿Baba?”
“¿Sí, Tahir Jan?”
“Me contarás el cuento que le contaste al hombre que vino hoy?”
Mi padre volvió a sentarse, sus piernas cruzadas. Inclinó su cabeza hacia atrás por un momento, y dijo: “Érase una vez un rey persa. Pasaba todo su tiempo comiendo cosas deliciosas. Con el transcurrir de los años, se volvía cada vez más y más gordo, hasta que apenas podía estar de pie; estaba forzado a rodar sobre almohadones. Nadie se atrevía a decir nada, hasta que, una mañana, el rey se quejó de mala circulación en sus piernas; la sangre se había retirado, dejándolas azules.
“Un doctor tras otro fue llamado a la corte. Pero cuantos más doctores veía, más el monarca comía. Y cuanto más comía, más gordo se volvía.
“Un día, un doctor muy sabio llegó al reino. Fue inmediatamente llevado ante el rey donde se le explicó la condición real. El doctor dijo, ‘Su Majestad, puedo reducir su peso en cuarenta días y luego salvar sus piernas. Si no lo logro, entonces podrá ejecutarme.’ ‘¿Qué medicinas especiales requiere?’ preguntó el rey. El doctor extendió su mano. ‘Nada, Su Majestad. No necesito nada en absoluto.’
“El rey sospechó que el médico lo tomaría por tonto. Preguntó a su gran visir qué hacer. ‘Enciérrelo durante cuarenta días’, dijo el asesor. ‘Luego, lo decapitaremos.’
“Un par de guardias reales dieron un paso adelante para arrastrar al doctor rumbo al calabozo. Antes de ser llevado, el rey le preguntó si había algo que deseaba decir. ‘Sí lo hay, Su Majestad.’ ‘¡Habla!’ gritó el rey. ‘Tengo que decirle que he visto el futuro, Su Magnificencia. Y he visto que usted caerá muerto dentro de exactamente cuarenta días. Y tenga por seguro que no hay nada que usted pueda hacer para impedirlo.’
“El doctor fue encerrado en la celda más oscura y húmeda. Los días comenzaron a transcurrir; mientras tanto, el rey se deshizo de sus almohadones y caminaba inquietamente de aquí para allá. Se preocupó y preocupó, y preocupó y preocupó, hasta que ninguno de sus cortesanos podía reconocerlo. Perdió su apetito, no se lavaba y, debido a la inquietud, apenas podía dormir.
“En la mañana del cuadragésimo día, el doctor fue sacado a rastras de su calabozo; lo llevaron ante el rey y le ordenaron que se explicara.
“’Su Majestad’, dijo con voz calma, ‘hace cuarenta días estaba en peligro de morir debido a su obesidad. Yo podía ver su condición, pero supe que una explicación no supondría una cura; y así fue que logré que soportara cuarenta días de angustia. Ahora que su peso ha sido reducido drásticamente, podemos administrar las medicinas que restablecerán su circulación y curarán su enfermedad.’”

En Noches Árabes

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