Tranquilos nosotros (Fermín Solana)

Tranquilos nosotros

Encontré a mi amigo Varela –como habíamos acordado- en la esquina de Bulevar España y Juan Paullier. Le grité peladoooo desde el otro lado de los autos porque no se chiflar y me percaté de que tenía un animal cachorro entre sus brazos. La noche anterior, cuando llegué a casa mi mujer también tenía uno similar en los suyos. Por un instante mi cerebro asociativo se imaginó que era el mismo perro de caramelo, lo que no tenía ningún sentido salvo en mi cabeza microcósmizante. ¿Y eso? Le pregunté al acercarme, de la misma exacta manera que lo había hecho el día previo con Camila y aquel que resultó ser de una amiga. Este también era una bola de piel marrón con ojos claros, parecido a un Labrador bebé, un poco más oscuro que el otro. Mi amigo lo sujetaba con cariño paternal. Me enterneció. Le froté las manos por el hocico y comenté acerca del color de sus ojos de agua. Se lo acababa de quedar, gracias al ofrecimiento del portero del edificio del apartamento de su madre. El cachorro era recién llegado del campo, sin dueño, y había encontrado uno en el pianista de mi banda, hombre con dedos de tentáculo y emociones profundas, aunque a veces escondidas. En su día más trágico lo vi emborracharse para el velorio de su padre, el psicoanalista. Él lo cuidó en su vieja casa con biblioteca histórica de la calle Comercio, hasta que se dejó ir. En el funeral vomitó el piso, despidiéndose del cáncer atmosférico que ingirió durante aquellos meses. La comunidad psicoterapéutica presenció el acto en silencio mortuorio.

Pero este Varela del perro nuevo era un muchacho resurgido, ya años después, sosteniendo una criatura joven con amor, ansiando llevarla a su hogar para presentarla a su mujer, quien –en sus palabras-deseaba la mascota más que el mismo, y no imaginaba la sorpresa. Pero antes teníamos que acudir a un compromiso inposponible: un partido de futbol 5, a 6 cuadras de ahí, y hasta ese campo de juego trasladó el bicho en brazos, recibiendo alabanzas de tres mujeres que cayeron rendidas a la gracia del perrito. Durante el trayecto pensó en posibles nombres. Capo y Macana eran los que tenía en mente hasta ese momento. A mí no se me ocurrió nada. Atravieso una de mis fases insulsas, de especia seca. Le hubiera pedido perdón por mi falta de ocurrencia, pero hasta esa intención se me extravió el fin de semana.

Cuando llegamos a la cancha le pedimos al canchero si podía cuidarlo mientras se jugara el match. Bueno, si yo estaba seco, este humano se encontraba directamente marchito. Dijo tener muchas cosas para hacer, y se mantuvo mirando hacia la pantalla. Gil. Salimos a la calle puteando, todavía faltaban 5 minutos y el resto de los jugadores no se había presentado. Enseguida encontramos a dos niñas de unos 10 años, con uniforme de gimnasia del colegio al que Varela acudió de chico. El Latinoamericano. Vinieron directo, enloquecidas. Salían de su casa e iban camino a los mandados con su madre que quedó quieta, presenciando los mimos. Les pregunté de inmediato si podían cuidarlo mientras jugábamos, lo hice con la determinación que traje de mi último viaje por Estados Unidos, cuando decidí que las cosas hay que decirlas. A veces me resulta, otras me olvido y sigo tímido. La respuesta SI de las gurisas fue inmediata. La madre desconfió un poco al principio, pero accedió después de que le ofrecí mi celular como seguro. Aunque no fue eso lo que la hizo aceptar sino nuestras caras de honestos, estoy seguro. Sé que hay gente que piensa mal de mi grupo de amigos y yo, pero en el fondo sabemos que estamos parados del lado del bien. Y soy capaz de pelear por eso. Ahí quedó la familia femenina, enloquecida con su adquisición por una hora. Una pelota peluda que camina como un juguete, mira con el alma y tiene espinitas por dientes. }}

Volvimos al club mansos. Jugamos un partido que no amerita ser mencionado. A la salida yo traía una nube de derrotado sobre mi cabeza que se fue extinguiendo con los minutos. V tocó timbre en el 101 del pequeño edificio común. Bajaron algo tristes, ya que probablemente soñaron con que no nos presentaríamos. En el ínterin lo habían llevado hasta su veterinario y hecho las averiguaciones pertinentes acerca de la salud de un cachorro con un mes de vida. Le sugirieron a mi amigo que lo desparasitara cuanto antes. Lo acariciaron por última vez, dieron la media vuelta y emprendieron camino hacia la escalera. La madre nos agradeció y explicó que un mes atrás habían perdido a su vieja mascota, un siberiano de diez años al que extrañaban tanto. Lo sentimos mucho, porque los perros duran menos que nosotros y cuando se hacen querer son como nobles joyas de los días. Horas más tarde el de Varela pasó a llamarse como en la canción de Eduardo Mateo: uh que Macana, uh, que te vayas.

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