Caminos y leyendas (Atahualpa Yupanqui)

XV CAMINOS Y LEYENDAS

Ignoro si algún día volverán las leyendas a correr a través -del, alma de nuestro pueblo, pero pienso que sería saludable que así ocurriera. La leyenda no es sino la idealización del sueño de los pueblos, el fruto de su fantasía necesariamente exaltada, su forma de fugar hacia una irrealidad que compense los dolores de la existencia. – En la leyenda no tienen cabida la mentira ni la mera exageración. En ella juegan la fantasía, el sueño, la necesidad del espíritu de crearse un mundo mejor, y así manejarlo, dominarlo, transformarlo. Por eso la leyenda tiene poesía, y vuela sin dejar la tierra, la pequeña patria, la comarca nativa. Por eso vuela al ras de la tierra, lame los horcones de los ranchos, gira sobre el cansancio de los changos en la noche, desvela a los hacheros en la selva y a los reseros junto a los fogones. Cada país tiene una suerte de leyenda del más diverso tipo. Y todas ellas revelan un carácter, una modalidad, una forma de ser y de pensar, una fisonomía, un pulso de la vida, una particular manera de entenderla, o de enfrentarla. Nuestra tierra tiene leyendas magníficas, algunas ya universales. Cada provincia, cada región, cada aldea argentina guarda su sagrada tradición en la leyenda lugareña. Las generaciones anteriores, con otro ritmo de vida, con otro sentido de la existencia, con otro orden del tiempo y de la urgencia, atesoraban leyendas, las reformaban ligeramente. Y la leyenda corría por la comarca, agitando todos los fantasmas del sueño y del ensueño, según su destino. En la pampa, al ras de los trebolares, como un chasque indiano. En el litoral, sobre la niebla que cubría los juncos de la, orilla de los largos ríos mudos, dejando escrito su nombre y su misterio en la greda bermeja. En la selva, junto a las hachas dormidas en la sobretarde, trenzando su fantasía como adorno de la quincha, donde los hombres esconden su fatiga para no entristecer a las estrellas. En la montaña, con lenguaje de piedra y de camino antiguo. En la Puna, enredada en los tolares, aprendiendo a expresarse en el lenguaje perfecto de la soledad: con el silencio. La innegable facultad poética de nuestros paisanos ha poblado los fogones, a lo largo del tiempo, de las más bellas leyendas. Asuntos desdichados, en los que la tragedia jugaba su fuerte rol; historias del amor, de la ausencia, de la gracia, la aventura. Y en todos los temas, la fatalidad, envolviendo, con su manto infalible el espíritu de los hombres, la vida de los árboles y las bestias, el alma de las piedras y del aire.

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento

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