Un bárbaro en Asia (Henri Michaux)

Suele decirse que el hindú adora todo. No siempre es verdad.
Se pone en comunicación afectuosa, fraternal o sumisa y enternecida con los seres, con las cosas mismas, y los transfigura.
Cuando el bengalí se casa, no le basta rodear el cuello de la que será su mujer con un hilo del que pende una alhajita de oro que es el signo de las mujeres casadas, y un símbolo del casamiento. No:
coloca esa alhajita sobre una nuez en un jarrón lleno de arroz, le quema un poco de incienso , y luego pide a los presentes que bendigan la alhaja. En seguida los esposos tocan juntos los alimentos diarios: la sal, el arroz.
Una vez al año el labrador reúne su arado, sus rastrillos, su hoz, y se inclina ante esos compañeros de trabajo, los venera y les ruega que sigan ayudándolo.
Al menos por un día, el arado es amo y el labrador su sirviente. El arado recibe el homenaje con su habitual quietud, y así cada trabajador reúne sus herramientas y se achica y se humilla delante de ellas.
(…)
El hindú le reza a todo. Al que no practica el rezo algo le falta (rezar es aún más necesario que amar).
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