Un bárbaro en Asia (Henri Michaux)

El amor chino no es el amor europeo.

La europea ama con transporte, y de pronto olvida al borde mismo del lecho, pensando en la gravedad de la vida, en ella misma, o en nada, o bien simplemente reconquistada por la «ansiedad blanca».

La mujer árabe se porta como una ola. La danza del vientre, hay que recordarlo, no es una simple exhibición para los ojos; no, el remolino se instala sobre uno y lo arrastra y lo deja luego como beatificado, sin saber exactamente lo que ha sucedido, ni cómo.

Y ella también empieza a soñar, la Arabia se levanta entre los dos. Todo ha concluido.

Con la mujer china, nada de eso. La china es como la raíz del banian, que se encuentra en todas partes, hasta en las hojas. Así cuando se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse.

La china se ocupa de uno. Lo considera como haciendo una cura. En momento alguno, se vuelve a otro lado. Siempre abrazada a uno, como la hiedra que no sabe aislarse.

Y el hombre más inquieto la encuentra próxima y cómoda como la sábana. La china se pone al servicio de uno, sin bajeza, no se trata de eso, sino con tacto e inteligencia. ¡Y es tan afectuosa!

Hay un momento, después de otros momentos, en que casi todo el mundo quiere descansar.

Tal vez uno, ella no. Esa hormiga busca trabajo en seguida, hela aquí arreglando nuestra valija.

Verdadera lección de arte chino. Uno la mira estupefacto. Ni un alfiler, ni un escarbadiente que deje sin dar vuelta o cambiar de lugar y que no deje en una posición que siglos y milenios de sabia experiencia han designado evidentemente a ese fin.

Ni un objeto del cual no se informe por gestos, que no pruebe, y no ensaye y juzgue, y con el que no juegue antes de darle su lugar. Luego, cuando uno mira este orden, parece que el contenido de la valija tiene ahora algo de rollizo y de duro a la vez, y en cierto modo de indesacomodable.

Cuando una china habla de amor, puede hablar indefinidamente y no cansa, puede hablar de otra cosa, como lo hace tal vez: tiene el lenguaje del amor, el amor está hecho de monosílabos (desde que una palabra se alarga, parece que se va y atrae; desde que aparece una frase, la frase es una separación).

El idioma chino está hecho de monosílabos, y de los más cortos, los más inconsistentes, y cantado en cuatro tonos. Y el canto es discreto. Una especie de brisa, de idioma de pájaros. Idioma tan medido y afectuoso que uno lo escucharía toda la vida, sin molestarse, aun sin comprenderlo.

Tal es la mujer china. Y sin embargo, todo eso no sería nada si no llenara esa admirable condición de la palabra mitschlafen , co-dor-mir. Hay hombres tan movedizos que tiran al suelo hasta las almohadas, sin darse cuenta.

¿Cómo hace la china? Yo no sé; una especie de sentido de la armonía, que subsiste hasta en el sueño, la impulsa, con movimientos apropiados a no apartarse nunca, a subordinarse siempre a lo que sería tan hermoso: ser dos armoniosamente.

Traducción Jorge Luis Borges

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