Un bárbaro en Asia (Henri Michaux)

Ustedes recordarán esas novelas, donde por una palabra que no se dijo, donde por unos ojos que no se alzaron en cierto momento, dos corazones que se amaban, quedan separados por años. La muchacha quería decir que sí, quería sonreír… Quién sabe por qué, no ha podido, y ahora se precisan 300 páginas para arreglar el asunto. Cuando era tan sencillo, al principio, tan sencillo…

El bengalí hace de esto su estado normal. Prefiere acumular todas las nostalgias a  intervenir demasiado pronto.

Cuando estalla el amor a primera vista, el director de escena (en un filme bengalí) tiene mucha dificultad para expresarlo. No se vuelven, no sonríen, no hacen el menor signo, no parpadean, apenas están un poco más lentos que de costumbre y se van. Cuando se vuelven a enfrentar con la persona amada, la situación es incomodísima. No se informan de nada. No, prefieren rumiar. Es la plenitud, lo demás no cuenta: perderán el apetito y la sed pero no harán nada. Bastaría una palabra para disispar un mundo de incomprensiones. No, no la dirán. Prefieren la desgracia, tanto les agrada una situación que tenga densidad. Les gusta sentir la gran acción del destino, antes que ser pequeña acción personal. Respiran 7 veces antes de hablar. No quieren lo inmediato. Cuando se pone cierta distancia entre uno y la acción, entre uno y sus gestos, por poco indeciso que sea, uno no llega «a tiempo».

Son incapaces de un gesto preciso para decir que sí. No es una inclinación la que hacen. Es una especie de balanceo de la cabeza que recorre partiendo de abajo una porción de circunferencia, de izquierda hacia abajo, hacia arriba a la derecha. Ese gesto parece decir: «¡Ah! ¡eh! después de todo, pensándolo bien, si es necesario, en el peor de los casos, en fin.»

Pregúntenles sí quieren aceptar cien mil rupias, o si son de veras brahmanes. Y bien, no darán un «sí» decidido. Darán siempre un largo «sí» ondulado y todavía soñador, un «sí» de cuello de cisne, mal desprendido aún de la negación.

(…)

¿Por qué me hace pensar todo eso en el juego del barrilete? Los bengalíes que no juegan, juegan al barrilete, hasta los grandes, de 25 años de edad. Hay que ver a esos grandulones, soltando la cuerda en las azoteas, perdida la mirada en el cielo hacia los barriletes lejanos. Se divierten en romper la cuerda de los barriletes vecinos, librando así a cien metros en el aire combates apenas sensibles a quien los provoca y que el viento y el destino resuelven para el pensativo haragán.

 

 

 

Traducción Jorge Luis Borges

 

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