De poetas y de locos (Laura Devetach)

De poetas y de locos

A Mercedes Mainero

Los editores dicen: “No, porque no se vende”.

Los libreros, una vez consultados, señalan vagamente un instante ignoto en el que algo hay. Pero poco.

Los maestros no la llevan a la escuela porque no hay y además, es difícil.

Las buenas familias casi se mueren de indignación y de temores si un hijo (sobre todo varón), la practica.

Hasta conozco el caso de una amiga que perdió su trabajo por haber basado una fiesta escolar en ella. ¿En quién? En la poesía, esa cosa de puro verso para llenar la cabeza de pájaros volados, a donde vas a ir m´hijito con eso, así no vas a llegar a nada. En la intimidad, puede ser. En alguna reunión, que la nena saque una poesía, hasta es elegante. Y si la sabe declamar, queda lindo. Pero eso que se escribe hoy…

Nada de andar mirando las palomas que tienen esa extraña costumbre de volar todas de golpe, todas juntas, mostrando el pecho tibiecito como si estuvieran computadas. Nada de andar dándose cuenta de que el jacarandá es celeste y el palo borracho rosado o amarillo crema. Nada de pensar en la soledad del hombrecito que vive en los semáforos. Nada de esas cosas pichiruchis que hacen perder de vista lo más central de la vida. Niñas, los pies en la tierra. Muchachos, nada de mariconadas.

El Señor Mengano se sintió terrible cuando vio a su hijo en el escenario, manejando un enorme muñeco y diciendo los poemas de María Elena Walsh. La señora Fulánez escuchó a Miguel Barnet y a Fernández Retamar leer sus poemas en la Feria del Libro y se dijo entre rubores, “Pero… pero… si eso yo lo sentí tantas veces… ¿será que…?” Sí señores, así es: de poetas y de locos, todos tenemos un poco. Y el que diga no, que tire la primera piedra.

 

Pajaritos en el cuello

Cuando era chica, la nena me dijo mientras se rascaba: “Tengo pajaritos en el cuello” y nunca nadie logró elaborar tan apretada síntesis de una sensación. Yo la entendí, porque “tener pajaritos en el cuello”, no es lo mismo que “me pica”. Y si el que escucha toma en cuenta este ancho camino abierto por un niño, ¡vaya a saber a dónde puede llegar! Otra vez me dijo: “Tenés caramelo en los ojos”. ¡Glup! hice yo, porque ningún espejo, ningún juez, me devolvió de esa manera una mirada. Sólo los poetas.

Quizás por eso se le tema tanto a la poesía.

Porque propone caminos infinitos, de metas insondables a través de los que las personas no pueden sino ir produciendo cambios sustanciales.

Federico García Lorca dice:

Vi en tus ojos

dos arbolitos locos.

De brisa, de risa y de oro.

Se meneaban.

No quise.

No quise decirte nada.

¿Qué pasaría en un mundo donde se practicara esta manera de mirar como forma de vida cotidiana? ¿Qué pasaría si nos preocupáramos de ver qué hay en los ojos de los demás? ¿Y si los demás nos miraran así?

Nos dijéramos o no nos dijéramos las cosas, sería una forma de relación tan distinta, tan lejana del cómo le va bien y usted.

Alguien afirmó, por todo esto, que la poesía es subversiva. Y si entendemos por subversión una limpieza de mirada, una intencionalidad más humana, un llamar pájaros a nuestras picazones, un acusar recibo del cariño vislumbrando a través de una mirada, un tirar las cáscaras al aire y vivir con autenticidad, sin andadores sociales útiles generalmente para los poderosos, para sostener sus templos y sus imágenes, claro que la poesía es subversiva.

Hay que pensar al mismo tiempo que los chicos, seres poéticos y llenos de desparpajo, también son subversivos. Hasta que les deshojamos la margarita de la poesía, pétalo a pétalo.

Para perderle el miedo, reemplacemos la palabra subversión por autenticidad. Y pensemos en lo que significa echar a rodar poesías por el mundo. Que la gente escriba lo que sienta en los talleres o en su casa, que se comparta, que en las escuelas dejen de funcionar los estereotipados “versitos de jardín” para dar entrada a los grandes poetas, para dar lugar a que los chicos se expresen poéticamente, a que todos vayamos lentamente encontrando nuevos caminos.

Hay pajaritos en el cuello de mucha gente. ¡Bien! A cuidarlos, a pelear por ellos haciendo esta pregunta que hace tanto ya hiciera José Martí: “¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?” (.) (La poesía) “es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta le proporciona el medio de subsistir mientras que aquella le proporciona el deseo y la fuerza de la vida.”

Julio 1986

Laura Devetach, Oficio de palabrera, Colihue

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