El poder mágico de la palabra (Diana Bellessi)

Decir es un acto potente. Crea o destruye mundos. Hace crecer la semilla, hace llover, trae o aleja al mundo, a los vientos. Decir es un acto potente. Trae a la vida y abre la senda al país de los muertos. Cuando la palabra es verdadera, cuando ha sido fortalecida en el interior de nuestro corazón, cuando ha crecido en el silencio.

Los pueblos indígenas fueron, y aún son, intérpretes de este acto simple y misterioso: decir. En el mundo. En medio de la aldea.

Extraña cosa es una aldea. Nace de las tensiones entre la naturaleza y la cultura humana. Nace del amor, el odio, las luchas, la solidaridad y el miedo. En tierra americana, el rucahe mapuche, la maloca guaraní, el ayllu incaico, eran aldeas, comunidades con rasgos igualitarios, organismos vivos cuya característica fundamental parece haber sido el intento de llenar las necesidades del individuo y del todo, y no el conflicto competitivo al que nosotros estamos acostumbrados en nuestra vida comunitaria.

La tragedia de la conquista cayó sobre el pensamiento, la economía, la historia y la vida cotidiana de la aldea indígena. Desató la opresión y la miseria una tecnología cuyo uso no significó beneficio para los antiguos dueños comunitarios de la tierra. Significó en buena parte la pérdida de la memoria. También un mestizaje colonizado con los ojos puestos como modelo de todo lo superior y culto en la vieja Europa.

Empujados por la miseria y por las guerras, de la vieja Europa llegaron hace más de un siglo los inmigrantes pobres a hacerse la América. Su trabajo y su sangre corrieron por la aldea. Nos mezclamos, y la fragmentación, el silencio y la pobreza son buena parte de nuestra herencia.

Dijo el poeta mapuche: “Toda la tierra es una sola alma / Somos parte de ella. / Se podrán morir nuestras almas / cambiar sí que pueden/ pero no apagarse. / Una sola alma somos / como hay un solo mundo”. Y en este mundo nos toca ser herederos del delicado puente entre el pasado y el futuro: la vasija de arcilla americana donde duermen los huesos y los sueños, los fracasos y la esperanza.

 

Complejidad y riqueza

Las culturas indígenas americanas fueron, y aún son, complejas, refinadas, profundas. Y así es su literatura, recopilada fragmentariamente, a menudo traducida de una manera pobre, forzando la lengua y el pensamiento originario que la generó. Buena parte de esta literatura permanece viva, reelaborándose en medio de la tragedia de la conquista primero y la tragedia de la colonización y neocolonización después. Restallando aún en la boca de pueblos que no quieren morir.

Sus poemas y relatos no son productos exóticos de culturas muertas, sepultadas en el tiempo; son expresiones vivas de pueblos vivos empujados a la aniquilación. Siguen respondiendo a cierta manera de ver y conectarse con el mundo que nos es propia y necesaria.

La gota de vino que cae al piso para honrar a la Pachamama, la palabra en quechua o guaraní filtrada y transformada en nuestro lenguaje cotidiano, la canción de muerte de la lechuza, el Sapucai, el grito, aluden aún hoy a temas recurrentes en la literatura indígena americana. Citemos algunos de ellos: el intento de representar y resolver, el reino de las necesidades materiales, donde se incluyen las canciones curativas y los cantos de germinación y maduración; la muerte; la visión del sueño o del ensueño ritual; la percepción del mundo visible estallando en su belleza y ferocidad, siempre sacralizado; la pequeña saga épica que instala en un plano mítico la travesía histórica de la comunidad; los cantos litúrgicos que incluyen el relato de nacimiento del mundo y del ser humano.

La repetición y enumeración son dos recursos permanentes de la poesía indígena. Tienen la capacidad de organizar y estructurar fuertemente el poema y tienen además, la capcidad de acumular poder. Se cuenta algo, pero también se actúa, el verbo se convierte en acción mántrica, conjural, encantatoria.

El maíz crece / Las aguas de las nubes oscuras gotean, gotean / La lluvia desciende / Las aguas de las hojas de maíz gotean, gotean / La lluvia desciende / Las aguas de las plantas gotean, gotean / El maíz crece / Las aguas de las nieblas oscuras gotean, gotean. (Poema navajo).

La lluvia es aquí irresistible. El poder mágico de la palabra se traduce en acción. Los sonidos y ecos de la naturaleza aparecen vivos en la poesía indígena. Simetría y ritmo se dan no sólo onomatopoéticamente, sino también por el uso del contraste, por ejemplo: día y noche, silencio y sonido, inmovilidad y vértigo, que aparecen a menudo como un verdadero mandala en equilibrio.

También hay canciones que son exquisitas viñetas, a la manera de los haikus japoneses, donde el poeta apenas esboza un pensamiento o una impresión y deja a la imaginación del oyente, y a su fuente de conocimiento mítico, que la desarrolle y enriquezca.

El poeta indígena se siente probablemente responsable por el uso de la palabra, concebida como un instrumento generado no sólo para perpetuar y recordar, sino atmbién para actuar. De allí su relación con el shamán, el camino iniciatorio de limpia que realiza, el temor reverente frente al mando, la honestidad del poeta.

 

Diversidad cultural

De los esquimales a los selknam, del gran tronco de habla quechua a los pueblos tupí-guaraní, los descendientes de las culturas mayas y Náhuatl; (…) no se puede englobar en una bolsa a todos los pueblos y culturas americanas. Así como no se habla de literatura europea, sino de épocas, nacionalidades, lenguas, observando y editando en su diversidad, lo mismo corresponde hacer si se tiene una actitud seria, con las literaturas indígenas de nuestro continente.

Las propias naciones indígenas están ahora impulsando a sus artistas e intelectuales para dar a conocer al mundo la sabiduría atesorada a lo largo de los siglos. El quechua, el guaraní, el quiché, son lenguas mayoritarias en algunos países americanos y deben tener cabida en nuestras universidades.

Toda cultura es un tremendo esfuerzo de desarrollo individual y colectivo, válido para llenar – y producir- necesidades económicas y espirituales del pueblo que la sustenta. En este sentido toda cultura es compleja, rica, “desarrollada”. La nuestra parecería responder a un fenómeno de crisis, de quiebra y de síntesis, mal o bien llevada a cabo, entre las culturas indígenas y las europeas. Si negamos uno de los términos, nunca sabremos quiénes somos, nunca ocuparemos nuestro verdadero lugar en el mundo ni en nosotros mismos. Por eso, escuchemos ahora a quienes aún son dueños de su memoria, para recuperar la nuestra, entera.

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