La casa soñada (Gaston Bachelard)

A veces, la casa del porvenir es más sólida, más clara, más vasta que todas las casas del pasado. Frente a la casa natal trabaja la imagen de la casa soña­da. Ya tarde en la vida, con un valor invencible, se dice: lo que no se ha he­cho, se hará. Se construirá la casa. Esta casa soñada puede ser un simple sue­ño de propietario, la concentración de todo lo que se ha estimado cómodo, confortable, sano, sólido, incluso codiciable para los demás. Debe satisfa­cer entonces el orgullo y la razón, términos inconciliables. Si esos sueñosdeben realizarse, abandonan el terreno de nuestra encuesta. Entran en el do­minio de la psicología de los proyectos, pero ya hemos repetido bastante que el proyecto es para nosotros un onirismo de corto alcance. El espíritu se despliega en él pero el alma no encuentra allí su vasta vida. Tal vez sea bueno que conservemos algunos sueños sobre una casa que habitaremos más tarde, siempre más tarde, tan tarde que no tendremos tiempo de reali­zarlo. Una casa que fuera final, simétrica de la casa natal, prepararía pensa­mientos y no ya sueños, pensamientos graves, pensamientos tristes. Más va­le vivir en lo provisional que en lo definitivo.

He aquí una anécdota de buen consejo.

La relata Campenon, que hablaba de poesía con el poeta Ducis: “Cuando llegamos a los poemillas que dedica a su casa, a sus macizos de flores, a su huerto, a su bosquecillo, a su bodega…. no pude menos de observar riendo que dentro de cien años correría el riesgo de torturar el espíritu de sus comentaristas. Se rió también y me contó cómo, habiendo deseado inútilmente desde su juventud tener una casa de campo con un jardincillo, había resuelto a los setenta años, dárselos por su propia autoridad de poeta y sin gastar un céntimo. Había empezado por tener la casa y como se le aguzara el afán de poseer, había añadido el jardín, el bosquecillo, etcétera…

Todo eso no existía más que en su imaginación; pero era lo suficiente para que esas pequeñas propiedades quiméricas adquirieran realidad a sus ojos. Hablaba de ellas, las disfrutaba como si fueran reales, y su imaginación tenía tal fuerza que no me hubiera sorprendido que durante las heladas de abril o mayo se le hubiera visto inquieto por la suerte de su viñedo de Marly.

“Me contó a ese respecto que un honrado y buen provinciano, habiendo leído en los periódicos algunos de los poemas donde canta sus pequeños dominios, le había escrito ofreciéndole sus servicios como administrador, pidiéndole sólo alojamiento y los honorarios que juzgara justos.”

Instalado en todas partes, pero sin encerrarse en ningún lado, tal es la divisa del soñador de moradas. En la casa final como en mi casa verdadera, el sueño de habitar está superado. Hay que dejar siempre abierto un ensueño de otra parte.

 

Gaston Bachelard, en La poética del espacio, p. 71

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