Fuego de vivac (Rainer Maria Rilke)

Fuego de vivac. Se está sentado alrededor y se espera. Se espera que alguno cante.
Pero se está tan cansado. Pesada es la luz rojiza. Yace sobre los zapatos polvorientos.
Trepa hasta las rodillas, mira hacia el interior de las manos entrelazadas. No tiene alas.
Los rostros quedan a oscuras. A pesar de ello, los ojos del francesito brillan un instante con
luz propia. Ha besado una rosa diminuta, y ella puede ahora seguir marchitándose en su
pecho. El de Langenau lo ha visto, porque no puede dormir. Piensa: Yo no tengo ninguna rosa, ninguna.
Después canta. Y es un antiguo cantar melancólico que, en su tierra, las muchachas
entonan por los campos, en otoño, cuando terminan las cosechas.

 

 

 

En El corneta, Rainer Maria Rilke. Trad. Angel J. Battistessa

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