El Gran Bosque (Ryszard Kapuscinski)

El viaje que sigue consiste en sumergirse en el Gran Bosque, hundirse en él, bajar hasta el fondo, hasta los laberintos, túneles y espacios subterráneos de otra realidad, verde, tenebrosa e inescrutable. El Gran Bosque tropical no se puede comparar con ninguno europeo ni tampoco con la selva ecuatorial. Los bosques de Europa son ricos y hermosos, pero tienen una dimensión mediana, y sus árboles, una altura moderada: podemos imaginarnos a nosotros mismos subiendo a la punta del fresno o el roble más alto. La selva, por su parte, es una maraña, un enredo de ramas, raíces, arbustos y lianas atados en un nudo gigantesco; es la biología que no para de multiplicarse en medio de la asfixia y el hacinamiento, un cosmos verde. El Gran Bosque es diferente. Monumental, sus árboles tienen treinta, cincuenta e incluso más metros de altura; son gigantescos, idealmente rectos y crecen espaciados, guardando entre sí una marcada distancia y saliendo de una tierra prácticamente desprovista de follaje. Y ahora, al adentrarme en este Gran Bosque, entre las encumbradas secuoyas, caobas, sapellis e irokos, me da la impresión de entrar en una catedral inmensa, de abrirme paso para penetrar en el interior de una pirámide egipcia o de detenerme en medio de los rascacielos de la Quinta Avenida.

 

Ryszard Kapuscinski, en Ébano

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