Herborizando (Rafael Barret)

A fuerza de vivir en compañía de ellas, han podido los campesinos arrancar alguno de sus secretos a las plantas. Por distinto que parezca el mundo vegetal del mundo animal, hasta el punto de haberse inventado, para explicar la presencia de tan extraños seres en nuestro planeta, la curiosa hipótesis de gérmenes siderales traídos por aerolitos o piedras del cielo, ello es que algunas relaciones, ya prácticas, ya simbólicas, ha descubierto la ingenuidad de los pueblos entre el hombre y los más humildes organismos de la tierra.
Todas nuestras enfermedades tienen su remedio en las yerbas del campo. Esta verdad que la medicina no acepta empeñándose en apelar a la química y a la bacteriología, la saben los paraguayos no contaminados por la civilización. Para reconocer los medicamentos naturales, que crecen en los abiertos prados o en el misterio de las selvas, es indispensable el candido corazón de los brujos, los curanderos y los locos. Ellos ven lo que nosotros no vemos, lo que nuestra inteligencia nos oculta, según la admirable frase de Anatole France. Conviene igualmente la pureza y la fe para que el remedio salve. No se salva el que quiere, sino el que lo merece, y nada es tan respetable como esta armonía entre la justicia y la ciencia. El que no tenga fe que acuda a los médicos.
Son innumerables las especies que sirven la terapéutica primitiva y absoluta. No dispongo de erudición ni de tiempo para mencionarlas ni clasificarlas. Herborizaré en este herbario, espigaré su poesía. Nos enternece encontrar que el clavel blanco sana el corazón, el jazmín los ojos, y que la rosa paraguaya cicatriza las heridas. Las flores que además de encantarnos y de hacernos soñar nos curan, son las más santas de las flores; se asemejan a esas bonitas hermanas de caridad, cuyas blanquísimas alas agita el viento. Es delicioso pensar que hay pétalos que nos protegen.
Pero el rocío mismo, cuando se cuaja en ciertas hojas privilegiadas, nos alivia y embellece. Así, no ignoran las niñas que para evitar las pecas y dar tersura a su rostro es preciso levantarse cuando todavía es de noche, y recoger el rocío que tiembla en el capüpe.
¿Y qué diré de lo moral, mucho más importante y más real que lo físico? Hay plantas venenosas y medicinales; las hay de funesto presagio y de feliz agüero. Hay las que reaniman la carne; hay las que favorecen las pasiones y alegran el espíritu. La ruda en vuestra casa os acarreará dichas, mas es necesario coger las florecillas la noche de San Juan, y esto no está al alcance de cualquiera; las almas condenadas harán lo posible para estorbároslo entre las sombras nocturnas; os gemirán y espantarán tal vez, os tirarán de las ropas y os apagarán las luces. En cambio, el paraíso ocasiona miseria y tristeza, el sauce llorón, muerte y ruina, y en cuanto a la albahaca es indudable que introducirá en vuestro domicilio gentes cursis y comprometedoras. Temed al cocotero: atrae el rayo. Que las muchachas no alberguen la aromita, porque no se casarán nunca.
El caabotori es favorable al amor, y es muy buscado. Las niñas lo llevan en el seno sin decir nada. Si no sois simpáticos al genio malicioso de la naturaleza, esta yerbita se volverá invisible en la campiña; anhelando hallarla, la pisaréis sin daros cuenta. El toroca-a os conquistará el hombre preferido; debéis ¡oh, vírgenes dulces!, arrodillaros ante la planta, asearla y acariciarla. No está de más que la recéis un padre nuestro, siempre que no hagáis la señal de la cruz. Si deseáis libraros del veneno de los celos, trenzad el toro-caá; y si al día siguiente veis la yerba destrenzada por el asta ardiente del toro, podéis ir tranquilas.
Sobre este comercio sutil entre los vegetales y la población, reina el mate como soberano de antiquísima estirpe. Por el mate se absorben casi todas las medicinas silvestres. Mediante el mate se enamora, se mata y se embruja. Un signo, un polvo, un pelo bastan para lo irremediable. Y del fondo del Chaco, de donde un tentáculo de humanidad se hunde en el seno de la Esfinge, vienen fórmulas fatídicas. Si de pronto os hierve el cerebro y echáis gusanos por la nariz, u os acomete otra dolencia igualmente monstruosa, recordad qué blanca mano, trémula de odio, os ha ofrecido el mate. Todo lo malo y lo bueno de la historia está en el mate, comunión de labios y de ensueños, fetiche de una raza, oscura cascara, hueca geoda en que duermen los siglos, fulgor inextinguible, calor de sangre que se pasan de palma en palma las generaciones. El mate lo ha escuchado todo, lo ha adivinado todo, confidencias terribles, esperanzas siempre abatidas, juramentos sombríos. Aplicadle el oído, y percibiréis en él las mil voces confusas del inmenso pasado, como en el viejo caracol los rumores del mar.

 

En El dolor paraguayo

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