La letanía (Elías Canetti)

Todos los ciegos pedían en nombre de Dios, y me­diante la limosna podía obtenerse de Él algún favor. Empezaban con Dios, terminaban con Dios y repetían su nombre diez mil veces al día. Todas sus letanías contenían su nombre de varias formas, pero la letanía a la que se aferraban desde un principio permanecía inal­terable. Son arabescos acústicos en torno a Dios, pero mucho más expresivos que ópticos. La mayoría confiaban únicamente en su nombre, y sólo a éste clama­ban. Hay en ello una obstinación terrible; se me pre­sentaba Dios como un muro al que acometiesen siempre por el mismo lugar. Pienso que los mendigos se man­tienen mejor gracias a sus fórmulas que a lo mendigado. La repetición de la misma letanía caracterizaba al vo­cero. Se le queda a uno grabado, llega a conocérsele, está siempre ahí; expresa una concreta identidad precisa al igual que su letanía. No sabremos nada más de él, cuida de protegerse, la letanía también es su frontera. En un lugar semejante él es exactamente eso; lo que vocea, ni más ni menos; un mendigo ciego. Pero la letanía también es una multiplicación, cuya rápida y re­gular repetición hace de ella un conjunto. Se da en ello una particular capacidad de postulación: reclama para muchos y acopia para todos. «¡Piensa en todos los men­digos, piensa en todos los mendigos! Dios te bendice por todos los mendigos a los que des.»

 

Elías Canetti, en Las voces de Marrakesh

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